La ignorancia de las multitudes

Cuando comento que los clanes de escritores, los lectores cero (o me da igual el nombre de turno) y cualquier actividad grupal de mejora de la escritura no me parecen útiles, recibo no pocos comentarios sobre que no tengo ni idea y soy un ogro amargado bajo el puente.

Lo soy y la mayoría de veces no profundizo en el tema y es por pereza, no negaré ambas cosas. Entre lo poco que he aprendido está que realmente no se puede convencer a nadie de nada y, cuando alguien intenta hacerlo conmigo, casi siempre termino con los ojos vueltos del revés y los brazos cruzados.

En su día, ya hablé de los lectores cero y supongo que no tuve bastante. El resumen de aquello es que uno debería construir una capacidad propia (a través de la práctica y la buena lectura) para escribir por sí mismo algo que él considere bueno. Porque un escritor debería, por sí solo, reconocer eso cuando lo hace.

Y después, para juicios cuando su obra quiera ver la luz, ya están correctores, editores y lectores finales.

¿Es eso perfecto? Pues claro que no, no podría estar más lejos de la perfección, como todo.

Lo que pasa es que considero que la escritura es una labor que se hace solo.

Si uno quiere quedar con otros para llorar, reír o despotricar sobre este camino y sus vicisitudes, genial. Yo lo evito activamente, pero hay a quien le puede resultar un alivio de la olla a presión. Sin embargo, ¿hacerlo para obtener algo en claro en cuanto a escritura o si algo es bueno o malo? No creo que se vaya a obtener nada sistemáticamente positivo.

¿Por qué?

Sólo voy a nombrar de pasada algunos motivos, y no voy a explicarlos porque estaría varios días, pero básicamente todo va a estar sesgado por:

  • Las dinámicas de grupo que inevitablemente se producen en toda reunión de primates personas.
  • La necesidad humana de conformidad, que puede arruinar algo bueno solo porque los demás dicen lo contrario.
  • El imperativo psicológico de parecer útil y relevante, diciendo aunque sean gilipolleces porque si no, ¿para qué estás ahí si te callas? Por desgracia, es algo que he vivido en incontables reuniones de trabajo en los tiempos del lado oscuro.

Y porque, en general, la sabiduría de las multitudes quedó bien como título de un libro hace tiempo, pero ya está, pocas cosas hay más lejos de la realidad.

De hecho, como bien dice Jaron Lanier, puede que haya una sabiduría de las multitudes que resulte útil en situaciones muy limitadas y concretas, como ciertos problemas que necesitan una optimización.

Pero para todas aquellas situaciones que requieren creatividad o innovación, es la peor de las opciones y ahoga fácilmente las mejores soluciones.

¿Y si en vez de multitud uno insiste en que se trata de un grupo de expertos juzgando la escritura de algo?

«Yo es que he reunido un supergrupo de escritores que sí sabe».

Vale, en ese caso obtienes lo mismo o menos, algo que se sabe desde hace casi 60 años.

Por aquel entonces, se quiso analizar la calidad de la escritura en 300 trabajos universitarios. Dentro de lo que cabe, esos escritos pueden ser cualificados de una manera más objetiva que una obra de ficción. Al menos uno puede ceñirse a si se escribe con claridad, a si el tono es adecuado, las ideas resultan concretas y se transmiten, etc.

La tarea se encomendó a 53 lectores que no eran cualquier cosa: profesores de lengua inglesa, científicos sociales y naturales, escritores, editores, abogados y ejecutivos. Personas cualificadas cuya misión era valorar del 1 al 9 esa escritura en los trabajos.

¿El resultado?

Descorazonador.

El 94% de los trabajos recibieron siete, ocho o incluso nueve de los nueve grados posibles.

El nivel de variabilidad resultaba tan alto en la inmensa mayoría, que algo era calificado como genialidad, para ser calificado a continuación como verdadera mierda, y así caminaba de «experto» en «experto» hasta llevarse prácticamente cada nota posible.

No quiero ni imaginar algo igual con la ficción. Así que, en mi opinión, cuando uno expone su trabajo ante otros escritores, lectores o lo que sea, para ver que les parece y tener ideas de mejora durante el proceso de creación, básicamente va a tener un batiburrillo confuso e inservible de meras opiniones.

Opiniones que, voy a decir que en el 94% de veces (ya que me han dejado cerca el número) han salido de lugares que no tienen que ver con el análisis objetivo de la escritura, sino con esas dinámicas de grupo, psicológicas y personales que hacen más mal que bien.

Eso y la incomprensible inclinación del escritor a compartir su obra y ver qué opinan otros cuando está en medio del proceso creativo.

Eso es algo que me resulta difícil de imaginar en Miguel Ángel mientras pintaba o en Rodin mientras esculpía.

Pero bueno, que cada uno puede morir de la manera que desee, como probablemente yo sólo estoy justificando el miedo a la exposición.

P.D. El estudio en cuestión que he nombrado es Factors in judgments of writing ability de Paul Diederich, realizado en 1961.