El número de primavera de 1958 de la revista The Paris Review dedicó un extenso artículo a Ernest Hemingway. George Plimpton, el periodista enviado, pasó un día de trabajo con él y muestra el hogar y el día a día de un escritor que había ganado el Nobel cuatro años antes.
Observando en silencio y anotando los detalles, supone una curiosa mirada, rara e inédita, al ritual cotidiano de un escritor. Una de esas cosas que me interesan sólo a mí.
De ahí surge el famoso consejo (famoso en mi universo particular al menos) de detener la escritura cuando va bien y sabes lo que quieres escribir a continuación, de manera que, al día siguiente, siempre sabes por donde seguir y eliminas la posibilidad de cualquier bloqueo.
Pero el artículo va más allá y en él se revelaban manías y curiosos detalles de un modo de trabajo perdido ya, gracias a los ordenadores y las pantallas.
He aquí una traducción casera del extracto que describe a Hemingway escribiendo.
Es en la parte superior de una de estas estanterías abarrotadas —la que está contra la pared junto a la ventana este y a un metro de su cama más o menos— donde Hemingway tiene su «escritorio de trabajo». Un metro cuadrado de área estrecha rodeada de libros por un lado y, por el otro, un montón de papeles, manuscritos y panfletos cubiertos por el periódico. En la parte superior de la estantería sólo queda espacio suficiente para una máquina de escribir, coronada por una pizarra de madera, con cinco o seis lápices alrededor y un trozo de mineral de cobre para pisar los papeles cuando el viento sopla desde la ventana este.
He aquí un hábito de trabajo que ha tenido desde el principio, Hemingway escribe de pie. Permanece erguido con un par de mocasines de gran tamaño sobre la piel desgastada de un kudú menor, la máquina de escribir y la pizarra de lectura frente a él.
Cuando Hemingway comienza un proyecto, siempre empieza con un lápiz, usando el tablero de lectura para escribir en papel cebolla de máquina de escribir. Mantiene una gavilla de papel en blanco en un portapapeles a la izquierda de la máquina de escribir, extrayendo una hoja cada vez de debajo de un clip metálico que dice «These Must Be Paid» (Estos deben ser pagados). Coloca el papel oblicuamente en el portapapeles, se apoya en el brazo izquierdo, lo fija con la mano y lo llena con una letra que, con el paso de los años, se ha hecho más grande, más juvenil, con poca puntuación, muy pocas mayúsculas y, a menudo, el punto marcado con una x. Cuando la página está terminada, la sujeta en otro portapapeles que coloca a la derecha de la máquina de escribir.
Hemingway cambia a la máquina de escribir sólo cuando la escritura va rápida y bien, o cuando la escritura es, al menos para él, simple: diálogo, por ejemplo.
Lleva un registro de su progreso diario, «para no engañarme», en un gran gráfico hecho con el cartón lateral de una caja y colocado en la pared, bajo el hocico de una cabeza de gacela. Los números en la tabla que muestran la producción diaria de palabras difieren: 450, 575, 462, 1250, 512… Las cifras más elevadas son de días en los que Hemingway realiza trabajo extra para no sentirse culpable de pasar el día siguiente pescando en la Corriente del Golfo.
Hombre de costumbres, Hemingway no utiliza el escritorio perfectamente adecuado de la otra alcoba. Aunque allí tiene más espacio para escribir, también contiene su miscelánea: pilas de cartas, un león de peluche del tipo que se vende en las tiendas nocturnas de Broadway, una pequeña bolsa de arpillera llena de dientes de carnívoro, cartuchos de escopeta, un calzador; tallas de madera de león, rinoceronte, dos cebras y un facóquero, todas en una hilera ordenada a lo largo de la superficie del escritorio y, por supuesto, libros. Apilados sobre el escritorio, al lado de las mesas, atestando los estantes en un orden indiscriminado: novelas, historias, colecciones de poesía, drama, ensayos. Una mirada a sus títulos muestra su variedad.
El periodista, además de ser un cronista de los minutos de escritura de Ernest, trata de indagar sobre las ideas de Hemingway acerca de la escritura pero, como era habitual en él, es reacio a hablar demasiado del tema, aunque es cierto que no era tan remiso a escribir sobre ello, como muestran sus cartas.
Muchas veces durante la realización de esta entrevista enfatizó que el oficio de escribir no debe ser adulterado por un exceso de escrutinio: «Que aunque hay una parte de la escritura que es sólida, y no se le hace daño al hablar de ella, la otra es frágil, y si se habla de ella, la estructura se agrieta y no se tiene nada».
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El ocasional tono áspero de las respuestas también es parte de este fuerte sentimiento de que la escritura es una ocupación privada y solitaria, sin necesidad de testigos hasta que el trabajo final esté hecho.
Esta dedicación a su arte puede sugerir una personalidad en desacuerdo con el bullicioso, despreocupado y desenfrenado Hemingway de la concepción popular. La cuestión es, sin embargo, que Hemingway, aunque obviamente disfruta de la vida, aporta una dedicación equivalente a todo lo que hace, una perspectiva que es esencialmente seria, con un horror hacia lo inexacto, lo fraudulento, lo engañoso, lo que vive a medias.
Hoy día ya es difícil encontrar crónicas así, no es 1958 e interesan a muy pocos, pero merece la pena repetir al menos una parte de esos ecos, por si pasa por este lugar otro curioso, como yo, de las cosas que son extrañas y pequeñas.