Para mí, el mayor logro de un escritor es que sea capaz de que quieras leerlo, escriba lo que escriba. Que cierres las páginas de una de esas historias «en las que no pasa nada» y te quedes un rato mirando a lo lejos, sintiendo una pérdida entretejida con la alegría de haber encontrado uno de esos libros que formaban parte de ti y no lo sabías.
Es fácil crear emociones con los recursos de siempre, con las muertes, lo chocante, el sexo o cualquiera de las mil palancas de las que muchas historias tiran todo el rato, como en esas tragaperras de las películas, a ver si así mantienen tu atención, pero si tras eso no hay nada más, especialmente un sentido y que la historia «se lo haya ganado», no son hondas ni perduran.
Sin embargo, es muy difícil crear una conexión real con otro como lo hacen esos libros que terminan, pero se quedan a vivir. Los que crean emociones y conexión honda, en lugar de sensaciones superficiales, huecas y endebles como los trucos que se usaron para crearlas.
No creo que haya consejos ni técnicas para lograr esa maestría de que tu forma de contar historias sea suficiente, o de que seas capaz de emocionar con el más pequeño de los sucesos sin necesidad de trucos. Para mí, esa es la cumbre.
Esto no significa que no se puedan incluir muertes, sexo o giros inesperados. De hecho, cuando se hacen en el seno de una buena historia, la llevan a otro nivel, porque se han ganado que aparezcan, son merecidos y no gratuitos, son parte fundamental de la historia y no un truco desesperado para que no cojas el móvil. Además, esos actos y sucesos emocionan porque son importantes. La muerte, la sorpresa y el sexo lo son, pero cuando se usan constantemente, sin criterio o como ruego para que no te vayas, les arrebatas esa importancia que poseen y los banalizas. Así, en muchas películas y libros muere mucha gente y explotan muchas cosas y no te importan una mierda, porque la historia no ha sido capaz de conectar y generar ninguna emoción real, sólo ruido y furia huecos que no dejan huella, personajes de cartón piedra con los que es imposible empatizar. Desensibilizado como con las cifras ciegas de algún desastre lejano en el telediario, quizá arquees alguna ceja en ese momento para que al siguiente todo siga igual. Entonces, muchas de esas historias sólo saben acumular más y más supuestos hechos impactantes, en una huida hacia adelante que lo empeora todo, desensibilizando y desconectando todavía más.
Pero cuando has conseguido esa conexión emocional íntima, las cosas que ocurren, por pequeñas que sean, importan gracias a que la historia y los que la componen también te importan.
Es imposible dar consejos y técnicas para conseguir eso, porque no es un producto que manufacturas, sino que forma parte de ese misterio de la escritura que no puedes transmitir con palabras ni explicar cómo has conseguido… Cuando lo has conseguido. Cualquier intento de hacerlo queda en una racionalización ajena a la verdad, como cuando preguntan a alguien qué le enamoró de otro. Todo el mundo se para a pensar, pero la respuesta no vive donde la razón, al menos no la parte importante. Así que todos dicen lo que creen que es y no lo que es, que les enamoró la inteligencia, el sentido del humor o a saber qué otra cosa educada que se espera oír. Pero es obvio que no todo el mundo, ni siquiera una mayoría, tiene esas características.
Igual que la atracción y el amor resultan inconscientes y desconocidos en gran parte, lo mismo ocurre con lo que hace magistral a la escritura.
Algunos pueden hacerlo, pocos pueden explicarlo y ninguno puede enseñarlo.
Por eso los grandes escritores (honestos) que dan cursos y seminarios reconocen que se pueden enseñar cosas útiles, pero no a escribir. Que, con suficientes ojeras de robarle tiempo a la vida para contarla, quizá puedan conseguir algo propio que sea capaz de generar esa conexión en sus mejores obras.
Y será igual de intransmisible.
Por eso no me importa que tengas a los mejores a sueldo para que te enseñen, que te apuntes a todos los seminarios o frecuentes a escritores. Aprenderás cosas quizá (de juntarte con escritores, no), pero nada sustituye a la lectura y la escritura, nada de todo eso puede atravesar el desierto de la práctica deliberada y de otras cosas mucho más intangibles e igual de importantes, como mirar y pensar hondo, tener una curiosidad innata y un interés por lo que te rodea, por dilucidar qué es esta obra de teatro, cómo navegarla o qué pintas en ella.
Pero es que esa es otra habilidad escasa.