La semana pasada hablaba de historias que no iban sobre nada, exentas quizá de grandes giros y dramas de culebrón, pero llenas de lo que importa: de emoción, conexión, estilo, también de eso que llevamos dentro las personas, difícil de definir, pero que reconocemos cuando lo tenemos delante. Al menos cuando alguien lo escribe bien. De esa manera, una historia, que aparentemente «no va de nada», llega más honda que todas esas llenas de guerras por tonterías y explosiones tan vacías como olvidables. Pero si uno se dedica a escribir, enseguida recibe un montón de mensajes contradictorios sobre el arte y un montón de cosas que rodean al arte, pero no son él. Sin embargo, a veces parecen incluso más importantes. Marketing, vender, fama… Entre esos mensajes está que el paradigma ha cambiado en la actualidad y hay que competir con otros medios de entretenimiento más visuales y dinámicos, que le quitan parcela a la lectura y se la invaden con armas pesadas hechas de imágenes, sonidos y mucha acción. Videojuegos con el presupuesto de películas, películas que parecen cada vez más un videojuego, el móvil y su permanente secuestro del circuito de recompensa de nuestro cerebro… Eso nos ha convertido en ratones de laboratorio que saltan en cuanto oyen el ding del teléfono y ven la lucecita con la notificación. ¿Cómo puede el libro competir con eso? Se preguntan muchos. El humilde libro, con el esfuerzo y la inversión que exige al lector. Es verdad que, pasado un tiempo, te devuelve mucho más de lo que pide, pero es necesario darle al principio y mucha gente ya no está dispuesta a hacerlo. Así que, para competir, algunos piensan que la escritura debe cambiar y sólo puede hacerlo empleando las mismas armas. Historias supuestamente trepidantes, llenas de sexo, pasión, intriga y giros sobre el giro. Tanto giro, de hecho, que al final se queda la cosa en el mismo sitio y sólo has conseguido marearte. En mi opinión, todas esas concepciones son equivocadas y, aunque fueran ciertas, no tienen ni el más mínimo sentido. Imaginemos que tengo una pequeña tienda y viene un gran supermercado a ponerse al lado. «Debes competir», empieza todo el mundo a decirte, ¿y de todas las opciones posibles lo haces precisamente en aquello en lo que el otro es más fuerte? ¿Intentas bajar el precio y competir en variedad de producto? Porque esa es la ruina asegurada, ya que tú no eres el grande, ni tu fortaleza es esa. Pero llegan augures de la salvación de la literatura y dicen que son necesarios trucos para enganchar, argumentos rápidos, escenas espectaculares… Que yo sepa, la literatura no puede competir, ni debe porque no es lo suyo, con la espectacularidad del videojuego o el cine. Su placer, probablemente más hondo y duradero, que apunta a partes distintas que llevamos dentro las personas, es otro. Intentar cambiarlo y convertirse en una copia del entretenimiento digital sólo da lugar a novelas de baratillo, ficciones adolescentes de fantasías, que son mal cine trasladado y peor escritura. Así que, si mi supuesto competidor es cien veces más rápido que yo, ¿me pongo a disputarle usando aquello en lo que es más fuerte y para lo que yo no estoy preparado ni hecho? (Ni maldita falta que me hace, como no le hace maldita falta a la literatura parecerse a un estreno de Hollywood para ser buena ni, en realidad, competir con nada). Si uno examina la suerte de esos remedos literarios, que se quieren parecer a las series de Netflix o los estrenos de Hollywood, puede ver dónde acaban prácticamente todos. En el olvido, siendo fotocopias borrosas de aquello que intentaron. Son una sucesión de explosiones sin alma ni metralla, así que no dejan herido a nadie, un ruido fuerte y luego la nada. Murakami, por poner un fenómeno moderno por cuyo éxito suspirar, no triunfó a base de ofrecer esas explosiones ni estructura de Hollywood. Patria, otro fenómeno reciente, no se parece a la última película de Marvel, la verdad. Los clásicos se siguen leyendo y ninguno de los que lo escribió sabía sobre efectos especiales o videojuegos… No creo que la literatura deba parecerse a nada ni cambiar lo importante, (escribir bien y con alma) por cuatro giros, dos escenas de sexo descritas como un adolescente se lo cuenta a otro y un puñado de asesinatos de cartón que nadie se cree, porque no tienes ni idea de aquello sobre lo que estás escribiendo. Me parece un suicidio, el colmo de lo ilógico, querer competir con algo (a saber por qué esa necesidad) y, de todas las estrategias posibles, elegir enfrentarte en lo que el otro es más fuerte. Medalla al peor general de la historia. Yo creo que la mejor noción que uno puede inculcarse es escribir todo lo bien de lo que sea capaz y dejar de mirarse en el espejo de otras cosas que por fuera pueden parecer más brillantes. Supongo que ese es un mal moderno y común, con tanta red social y tanta historia distorsionada por filtros. La escritura siempre tendrá cualidades que otros medios y artes no podrán igualar (ah, la película es buena, pero el libro es mejor…) igual que la escritura no podrá igualar a esos otros medios y artes en otras cosas. Y no creo que deba. Siempre fuimos pocos los lectores, no hay que dejarse llevar por los que dicen que cada vez son menos, no creo que sea así. Hay lectores aunque sean pocos, y encontrarán a los libros buenos según el criterio de cada uno.