Dicen que la única experiencia que compartiremos todos los humanos es el sufrimiento, pero cuando se trata de escritores, quizá sea la envidia.
Si alguien ha pasado al menos dos minutos al lado de un autor, habrá podido comprobar que este sentimiento es inevitable y se va a expresar. Vaya si se va a expresar de las formas más retorcidas, crueles y, con suerte, ingeniosas.
Sobre todo, si la diana de esa envidia ha tenido cierto éxito y el escritor celoso es mínimamente bueno, que para eso se supone que domina las palabras y ha de ser creativo en las invectivas, como ha sido siempre la honorable tradición.
Pero Bonnie Friedman, la autora de Writing past dark, tiene algo importante que decir sobre la envidia y que me gustaría compartir.
La envidia es un timador, que te tira de la manga, que toca a tu puerta. Déjame entrar un momento, dice, sólo un momento apenas. Él alega decir la verdad, ansía la atención. Y Cuanto más le escuches, más le creerás. Y cuanto más le creas, más pensarás que debes escucharle. Debes informarte de quién está ahí fuera, cómo de joven es la competencia, dónde han sido reseñados, qué han ganado y qué significa eso respecto a ti. El antídoto de la envidia es el trabajo. Siempre el propio trabajo. No pensar en él. No evaluarlo, sino hacerlo. Las respuestas que deseas sólo pueden venir del propio trabajo.
Y es verdad, porque cuando se trata de escribir y las miles de dudas que rodean a este arte solitario y ansioso, el antídoto de todo, incluyendo la envidia, es siempre el trabajo.
Las ansias de fama, preguntarte si merece la pena, mirar atrás y que llegue la tristeza al ver todo lo que sacrificaste para permanecer aún en la primera casilla…
La respuesta a eso, como la respuesta a todo, es el trabajo. Cualquiera que escribe por las razones correctas sabe el motivo de que sea el bálsamo, qué hay durante y después de los momentos dedicados al arte.
Como el resto de sombras del camino de la escritura, la envidia es inevitable y no se va a ir nunca. De hecho, tengo la sospecha secreta de que la propia Bonnie Friedman debe sufrirla a menudo, dado que es un tema recurrente en ella y, al final, hablamos de lo que nos afecta y nos importa, muchas veces, para dejar bien claro a los demás (sin conseguirlo) lo poco que algo nos afecta y nos importa.
No en vano, el subtítulo de Writing past dark es «Envidia, miedo, distracción y otros dilemas en la vida del escritor».
Estamos inmersos en un juego de lotería que canta siempre los nombres de los demás por razones de suerte, azar y otras aleatoriedades que poco tienen que ver con el talento, el merecimiento o la justicia. Y es lo que hay, me temo. Hay que convivir con la envidia, como hay que convivir con el síndrome del impostor, la eterna frustración y, como decía Nick Cave, ser un megalómano con baja autoestima.
Del mismo modo, no sé si existe realmente eso de la envidia sana con la que algunos se justifican. La que se supone que te motiva a hacerlo mejor, por si, de esa forma, un día la suerte también dice tu nombre.
Lo único claro es que Friedman tiene razón, el antídoto es el trabajo, pero como nunca eliminará del todo la envidia, al menos hagamos con ella lo que se supone que debemos hacer con todo, algo creativo.
La envidia es uno de los escorpiones de la mente, teniendo a menudo poco que ver con el mundo externo y objetivo.
Bonnie Friedman.