Hace tiempo leí un artículo sobre Eduardo Noriega en el que hablaba de las redes sociales. Las aborrecía, pero debía mantenerlas porque si no estás, te conviertes en el hombre invisible para los demás y para las oportunidades. Te enteras de menos y estableces menos relaciones, porque el resto continúa en esa fiesta por mierda que sea, por FOMO, por no perder más que por ganar y por lo mismo que tú.
Por miedo y la constante pelea contra la irrelevancia en caso de haber conseguido alguna.
Una empresa francamente agotadora.
Noriega había construido en sus redes un lugar en el que reseñar cine y no es lo peor que puedes hacer, pero las redes, la vida, son un tren que se marcha rápido y compruebas que, si faltas un tiempo por mínimo que sea y luego regresas, todo el mundo ha seguido sin ti muy rápido.
La rueda de hámster no debe parar, es una máquina sin piedad que no distingue entre tú, yo o Eduardo Noriega.
Pero esa irrelevancia siempre ha estado. Yo he vivido buena de mi vida sin redes o Internet y se nos ha olvidado, pero no pasaba nada. Al contrario, a cambio de perder una presencia más falsa y frágil de lo que creemos, rodeados de bots e idiotas, ganamos una tranquilidad parecida a la de antes. También recuperas algo de atención para ponerla en lo importante y no en la tendencia de turno, que cambiará mañana y te hace saltar, atender y sentir lo que el algoritmo quiera como un domador de circo.
Pero el problema, como suele pasar, no es lo que es, sino lo que nos venden.
Que no somos nadie si no estamos ahí, si no perseguimos la última tendencia. Que nos volveremos diminutos y luego transparentes.
Pero es que ya lo somos y no pasa nada por reconocerlo.
Los más viejos del lugar nos debemos a nosotros mismos recordar que había otras maneras y no vivíamos bajo esos hechizos falsos. De hecho, teníamos un contacto y una experiencia con la vida y los demás más orgánica y real, en primera persona y sin una pantalla de por medio que retuerza las percepciones y nos mediatice lo que debemos pensar acerca de lo que vemos, en lugar de experimentarlo con nuestros propios sentidos como siempre fue.
Tendemos a pensar que lo que es ahora es lo que siempre habido. Ya no recordamos qué hacíamos antes de Internet o las redes, pero eran muchas cosas, como vivir de una forma menos sintética, sin esa ausencia de profundidad en todo lo que experimentamos a través de lo tecnológico.
La vida es un eterno retorno, un «círculo plano» que decía Rust en True detective. Para los escritores, quizá implica volver a los viejos modos y editoriales, tras la falsa promesa de unas redes y unas autoediciones saturadas hasta lo imposible. Ahora aún más con la IA saturando con textos de mierda (que no libros) las plataformas digitales.
Tampoco pasa nada por esa pérdida, era un eterno palo con zanahoria de todos modos, otro juego de lotería que te vendían como más fácil cuando sólo era eso, otra venta y nada más.