Jugar en las ruinas

Jugar en las ruinas

Como en aquel Salvaje Oeste de las películas cuando era crío, siempre habrá alguien más rápido con el revólver, como siempre habrá alguien mejor con la escritura.

Al menos, para expresar algo sobre lo que hablo a menudo aquí, como sucede hoy con el escritor Sasha Chapin, cuya definición de éxito cuando empezó este camino a ninguna parte era convertirse en un novelista a la altura de David Foster Wallace.

Pero claro, luego ocurre lo que ocurre y no lo consiguió. De modo que ser escritor se convirtió en una cuestión de jugar entre las ruinas.

Una expresión que encierra, como pocas que he leído, la experiencia de la verdadera escritura, una en el que tu castillo de naipes e ilusiones se derrumba al contacto con la realidad y solo te quedan los restos del naufragio.

Pero con un poco de suerte, con la que hace falta para todo, surge un maravilloso estado de ser, ese de jugar entre las ruinas. El de aceptar que ellas son tu escritura y no se transformarán en castillo alguno, ni todos querrán visitarlo como esas hordas de turistas por todas partes.

Ves tus ruinas como son, libres de la ilusión, las expectativas, los sueños de grandeza, las exigencias y los demás. Libres de todas las historias que te contaron, de modo que por fin puedes empezar a contar las tuyas.

Las que quieras en la forma que quieras.

Y también coger esas piedras de lo que eres y a lo mejor juntarlas para hacer (para escribir) algo que no tiene más obligación que la de ser fiel a ti mismo y ya está.

Puede parecer una de esas cosas que dices para consolarte, porque no acabaste como Foster Wallace, ni siquiera en lo de ahorcarte, y quizá tiene algo de eso. Pero en esa libertad surgen cosas que serían imposibles con otra actitud que no sea jugar en las ruinas.

Son el reino prometido, tu lugar seguro y sagrado, en el que nadie te molestará, así que saltas, imaginas, construyes, se derrumba, te caes y, en ocasiones, incluso escribes con esa maravillosa sensación de que, realmente, estás contando las historias que has venido a contar antes de marcharte. De que estás haciendo lo que has venido a hacer aquí.

Las ruinas son haberse roto y hacer algo mejor con los pedazos, porque enterraron también la dictadura de los lectores, del mercado, las modas, los gurús y falsos profetas del éxito, esas fotos de estudio con una mano en la barbilla y cara de idiota.

Jugar entre las piedras y el musgo hasta cansarte por todos los motivos correctos, ver cómo atardece sobre ellas, descansar y volver de nuevo mañana a ese lugar donde nadie vendrá a decirte nada, de modo que por fin puedas escuchar tu propia voz.