De vez en cuando, leo entrevistas o piezas periodísticas sobre escritores y sus rutinas de trabajo. En muchas ocasiones, cuando estos son profesionales y viven de ello, hablan de cómo escriben ocho horas o más al día. Como una jornada de trabajo cualquiera, pero dedicada solamente a generar páginas y páginas de historias.
Y claro, pasa lo que pasa. Que sobre ese y otros temas relacionados con la escritura, se transmiten percepciones erróneas sobre el trabajo que implica. Sobre cómo es este y en qué consiste.
Porque no me importa si tenemos toda una jornada por delante para escribir como esos afortunados de la lista de ventas, probablemente, apenas podremos sumar unas dos o tres de trabajo creativo que tenga una calidad mínima.
Que sí, que siempre hay excepciones, que existen esas épocas en las que estás tan poseído, que el tiempo no importa y el contador de palabras no para de subir (ya vendrá la sobriedad en la que releas y eso tan genial caiga derribado en llamas, porque ni se entiende), pero una de las maldiciones que se han echado sobre la escritura es la percepción de que es un trabajo como el resto.
Lo creativo no es una cadena de montaje, no funciona igual que apretar tuercas o llenar de números las celdas de Excel. La buena escritura requiere un esfuerzo, un tiempo y el agua de una fuente que no sabemos bien cuál es, dónde está o por qué unas veces mana a raudales y otras está seca.
Es por eso que, si estás descansado y es un buen día sin muchas distracciones, quizá puedas sumar esas dos o tres horas buenas de trabajo creativo. Y estoy siendo muy optimista. Pero después… Siempre puedes repasar y reescribir, algo que exige menos esfuerzo, pero crear, encontrar la resolución perfecta para ese nudo de la historia, realizar arte, y no salchichas, no podrás hacerlo de manera sostenida durante mucho tiempo.
Es por eso también por lo que esas fantasías de tener todo un fin de semana, en el que te imaginas sacando treinta páginas diarias, son un mito.
Que las puedes sacar, pero así serán, tuercas y salchichas.
Lo creativo tiene otros tiempos y al tiempo hay que respetarlo, porque no existe nada más poderoso y hasta la mayoría de dioses estaban bajo su yugo, esperando el Ragnarok. Y la última vez que lo comprobé, los escritores ni siquiera éramos dioses, aunque algunos parecían creérselo.
Hemos de vivir y escribir en un contexto donde nadie entenderá esto. Donde se nos pedirá que el trabajo creativo se desarrolle con las mismas maneras y tiempos que arar campos, introducir asientos contables o reponer estantes.
Supongo que, si eres mínimamente veterano, ya estarás acostumbrado. Al fin y al cabo, tampoco es que se entiendan demasiado el resto de cosas que rodean al arte. Pero quien escribe de verdad sabe que, muchas veces, esa solución perfecta, ese giro o esa frase, han sido producto de mirar al techo durante días, de agonizar horas y horas ante el cursor que parpadea y la hoja en blanco.
Y no podría haber salido de otra forma, ni más pronto, ni sin todo ese tiempo empleado en aparentemente nada para quien mira desde fuera.
A veces, cinco páginas son una hora y una frase son cinco días. Medir el tiempo de escritura como medimos cualquier otro trabajo es la receta para la frustración. Y creer que esto significa algo especial, también.
Porque esto no va de pensar que la escritura y el arte son «superiores» o algo así. Simplemente, es distinto a cómo funcionan tuercas y salchichas. Ni mejor ni peor, ni superior ni inferior, simplemente, distinto.
De hecho, me parecen mucho más nobles la mayoría de trabajos cuando los comparo con el de escritor, pero esa es otra historia.