Varias cosas que no conocía hace 48 horas.
La primera es la existencia del síndrome K. Una temible enfermedad muy contagiosa, que produce horribles deformaciones y un sufrimiento imposible de soportar.
Una enfermedad ficticia, inventada por doctores italianos durante la Segunda Guerra Mundial, para salvar a judíos que llegaban la hospital buscando refugio de la persecución de los nazis.
Se les aislaba por la «enfermedad» y se engañaba a los nazis con ella, de manera que no querían saber nada y se iban a otra parte. Se estima que al menos 20 personas se salvaron así. No parecen muchas para los que no saben ver, pero todo lo que rodea a ese tema me resulta fascinante.
Los que sí existen son los «pueblos afortunados».
Hay 53 en total en Gran Bretaña, denominados así porque, durante la Primera Guerra Mundial, todos los que partieron de allí, volvieron a casa.
De esos 53, 13 son «doblemente afortunados», porque la suerte les volvió a mirar con cariño también durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de esos 13 se llama Upper Slaughter (Matanza de arriba, en una mala traducción). Por el contrario, Lower Slaughter (Matanza de abajo), no tuvo tan buena fortuna.
Y una cosa más, para no alargarlo, se ha encontrado una superbacteria resistente a los antibióticos en el retrete de la Estación Espacial Internacional.
Lo que puede ser el comienzo de una historia de ciencia ficción, cierra los ejemplos de lo que me gustaría comentar hoy, siguiendo el hilo de ayer de que no me está resultando muy difícil escribir aquí cada día: hay historias en todas partes.
Uno puede coger una de esas tres cosas, por ejemplo, y crear una historia interesante a su alrededor. Y, francamente, creo que construir una premisa decente no requeriría demasiado esfuerzo.
Cuando sabes mirar, te das cuenta de que estás rodeado por un suministro inagotable de historias. Aunque no sólo es mirar, claro, hay que tener curiosidad e inquietud por exponerse a lo interesante.
Obviamente, esto último es subjetivo.
Habrá más de dos y tres personas que no hayan encontrado absolutamente nada de interés en lo que he contado. No pasa nada, con suerte se irán y perderé lectores, que es lo mejor que puede pasar.
No tienes que contar una que interese a todo el mundo, porque sólo estarás construyendo una historia de frustración, pero si estás interesado en algo, puede que acabes encontrando a otros como tú. Que creo que es de lo que se trata al fin y al cabo.
La cuestión es que, para generar algo, hace falta materia prima. Y si uno no tiene interés por las cosas, y su único estímulo es la televisión, las redes sociales o el mismo libro de siempre con distinto título, no es de extrañar que no se genere nada nuevo, o interesante, que llegue hondo a alguien.
Los mismos estímulos llevan a las mismas formas de pensamiento y las mismas historias.
Una vez escuché que el 90% de lo que piensas en un día ya lo habías pensado también el día anterior. No sé bien cómo se puede medir eso y supongo que es un mito, pero no me extrañaría que fuera real.
De veras creo que hay historias en cada esquina, gente fascinante que te las cuenta, giros inesperados cuando eres capaz de mirar algo cotidiano de una manera diferente.
De veras creo que, con una curiosidad mínima y un amor por las historias y el lenguaje, uno puede contar miles de cosas que interesen a los adecuados, a los que buscas para conectar, queriendo o sin querer.
Creo que el bloqueo del escritor es un mito y una excusa.
Creo que se puede sacar una buena historia de cualquier cosa, siempre que comprendas que la emoción es lo importante y lo único que realmente sucede.
Creo que la falta de historias es, en realidad, una falta de curiosidad, de alimento, de atrevimiento o de esas tres cosas a la vez.
Una falta de curiosidad sobre ti, los demás y el mundo que te rodea.
Una falta de alimento con libros, artículos, inquietudes y personas interesantes.
Una falta de atrevimiento, por vivir encorsetado pensando en qué querrá y qué le gustará a ese ente amorfo del que te han convencido y que se llama «tu público». No se puede leer la mente ni vivir para satisfacer al resto. No lo conseguirás y serás el primer insatisfecho.
Y ni siquiera hace falta una práctica especial para ver todas esas historias que están esperando. Simplemente hay que pararse un poco, levantar la vista del ombligo y mirar con interés.