Uno de los temas que despierta curiosidad cuando hablo de él es el de los concursos literarios. Y es que dan para más de lo que parece. Por eso, hoy es tan buen momento como otro para recoger las sobras que quedan sobre lo que aún no he comentado de ellos y meterlas en este cajón de sastre.
Así, estos son algunos detalles sobre concursos literarios que, seguramente, desconozcas si no estás metido en el mundillo. Porque al final es eso, un pequeño mundo con sus leyes particulares y un puñado de cosas inesperadas, como por ejemplo, que no te avisen cuando ganas o quedas finalista.
No es lo habitual, claro, pero al menos a mí, me ha sucedido dos o tres veces. La última, hace unos días, cuando recibí un email de un certamen al que concurrí. Al participar en algo, normalmente te avisan de la siguiente edición y te envían las bases al correo que dejaras de contacto, y eso fue por lo que me escribieron. Cuando estaba leyendo el mensaje, compruebo que el concurso aún no estaba abierto, cosas extraña. Sin embargo, más adelante leo que dichas bases se habían enviado antes, como deferencia, al ganador y los finalistas de la anterior edición.
Me quedé sorprendido, porque no me sonaba haber obtenido nada en él y, como no es la primera vez que me pasa, entré a la web de la entidad convocante y, efectivamente, ahí aparecía como finalista. Me ha pasado varias veces como finalista y una como ganador… De un premio que exigía ir al pueblo que lo convocaba o, de lo contrario, suponía la renuncia al mismo. Una risa.
Ahora, esto no sucede casi nunca. Normalmente, hay una fecha de fallo, pero el ganador sabe que lo es con varios días o semanas de antelación. Sobre todo, esto ocurre cuando es obligatorio asistir a la ceremonia o, de lo contrario, implica esa renuncia al premio.
Respecto a eso, ya me pienso mucho presentarme a concursos en los que se exija esa presencialidad si ganas. No porque lo haga a menudo, ya quisiera, sino porque me hago viejo.
Me hago viejo y no vivo en Madrid.
La mayoría de premios no preconcedidos son convocados por ayuntamientos o asociaciones de pueblos pequeños que, cuando vives en la periferia del país, como yo, casi siempre son lejanos. Y muchos de ellos son 100 o 200 euros que no compensan las 7 u 8 horas de viaje que implican (más luego idéntica vuelta), cuando, por ejemplo, se trata del norte o sur de España.
Desde luego, nunca me presento a la moda, extendida entre algunos, de que vayan los finalistas el día de la entrega y todos menos uno se queden con cara de idiota (y el bolsillo vacío por el viaje y alojamiento en un lugar recóndito).
No sé si no son conscientes de la realidad de los escritores o de que casi nadie vive de esto. Alguna vez me he encontrado alguno que me ha preguntado si puedo estar un jueves cualquiera, a las 6 de la tarde, a 6 horas de casa, para recoger un galardón o la consolación amarga que a veces hay para los finalistas.
Me temo que, para quien no se llame Reverte y se haya librado de la tiranía del despertador, no, no puedo hacer eso.
Otra cosa que descubres cuando te presentas a concursos literarios es lo pesado que resulta participar.
Algunos siguen pidiendo que mandes el escrito por correo postal, con lo que tienes que imprimir, ensobrar y redescubrir que una carta se convirtió en lujo. Ni te cuento si se trata de novela. Cuando es por correo electrónico, a veces resulta sencillo y a veces llega el concurso que pide el formato más estrambótico del mundo. Y cuidado si cada página no tiene 27 líneas y te has pasado un milímetro de los márgenes inverosímiles y erráticos que piden. No voy ni a hablar del que me encontré una vez demandando fuente Comic Sans, porque sólo merece purificación por fuego y nada más. La cuestión es que, cuando participas de manera más o menos regular, el envío es un rollazo que, al menos a mí y mi ineptitud en la preparación, me roba una enorme cantidad de tiempo de escritura.
