Ya sabes lo que se dice, que gran parte de la desdicha viene de comparar nuestros patios traseros con las fachadas de los demás. Y es verdad, especialmente en la escritura, donde los jardines de al lado siempre parecen más verdes.
Sobreestimamos lo bien que les va a los demás, lo creativos y buenos que son en esto, lo poco que parece costarles, lo fácil que triunfan en ventas, premios, seguidores o yo qué sé.
Lo malo es que compararse es inevitable y decir que no hay que hacerlo equivale a ese horrible: «¿Estás triste? No estés triste».
Supongo que en el caso de los escritores la cosa empeora, porque somos esos de las redes sociales antes de que existieran. Los escritores presentamos y mostramos tradicionalmente cosas que han sido seleccionadas entre cien opciones y luego editadas mil veces, además de que, obviamente, y para proteger nuestros enormes egos de cristal, mostramos la única victoria barriendo bajo la alfombra cien derrotas.
Y que también somos adeptos en crear narrativas, sobre todo las que nos dejan bien ante los demás.
Porque ya se sabe, mi manuscrito no ha sido rechazado porque fuera otro fan fiction de El Señor de los Anillos, sino porque el mundo y las editoriales se mueven por dinero y no reconocen mi enorme talento.
Rodeados de eso, es imposible no caer en la trampa de que todos los demás, excepto nosotros, tienen más éxito, más talento, más disciplina y capacidad de trabajo.
Los escritores también pasamos demasiado tiempo a solas con nosotros mismos. Los huecos de lo que no sabemos (como por ejemplo, cómo lo viven otros realmente y su experiencia completa), siempre se llenan con la peor de las opciones. Nos pasa mucho a los ansiosos, morimos mil veces en nuestra cabeza antes de hacerlo de verdad.
Mi jardín no es más verde, sospecho que el de muchos otros escritores, tampoco. Mi jardín tiene malas hierbas y varios parches secos, el manzano se niega a dar fruto cuando quiere y ya me pondré otro día con él, pero hoy no. Sospecho que algo parecido pasa en el de los demás, que sufren como yo, dudan como yo y esconden manuscritos vergonzosos, como yo.
No puedo corroborarlo, porque no me junto con otros escritores, pero lo sospecho.
Y también que, de vez en cuando, el jardín florece sin que sea primavera y eso hace que merezca siempre la pena.