La diferencia entre que un libro sea malo y que no te guste

Normalmente no vuelvo mucho sobre temas de los que ya he hablado, por puro aburrimiento conmigo mismo más que nada, pero voy a entonar otra vez, sólo un momento, el soniquete de la semana pasada sobre los libros malos, etcétera. Se ve que es cierto eso de que acabas atrayendo a gente parecida (lo siento por ustedes) porque mi sección de comentarios, en su mayoría, no me lanza demasiados puñales, cosa que a veces aún me sorprende. Pero de vez en cuando los artículos dan una pequeña vuelta por Twitter y, como era de esperar con lo de los libros buenos y malos, algún comentario del tipo: «En el arte no se puede hablar de bueno y malo, sólo de gustos», salió por ahí. Y salió con una demostración clara de que, para empezar, los que lo hicieron no leyeron más que el tuit. ¿No se puede hablar de bueno y malo? Porque escribí más de mil palabras y he aquí otras tantas, además de entrar esta vez más en el tema de los gustos personales, para pisarle los dedos al último que quede agarrado al tópico de que sobre ellos no hay nada escrito. Acabo de salir de mi cocina, una cocina de escritor y por tanto diminuta y exenta de alimentos, pero he ahí que en el frutero había una manzana solitaria y un poco más allá algo de queso. ¿Qué tienen que ver una cosa con otra? Nada. ¿Qué tiene que ver el gusto personal con que algo sea malo o no? Nada tampoco. Una cosa no es como la otra y, de hecho, yo he leído un montón de libros que no me han gustado pero jamás se me ocurriría decir que son malos, de acuerdo a los términos de los que ya hablé y que no voy a repetir. No espero que la gente se tome interés en la escritura ni en el arte en general, pero si uno lo hace y aún anda confundiendo las churras del gusto personal con las merinas de lo que es bueno o malo, y no le interesa profundizar más, personalmente le recomendaría que se aplicara un poco más en conocer los entresijos de su arte o dejarlo para otra vida, la verdad. Por supuesto, uno encuentra libros malos y casi nunca le gustarán, aunque nadie está exento, y yo tampoco, de tener «placeres culpables» y reconocer que algo es muy malo y sin embargo le gusta / divierte / entretiene y a lo mejor lo esconde al fondo de la estantería cuando vienen las visitas. Porque de nuevo una cosa y otra no son la misma. Voy a ver si me gano algún tomatazo compartiendo gustos literarios, que ya me he llevado alguno por otros temas, así que estoy más que acostumbrado. Si me preguntas cuál es el mejor comienzo de un libro que he leído, curiosamente, no voy a tener ninguna duda. Es el de Lolita de Nabokov. Un comienzo insuperable, un comienzo que ya querría haber escrito yo, un comienzo perfecto para un libro que no me gustó demasiado al final. Ya está, ya lo he dicho, Lolita me pareció un increíble ejercicio de virtuosismo porque Nabokov era un genio, pero toda esa segunda parte de viaje para acá y para allá me desconectó y al final me lo acabé, mucho tiempo después de empezarlo, por una mera cuestión de orgullo. No sabría apuntar a qué se debe exactamente que no me gustara demasiado, quizá a la dedicación de Nabokov, como él mismo reconoce que era su escritura, a la estética pura sacrificando la historia si hace falta. Pero bueno, este no es un análisis de Lolita, este es sólo un ejemplo de libro que no me gustó y sin embargo jamás diría que es malo. Ahora mismo estoy leyendo mi primer libro de Javier Marías (sí, a mis años, ya lo sé). Un conocido jura por Marías y no por Dios, supongo que tendrá un altar y velas dedicados a él y, cuando leo sus párrafos (todo es un único párrafo en Marías) veo que su dominio de la escritura es total, algunos pasajes son de pura envidia y la interiorización y caracterización de personas (que no personajes, he ahí la diferencia en un buen escritor) es honda. Pero personalmente el libro no me apasiona demasiado, al menos de momento, no sientes ese no sé qué en mi caso del gusto personal, aunque no tengo ningún problema en reconocer (y envidiar) pedazos del arte que despliega. Es un libro escrito por alguien que merece ser leído dentro de muchos años, porque esa escritura conectará profundamente con aquellos con los que ha de conectar (este es un tema para otro día). Podría estar dando ejemplos como estos toda la mañana, pero resulta que tengo cosas que hacer (no tengo nada que hacer, soy escritor, pero finjo que tengo una vida porque la vida del escritor es fingir). Mi cuestión en todo esto es que si uno de verdad se dedica a un arte, no digo ya profesionalmente, sino meramente con algo de amor por lo que hace, debería esforzarse un poco por conocerlo (su historia, sus entresijos, sus técnicas) y dominarlo. O al menos por no dar mucha pena en él. Eso pasa necesariamente por aprender más (no, ese artículo en Internet de seiscientas palabras sobre cinco trucos para un argumento atrapante no cuenta) exponerse a autores que pueden no gustarle pero son buenos o por algún motivo siguen leyéndose, aprender a diferenciar la manzana del queso y el gusto personal de lo bueno y lo malo. Conocer y aprender a valorar cosas que van más allá de la superficie y el gusto propio, que la gente eleva muy rápidamente a canon objetivo. Muchas cosas que me encantan son muy malas para mí, como las cuatro pastillas de chocolate que me he comprado esta mañana. Muchas cosas que odio son buenas para mí, como todas esas coliflores que me miraban desde el estante en la misma tienda y he ignorado, feliz con mis cuatro tabletas en la mano. Creer que mi gusto es el que determina lo que es bueno o malo sería el mayor ejercicio de arrogancia que pudiera hacer. Y aunque, como escritor, la arrogancia es precisamente mi dedicación principal como no puede ser de otro modo en esta profesión, aún no he llegado tan lejos. Pero pronto.