Hace poco falleció Peter Higgs, la persona que teorizó sobre uno de los elementos recientes más importantes de la física, el bosón que lleva su nombre. Y con la noticia de su muerte y los artículos sobre su vida, me llamó la atención una frase descorazonadora que refleja el signo de los tiempos.
Era la creencia de Higgs de que, hoy día, nadie le hubiera permitido investigar, ni hubiera podido mantener su trabajo, porque no era lo bastante productivo para las exigencias actuales.
Hoy hay una presión, en todas partes, a generar más y más para no quedarte atrás en esta loca carrera a ninguna parte llena de ruido.
Pero si no hubiera sido por esa lentitud, esa ausencia de presión, ese haber conseguido una posición en tiempos donde la prisa por generar no reinaba sobre la calidad de lo generado, no se hubiera producido su descubrimiento, que permitió un salto fundamental en la comprensión de la realidad.
Se nos olvida que las cosas importantes requieren tiempo. Y esos espacios vacíos en los que no publicas nada, o parece erróneamente que no estás creando, son los que permiten esos avances, esas creaciones esenciales, esa genialidad, ese giro, ese salto y ese descubrimiento.
Esa obra que tocará a todo el que la lea en lugares que no sabía ni que tenía.
Y no hay otra manera de conseguir cosas así, las que merecen verdaderamente la pena y dejan una huella.
Pero obsesionados por la dictadura de la prisa, la optimización y la productividad, en un caso desaforado de horror vacui, debemos llenar cada instante en el que no nos podemos quedar quietos. O peor aún, no podemos descansar, porque eso es «perder el tiempo».
Que hablo de Higgs, pero en realidad hablo de cualquier otra cosa, incluyendo nuestra cosa, escribir y crear.
La dictadura de las publicaciones científicas o la dictadura del contenido o la dictadura de la edición te dicen que, si no creas todo el rato, si no muestras todo el rato, tu condena es volverte invisible. Que para mantener la atención de un mundo que la ha perdido por un montón de idioteces en el móvil, nunca puedes parar.
Sin embargo, sólo estás plantando las semillas de la quemazón y la mediocridad.
La quemazón, porque el monstruo al que adoras nunca se sacia, así que da igual lo que hagas, es un falso ídolo ingrato que nunca te querrá por mucho que ofrezcas. Y que te escupirá en cuanto pares, poniendo enseguida el foco en otro.
La mediocridad, porque es imposible mantener ese ritmo sin un descenso de la calidad de lo que haces. Las cosas buenas requieren tiempo, y requieren sabiduría para entender que requieren tiempo. Requieren volver a mirar los periodos aparentemente muertos, el descanso, la pausa y los vacíos como lo que son realmente: la parte más importante de un proceso creativo y de descubrimiento. La parte en la que se gesta todo, como el músculo se gesta en el descanso, después de destruirlo en el ejercicio.
Lo genial no puede nacer si no se le deja espacio para que lo haga y crezca. Lo genial no atiende a chantajes ni prisas, viene cuando viene y las cosechas llevan su tiempo y ciclo natural. Por mucho que tires de la planta no crecerá más rápido, pero seguramente la destruirás. Y la «pérdida de tiempo» es un ingrediente tan integral como el resto para que surja lo importante.
Así, en este contexto de ruido, prisa, optimización y productividad, ni siquiera caben ya genios como Higgs.
La presión está en todas partes para que escribas, publiques, trabajes, descubras algo… Y si no, llega la impaciencia. El silencio necesario para crear te sume en la oscuridad y el olvido, pero está bien, porque lo otro no tiene un mejor final, sólo acabar quemado de camino a la mediocridad.
Sin embargo, es innegable que de esa presión nadie se libra y yo tampoco.
A veces pienso en la cantidad de ideas, descubrimientos, libros y arte de verdad que se está perdiendo por esta prisa donde hay un contenido constante que olvidas al siguiente minuto. Donde lo genial, si es que alguna vez se le da tiempo para que surja, acaba enterrado bajo la montaña de basura, asfixiado porque no se le deja espacio.