La semana pasada hablaba de la envidia del escritor y su antídoto. En esta quiero dejar claro que buena parte de esa envidia nace de la equivocación.
Primero, de la equivocación a causa de las expectativas, que son, probablemente, la primera causa de muerte entre los sueños de escritor. Porque se suben a unas demasiado elevadas e inalcanzables, para acabar cayéndose desde ellas.
Lo más importante es el mito y una buena historia siempre vencerá a todos los números y probabilidades del mundo, pero la realidad es que nos hemos metido en otra lotería más, que toca tanto como el resto de loterías.
De hecho, en el contexto actual, es más difícil conseguir una mínima atención por cosas como las que comentaba hace poco la cantante PJ Harvey:
Si debutara hoy, sería mucho más difícil. Creo que no llegaría a ninguna parte, porque ya no hay espacio. Todo va demasiado rápido. Antes un disco tenía una vida de un año. Ahora no llega ni a una semana. Yo soy tan culpable como cualquiera. Antes compraba un vinilo, me sentaba y lo escuchaba entero. Ahora le doy un minuto a una canción y, si no me gusta, la paso. Me he convertido en consumidora, y es una palabra que odio
El segundo motivo de la envidia viene del hecho de la inevitable tendencia a creer que el jardín de al lado siempre es más verde.
Pero si pudiéramos ver por el ojo de la cerradura a nuestros escritores favoritos, podríamos comprobar y asombrarnos de que todo lo que nos afecta a nosotros también les afecta a ellos, en ocasiones multiplicado por cien.
Porque si crees que muchas de mis sesiones de escritura no se resumen en esa famosa frase de por la mañana puse una coma y por la tarde la quité, entonces tengo un terreno en la Luna a buen precio y con vistas.
O si piensas que hasta los escritores que parecen inmunes a bloqueos creativos, como el prolífico Stephen King, no pasaron enormes épocas de sequía, que duraron meses en los que no hizo otra cosa que beber y ver telenovelas, de verdad que las vistas del terreno son preciosas.
Y si crees que los genios sólo escriben cosas buenas, es importante recordar que una de las mejores definiciones de escribir la hizo Hemingway, cuando dijo que escribía una página buena de cada noventa y una de mierda, y la misión era tratar de poner las noventa y una en la papelera.
Para cada uno, el proceso de escribir se presenta con sus dificultades propias, en ocasiones fascinantes, como en el caso de Joseph O’Neill:
Algunos escritores son muy trabajadores, casi compulsivos. Se sienten incómodos, culpables e incluso indispuestos si no han escrito un día. Yo soy lo contrario. Empiezo a sentirme incómodo, culpable e incluso mal, después de pasar unos minutos escribiendo. Así que, para mí, el bloqueo del escritor no es una aberración: el acto de escribir es aberrante. Y también, en cierto modo, insalubre. Todo el asunto de la reflexión y el manejo del lenguaje, de la llamada introspección y narración, de encontrar contrapartes verbales elevadas para pensamientos e ideas elevados, resulta a menudo nauseabundo. Así que mi configuración predeterminada es no escribir, y no me siento tan mal por ello porque se han escrito muchos libros fantásticos que tienen una extrema necesidad de lectores, y sería básicamente superfluo generar otra masa de texto en la que la noción de la experiencia humana se expresara por millonésima vez, aunque sea de una forma muy artística.
Ese es el proceso para todos, y a veces es gozo y a veces condena, pero tenemos una distorsión enorme que va horadando nuestra autoestima, alimentando la envidia y haciéndonos creer que somos unos perdedores que lo están haciendo mal, cuando sólo somos escritores que lo hacen como todos, que lo hacen como pueden.