Las buenas historias son las peores

Las buenas historias son las peores

Las buenas historias son las peores porque son las únicas que pueden convertirte en un puñado de escombros.

Llegan hasta lo más hondo, nos ponen un espejo delante y hablan de todo aquello de lo que huimos. Nadie quiere mirar ahí, pero las mejores historias tienen ese efecto y estás indefenso.

Además, nos cambian. Y si hay algo que tratamos de retrasar y evitar es el cambio. Siempre es incómodo y las cosas que queremos suelen estar al otro lado de un páramo hostil lleno de piedras y a saber qué más. Como en los mapas antiguos, en los límites de las mejores historias viven dragones.

Las buenas historias, para los escritores especialmente, también tienen ese efecto de recordarte que son otros los que las están contando y tú no. ¿Tú qué estás haciendo? ¿Por qué tú no eres ese capaz de despertar esa envidia en otros creadores y lectores y espectadores?

¿Por qué estás ahí sentado, leyendo o viendo y no creando?

Ya no vas a estar cómodo en el sofá y es que te hiciste contador de historias porque el arte es lo único que permite tocar a muchos sin saberlo, pero el tiempo pasa, la suerte no mira y el teclado tiene una fina capa de polvo. Te acusa de que, como todos los que prometieron cambiar el mundo, se te da mejor hablar que escribir.

Las buenas historias son las peores porque nunca te dicen lo que quieres oír.

Las buenas historias son las peores porque saben lo que escondes en el sótano y le otorgan esa chispa de vida, un relámpago que hace que se remueva y busque salir para pedirte explicaciones.

Las buenas historias son las peores porque te olvidarás de algunos a los que dijiste «te quiero», pero no de algunas de ellas.

Las buenas historias son las peores porque hablan contigo y no con quien les has dicho a los demás que eres.

Y mientras tanto, las historias mediocres son inofensivas. Quizá por eso se prefieren tanto y todos buscamos ese confort, nada más humano que querer descansar un poco.

Las historias mediocres, por definición, nunca serán memorables. Derivativas, manidas, poco profundas y salpicadas de clichés, es imposible que una mala historia llegue lo bastante hondo como para ejercer suficiente cambio o suficiente daño.

Además, cuando haces las paces con dejarlas a medias, las historias mediocres ni las terminas. El tiempo es demasiado precioso como para gastarlo en lo que nos enfada, nos aburre o nos destruye.

Pero las buenas historias… Las buenas historias son las peores y estás indefenso ante ellas y, con ese poco de suerte que hace falta para todo, crearás una de esas.