Porque esa es otra, no vas a ganar si no te presentas a muchos certámenes, así que prepara tiempo. Y hablo de, no sé, al menos más de cien al año. Cuando digo que en 2024 conseguí dos primeros premios y casi una decena de finalistas, también debo decir que me presenté a más de ese centenar largo.
Y es que los concursos, en su mayor parte, son suerte (aunque luego comentaré un detalle más a este respecto). Esto no quiere decir que no importe la calidad de lo que envías, al contrario. Debe ser bueno, pero en muchos concursos, si el premio es mínimamente jugoso, compites contra varios cientos y no es raro que más de mil originales. El récord fue uno de microrrelatos en los que nos juntamos más de cuarenta mil envíos, el noventa por ciento de ellos firmados por un tal ChatGPT, probablemente. Por la ley de los grandes números, en cualquier concurso muchos escritos serán muy buenos y, que uno u otro se lleve el galardón, depende de factores que no tienen que ver con la calidad.
De hecho, escritos que ganan o quedan finalistas suelen llevar años y años de presentaciones que recogieron silencios y nada más. Pero de repente…
Mención aparte merecen otro tipo de concursos, los que no son literarios, sino de popularidad. Los que se basan en votos de usuarios, de gente que entra a una página a darle al me gusta… No me presento a esas competiciones de likes porque nunca he sido popular y apenas tengo familia o amigos (y la mayoría de ellos no saben que escribo o ni les importa siquiera).
Respecto a otras rarezas de concursos, mencionar a los que te piden hasta el último dato de tu árbol genealógico o sangre en luna llena. Conociendo de primera mano el cuidado que tienen administraciones y asociaciones con datos personales (en una época donde es más peligroso que nunca que se filtren), es increíble para qué quieren constantes copias de DNIs, fechas de nacimiento y otras informaciones que no sé qué añaden, excepto tiempo de preparación de envío. Comprendo que, cuando ganas, es necesario dar cuentas, demostración de identidad, etc, pero algunos te piden hasta una radiografía de antemano, y no quiero ni ver dónde acaban esos datos…
Otra cosa que ocurre a menudo es que el cobro del premio suele retrasarse meses, especialmente cuando lo concede una administración pública. Lejos quedan los tiempos en que una señora con un cigarro ladeado en los labios, y tres dedos de ceniza en equilibrio, me extendió un cheque en un carpa oscura que albergaba extraños actos festivos en otro pueblo perdido.
Otro espécimen de concurso, uno de los más irritantes, es el «nunca más se supo». Me constan al menos siete certámenes que se supone que se fallaban después del verano del año pasado, pero… Convocan las bases, les dan bombo y luego nunca más se supo.
Una variante habitual de lo anterior es la de la fecha de fallo que se retrasa, así que no desesperes si ponía septiembre, pero estamos a noviembre y sin noticias. Tampoco es lo habitual, pero si te presentas a un cierto número, acaba siendo un cierto porcentaje. Mientras fallen, lo encuentro comprensible, especialmente ahora que muchos están inundados de basura IA y tienen más envíos que nunca (ya comenté en su día que más de uno tuvo que desistir de fallar ante semejante inundación). Al menos, algunos ya prohíben el uso de esas mierdas, aunque en teoría nunca se pudieron usar, porque los concursos piden que tengas los derechos de autor de lo que escribes… y lo hecho por IA no tiene.
Aparte de todo esto, creo que de los concursos me queda poco más que comentar. Si acaso, el hecho de que, si todo es suerte, cómo es posible que haya algunos autores que sean ganadores en serie.
Y no me refiero a uno o dos premios anuales, sino a más de 10 o 12… No tiene que ver con amaños (creo), así que no seamos mal pensados. Por supuesto, tengo mi propia teoría cuñada de por qué es así, pero esa es otra historia para otro momento.