Siempre he hablado de mi fascinación por el proceso creativo de otros escritores, por cómo piensan y cómo lo hacen. Por eso, cuando un autor realiza una entrevista que no repite el Powerpoint que le ha pasado marketing, la escucho o leo atentamente.
Antes lo hacía para tratar de conocer la forma en la que lo hacen los mejores, como si me fueran a dar la pista para escribir bien, para que mi proceso creativo fuera el correcto. Los años y las páginas te curan de esas búsquedas de validación y, por muy diferentes que sean las formas, te reconoces en el fondo de lo importante y escuchas sin más objetivo que ese, sin la necesidad de encontrar algo útil.
Hace poco, vi una breve entrevista al autor noruego Karl Ove Knausgård y me gustó, así que he aquí una traducción de ese vídeo, porque creo que todo escritor encontrará algo interesante entre esas líneas.
El acto de crear
Escribo exclusivamente para mí mismo, absolutamente al cien por cien para mí. Necesito ser libre y necesito estar libre de cualquier preocupación sobre los demás, sobre lo que piensan. A veces eso resulta muy difícil. Al haber crecido cuando lo hice, la situación en casa era, ya sabes, muy restringida. En ocasiones era hasta claustrofóbica, con muchas reglas y muchas cosas que a veces hacían la vida difícil.
Los libros fueron una vía de escape.
Cuando empecé los cursos de escritura creativa, era muy difícil entrar, así que solo por el hecho de que me admitieran, pensé: «Vale, he ganado, ya estoy ahí, soy alguien». Pero luego resultó que no y entonces me di cuenta de que no era un escritor. Tenía otro amigo, empecé a estudiar literatura y él sí era escritor. Era poeta, leía a Beckett, jugaba al ajedrez, escuchaba jazz… no música pop como yo.
Recuerdo que fuimos juntos a Praga y entramos en una iglesia, lo recuerdo sentado de una forma devota, ya sabes, y pensaba: «¿Qué estará haciendo? ¿Está meditando? ¿Está viendo algo que yo no veo?», porque él es un poeta y yo no. Después le pregunté: «¿Qué experimentaste?». Y me dijo: «Ah, no, perdona, simplemente me quedé dormido».
Tenía la escritura en un pedestal muy alto y veía en los escritores algo que yo no poseía, tiene que ver con la confianza y tiene que ver con creer y yo no tengo eso en mí. No creo en mí mismo.
Lo intenté y lo intenté, tenía como 800 páginas con inicios, comienzos. Eso es como ir a tu trabajo cotidiano y fracasar cada día, algo realmente algo duro. Y entonces empecé a escribir Mi lucha. Dejé de lado saber hacia dónde iban las cosas, la necesidad de contar y la necesidad de contarlo todo.
No me importa qué imagen doy con esto y lo cuento exactamente como es. Tengo que aceptar todo lo que venga y simplemente escribo sobre ello. Nunca planifico la trama, nunca hago esquemas y, la verdad, nunca edito.
Dediqué ocho semanas a las tres primeras páginas de una libro, pero el quinto libro lo escribí en ocho semanas, una locura. Si no sé lo que estoy haciendo, si simplemente estoy ahí metido, entonces suele ser bueno.
Tras esta afirmación, en la entrevista aparece su editor con este comentario:
Es cierto, tengo los cuadernos para demostrar que sólo hizo un borrador, es algo que necesitas corroborar siempre porque es una afirmación muy audaz. Cuando te rindes a su escritura o te sobrepasa, simplemente te dejas llevar por ese viaje asombrosamente inmersivo. Hay algo en ese ritmo y esa inmersión increíble… Podría leerle felizmente escribiendo sobre alguien que se prepara el desayuno durante diez páginas: hirviendo un huevo, haciendo el café… hay algo en ello que resulta adictivo.
Luego, la entrevista vuelve al autor:
Nunca sé hacia dónde va mi escritura, así que siempre viaja hasta lugares que me interesen a mí mismo. Necesito ser libre y estar libre de preocupaciones sobre cualquier otra persona y lo que puedan pensar. La idea de haber escrito un libro malo es, ya sabes, te atormenta y resulta terrible, pero luego tienes una nueva oportunidad y puedes escribir el siguiente.
No escribo tanto: cinco horas al día, cinco días a la semana, pero si haces eso, al final tienes una novela. En aquel momento estaba muy deprimido. Recuerdo que era invierno, había nieve y apenas podía moverme. Empecé a pintar. No sé pintar, de verdad que no sé, pero me volví completamente absurdo. Recuerdo pasar unas 16 horas con el pincel, una pintura de aficionado total, pero era simplemente por el hecho de hacer algo, de ver cómo algo aparece frente a ti.
Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que esta es la razón, esto es lo importante. De verdad que es esto: el acto de crear algo es tan gratificante, tan bueno…