En ocasiones me han preguntado por las herramientas y aplicaciones que uso para escribir, y cuáles recomiendo.
Creo que las he probado todas y hace un tiempo habría hecho una comparación exhaustiva (de hecho, ya la hice hace años), detallando ventajas e inconvenientes para cada caso particular y cada tipo de escritor.
Hoy, simplemente digo que la «mejor» herramienta es la que te permita hacer el trabajo de la manera más sencilla.
En serio. La que te permita una experiencia de escritura agradable en tu caso personal y te ayude, porque hemos llegado a un punto en el que las herramientas, en lugar de ser un medio y un apoyo, se convierten en otro elemento más de distracción.
Al menos para mí, que soy un obsesivo y me he pasado demasiado tiempo eligiendo con qué escribir, además de horas muertas escogiendo la fuente adecuada, el color correcto y la altura de línea que no me saque de quicio.
Antes, por ejemplo, no concebía cómo alguien podía escribir usando el Microsoft Word, pero ahora, si es lo que te permite crear, adelante.
Lo importante es escribir como sea en un entorno que no quiere que lo hagas.
Ya hablé hace mucho sobre cómo, a finales de 2008, compré Scrivener, un software especializado para escritura de ficción. Siempre hacía la broma sin gracia de que el programa valía 49 euros, pero a mí me costó 1249, porque me compré uno de los recién salidos Macbook de aluminio, ya que el programa solo estaba entonces para MacOS.
Scrivener también está para Windows desde hace tiempo, aunque debe hacer ya más de 10 o 12 años que no lo utilizo.
Sin embargo, mi recomendación sigue siendo esa, ahorra el dinero que vale y te cambiará la vida si no lo has utilizado. En serio, merece la pena dedicar una tarde a aprender su funcionamiento y ya no querrás usar otra cosa, además de que te preguntarás que dónde estuvo ese programa toda tu vida.
¿Y por qué esta apología si no lo uso?
Porque en mi caso personal, no extensible a la mayoría, al morir el Mac me encontré atrapado en el formato propietario que usa Scrivener para guardar los textos. No podía leer los archivos en otros programas, tampoco usarlo en otros ordenadores que a veces utilizo sin volver a comprar otra licencia o pasar por los insufribles aros de Windows o MacOS.
Así que pasé a escribir en archivos de texto plano, como en mis inicios.
De ese modo, pasara lo que pasara con mi ordenador, el software que usara o los avances tecnológicos, siempre podría leer y escribir mis textos en cualquier dispositivo, incluso el móvil.
De hecho, más que en texto plano, escribo en Markdown, un lenguaje de marcado que permite añadir incluso cierto formato básico a ese texto plano.
Y como software principal, uso Obsidian desde prácticamente el día en que salió.
Configurado de la manera adecuada, es una de las mejores herramientas de escritura para mi caso personal. También permite ver y organizar los archivos, pero, en muchas ocasiones, compagino Obsidian con un editor de texto simple y espartano. Tanto, que mi preferido tiene casi más años que yo, puede ejecutarse en ordenadores con esa misma edad y, aunque tiene una curva de aprendizaje que es carne de memes y por eso no lo recomiendo, me permite editar a la velocidad del pensamiento y crear sin distracciones, botones innecesarios, lucecitas ni nada. Es el viejo enfrentamiento contra una pantalla u hoja en blanco y nada más que el cursor parpadeando en medio de la nieve, esperando a que dejes un rastro de huellas.
Del mismo modo, todos mis textos están en Google Drive y eso me permite tenerlos en cualquier ordenador que pueda conectarse a Internet. Pero de nuevo, esa es mi manera, adaptada a cómo trabajo y a que, en muchas ocasiones, me muevo y no puedo llevar conmigo el ordenador fijo en el que suelo escribir cada mañana.
Así que, si quieres lo mejor, no te compliques, usa Scrivener y lo más importante es esto:
Los amateurs se obsesionan con las herramientas, los profesionales con el proceso.
O lo que es lo mismo, la herramienta no importa.
Usa la que puedas, tengas o te venga bien. Escribir es un acto a la contra, de modo que todo lo que te permita vencer la resistencia que hay entre imaginar y crear, estará bien.
El papel y el lápiz tienen batería ilimitada, no hace falta esperar a que se enciendan y es lo que usó la mayoría de los mejores, además de que el Scrivener no te hará mejor escritor. Como tampoco el teclado más agradable, ni el portátil más caro, así que no merece la pena obsesionarse con eso.
Comprendo la pobreza del escritor, así que, si no puedes permitirte el Scrivener (aunque de veras será la mejor inversión que hagas), prueba con Obsidian, que es gratuito. Ten en cuenta que tiene curva de aprendizaje y no es un programa de escritura de ficción, sino de toma de notas. Así, habrás de modificarlo y añadir y quitar plugins para que se convierta en un entorno de creación agradable, pero puede merecer la pena.
Si no, hay varios programas gratuitos que he probado y tratan de hacer algo parecido al Scrivener, lo que ocurre es que no llegan a su altura y, de nuevo, tienen varios problemas: el formato de los archivos hace que tengas que comprometerte a usar esos programas y no otra cosa, además de que, en muchas ocasiones, están plagados de fallos que siempre ocurren en el peor momento.
No se debe a que sean malos, sino a que los programadores trabajan por amor al arte en los pocos ratos que deja la vida, y es imposible competir con herramientas comerciales.
No obstante, he usado con éxito Manuskript, a pesar de que es un poco tosco, pero toqueteando y aprendiendo, se parece a Scrivener. Lo dejé porque a veces me daba el fallo de la muerte y, finalmente, tras la escritura de un borrador de novela, volví y mi viejo y fiel formato de texto plano. De todas formas, lo comento porque puede ser interesante para algunos.
Como curiosidad, me alegra ver que un software que usaba hace más de 20 años, yWriter, del autor Simon Haynes, sigue vivo todavía y actualizado de manera constante.
Con lo voluble que es la escritura y tantos a los que he visto llegar a ella con ruido y marcharse en silencio, sonríes un poco al ver que no eres el último de los locos.