La pistola en la cabeza

Me sorprende cuando alguien me pide opinión sobre algo, porque yo no tengo ni idea de nada.

Por eso, cuando alguien me pregunta que cómo hago para sentarme todos los días y juntar palabras, se me atranca el engranaje y no me sale otra respuesta que la que ya dije. No hay método, lo haces y ya está. Como mucho, a veces, me acuerdo de lo que aprendí de un tipo malcarado y hosco.

Unos días me siento y escribo y otros cojo con las dos manos la pantalla, insultándola hasta que estalla la vena del cuello. Y cuando alguna vez me ha dicho alguien que él no podría hacer algo como escribir cada mañana, por el motivo que sea, siempre he respondido lo mismo: «Claro que eres capaz».

Pero no lo digo para animarle, ni porque piense que el otro tiene dentro toda la voluntad y sólo necesita inspiración, eso son tonterías. Sé que esa persona podría por lo que me enseñó el hombre hosco. Sé que podría porque si le pongo una pistola en la cabeza y le digo que si no junta dos mil palabras aprieto el gatillo, me las va a escribir. Y lo hará con mil más de regalo y corazones en las íes.

Es la mentalidad de hacer las cosas con una pistola en la cabeza la que me clava en el asiento y más de un tiempo a esta parte, porque ya no me dedico a otra cosa.

Lo curioso es que, en realidad, no es una mentalidad a construir, es una realidad a reconocer. Nos están apuntando, a todos, y a veces, lo notas. Es un instante en el que recordamos y nos prometemos que lo que tengamos que hacer, hay que hacerlo ya. Escribir, amar, odiar, viajar, perdonar o lo que sea.

Desde niños nos tatúan la mentira de que el futuro nos salvará. Nos cuentan que, cuando crezcamos, tendremos alguna idea de cómo funcionan las cosas. Que en la universidad nos prepararán y comprenderemos, que cuando consigamos un trabajo o un matrimonio, las piezas encajarán y podremos disfrutar. Luego, cuando empezamos a encoger el ceño porque nada se va cumpliendo, nos dicen que tranquilos, que en realidad será cuando nos jubilemos, años dorados en los que por fin podremos bajar los brazos, descansar al sol con la sensación de trabajo bien hecho.

El futuro no nos salvará, no vendrán épocas mejores, solamente seremos más viejos y escucharemos el percutor de la pistola, amartillándose con un clic.

La libertad es lo peor que nos puede pasar, porque si tenemos todo el tiempo del mundo, perdemos todo el tiempo del mundo, si tenemos todas las opciones ante nosotros, no elegimos ninguna.

Es curioso que la vida nos creara así de paradójicos, porque queremos libertad y elección por encima de todo, pero se demuestra, una y otra vez, en lo cotidiano y en laboratorios que, cuando obtenemos dicha libertad, somos pésimos usándola.

Si yo creo que tengo toda mi vida por delante para sentarme y escribir, despertaré un día con toda mi vida por detrás y ni una sola palabra. Así que, supongo que si tuviera que responder, diría que mi técnica para sentarme a escribir consiste en mirar hacia atrás de vez en cuando.

Me giro y veo el cañón, así que encaro de nuevo la pantalla y sudo y me quedo a medio tragar y, a veces, hasta hago lo que he de hacer.

A Asimov le preguntaron qué haría si sólo le quedarán unos minutos de vida. Él respondió que teclear más rápido. Yo no aspiro a ser tan ingenioso, me conformo con ser capaz de imitarle. No me parece poco.

Everyone smiles with that invisible gun to their head - Chuck Palahniuk - The fight club.