La semana pasada hablaba de lo que da la escritura a cambio de lo que pide y, a pesar de que pide mucho, también lo concede y creo de veras que todo este fracaso sirve para una vida mejor.
Una en la que, independientemente de los cuentos de fama y ego, has podido apreciar el arte, aprender cosas, vivir más historias y también vivir más cada una de ellas.
Que puedes leer mucho y ser una persona de mierda al final del día, pero ese es otro tema.
Porque una vida con escritura, con lectura que implica reflexión, con arte, en definitiva, significa haber tenido más inquietudes y haber saboreado más todo lo que lo humano puede proporcionar, para bien y para mal.
Cuando una historia es lo bastante buena, ese es su poder, hacer que la puedas experimentar en su esencia, sentir esas mariposas en el estómago, la mirada que se humedece, ese momento de sorpresa con lo que no esperas…
Y creo que también ayuda a otras cosas, sobre todo, a una de las más importantes.
Hace ya muchos años, como hace ya muchos años de todo, dentro de un certamen u homenaje de Radio Nacional de España (ya no lo recuerdo muy bien, la verdad), me publicaron en una antología el relato de un locutor de madrugada en su fiesta de jubilación. No me atrevo a releer el ejemplar de cortesía que me queda de la editorial, porque me aterra volver sobre viejos escritos, pero recuerdo la premisa que construí. En aquella historia, el protagonista en sus madrugadas siempre había entendido que la verdadera guerra que libramos es contra la soledad. Y la escritura, la lectura (y cualquier arte, las inquietudes y querer conocer más sobre lo que nos rodea en general) nos ayudan en esa contienda, haciéndonos ver que quizá estemos irremediablemente solos, pero, paradójicamente, no en ese sentimiento.
Que todo eso que nos mantiene despiertos algunas noches, para bien y para mal, es algo que compartes con otros y que, al contarlo tú, o al contarlo esos otros y leerlo tú, lo exorciza un poco. O al menos, aporta una luz bajo la que comprender mejor que quizá no sea necesariamente un enemigo o, al menos, no tan temible.
O sí, pero de veras que no estás solo.
A eso se le puede sumar todo aquello que, si tenemos un poco de suerte (a veces mala, a veces buena), también experimentaremos al escribir y leer: la pérdida, el amor y el odio en todas sus formas, lo mejor y lo peor que puede ofrecer esta existencia extraña y que, a veces, no puedes ni concebir que sea la misma vida la que ofrece momentos de éxtasis un día y desesperanza al siguiente.
Pienso honestamente que quien no lee y no escribe, quien carece de curiosidad por cualquier forma de arte o aprendizaje de lo que sea, vive menos.
Y, aunque todo esto de lo que hablo no sea agradable en muchas ocasiones, porque las lecturas que nos llenan nos ponen ante el espejo de las cosas de las que huimos, creo que podemos decir que hemos vivido más y que, a veces, hasta nos muestran una puerta.
A veces es una que sólo lleva a un sitio en el que evadirte un rato y sentarte al margen de la vida a descansar, pero ya me parece mucho en una sinfonía de días iguales, donde suena la misma nota cada vez y el reloj te persigue porque no llegas a nada.
Creo que en días de lluvia, a la luz cálida de una lámpara que ilumina las manos sobre el teclado o la página que lees, hay algo que cura un poco.