Repito a menudo que los consejos de escritura no sirven de mucho, porque hablar es gratis y creer que nuestra experiencia es la misma que la de los demás, un error muy común. Pero creo en fijarse en los artistas de verdad, esos que admiras, y detectar patrones, en caso de haberlos.
Patrones, sobre todo, en lo que hicieron, más que en lo que dijeron.
No nos llevarán al éxito igualmente, porque eso es cuestión de suerte, pero quizá nos acerquen al arte.
El problema es que el arte y el aburrimiento están más entrelazados de lo que parece. Porque el aburrimiento, al que declaramos una guerra que hemos ganado teléfono en mano, es necesario para que el arte surja y las cosas que nos ayudarán de verdad a mejorar no son secretos, técnicas ni trucos excitantes o nuevos.
Son verdades aburridas y, precisamente por eso, tendemos a ignorarlas como al derrotado, persiguiendo lo último que brilla.
Ante lo realmente efectivo decimos: «Eso ya lo sé». Y lo hacemos con un poco de fastidio y luego jamás lo aplicamos en la práctica.
Pero para aquellos que comprenden esto, lo que dicen muchos de los mejores artistas resuena y refuerza.
David Lynch es un artista de verdad. Lo puedes aborrecer, decir que no lo entiendes o que te aburre, y todo eso puede ser cierto y, aun así, reconocer que es un artista de verdad, alguien en el que fijarse y al que escuchar.
Y Lynch, como suele ocurrir con muchos de los buenos, sigue dos principios fundamentales: honestidad y rutina.
Dos de las palabras más aburridas del diccionario, con lo que podemos estar seguros de su certeza.
La honestidad en Lynch es clara, pocas veces ha comprometido su visión y su arte, y, hasta lo que odia, como esa versión de Dune de los años 80 tan peculiar, a algunos nos gusta.
Tras el estreno de Terciopelo azul, Lynch dijo:
Realmente creo que es como decían los Beach Boys: «Sé fiel a tu escuela». Tienes que ser fiel a las ideas que tienes, porque son incluso más grandes de lo que piensas al principio. Y si no eres fiel a ellas, sólo funcionarán en parte. Son casi como regalos, e incluso si no las entiendes al 100%, si eres fiel a ellas sonarán verdaderas a diferentes niveles y tendrán una honestidad en esos diferentes niveles. Pero si las alteras demasiado, ni siquiera sonarán. Simplemente, harán un ruido metálico.
Cuando Hemingway hablaba de honestidad, de empezar por una frase verdadera, la más cierta que pudieras, conectaba con ese principio. Ser fiel a tu idea, a lo que quieres expresar, sin que nada la comprometa. Especialmente, eso llamado mercado.
Al mercado que le jodan. Nada realmente bueno, nada realmente inmortal, se ha hecho nunca pensando en el mercado.
La otra gran idea que enseña Lynch es la de la rutina, vieja conocida de este lugar y a la que no dejaré de defender. Porque Lynch, como muchos otros, seguía una rutina estricta que le permitía, precisamente, libertad.
Esta es la parte que muchos no acaban de comprender. Imponer esa rutina, entre otras muchas cosas en las que no voy a entrar hoy, permite liberar un montón de energía (que es la clave de todo).
Aparte de dedicar 20 minutos diarios a meditar, Lynch suele seguir el mismo horario, llevar la misma ropa y comer en los mismos lugares.
Muchas veces tomo lo mismo cada día durante seis meses, puede que más.
Y para coronarlo, un batido rebosante de azúcar. Al menos, cuando era más joven.
Durante siete años comí en Bob’s Big Boy. Iba a las 14:30, después del pico del almuerzo. Me tomaba un batido de chocolate y cuatro, cinco, seis, siete tazas de café… con mucha azúcar. Y ya hay mucha azúcar en ese batido de chocolate. Es un batido espeso. En una copa de plata. ¡Me daba un subidón con todo ese azúcar y se me ocurrían tantas ideas! Las escribía en servilletas, era como si tuviera un escritorio con papeles. Todo lo que tenía que hacer era acordarme de traer mi bolígrafo, pero una camarera me daba uno si recordaba devolverlo al final de mi estancia. Tuve muchas ideas en casa de Bob…
Eso es lo que enseña Lynch, lo mismo que muchos grandes: honestidad y rutina, las dos condiciones para que el arte acuda.
Que luego lo hará o no, porque a veces lo invocas y no responde y así es su naturaleza. No hay garantía de que acuda a pesar de todo, pero sí de que no lo hará si lo importante no está presente.