Anoche terminé el libro Matadero 5 de Kurt Vonnegut. Puedo decir que me gustó. Independientemente de la historia, hay una manera de escribir por parte de los grandes que los diferencia del 90% de libros que ves en El Corte Inglés. No puedes apuntar exactamente qué es y ese “algo” no se parece de uno a otro y ni siquiera gusta a todos (si lo hace, no es grande). De hecho, puede que ni siquiera te encaje a ti mismo, pero lo reconoces, está ahí. Sabes que, sea buena o mala la historia, hay una manera particular de contarla que atrae por sí misma. A lo mejor es que el estilo lo es todo, que dijo aquel. Ese algo es una cualidad que no se puede enseñar. También es pérdida de tiempo —en mi opinión—, diseccionar qué hacen los escritores en sus páginas, pues, como mucho, lo único que se puede obtener de eso es copiar de modo artificial. Por eso suelo tener la manía de ir a mirar tras el telón, aprender más sobre las vidas de los que me gusta cómo escriben. No me interesan los grandes hechos, me interesa el día a día, porque el secreto de la maestría está enterrado las jornadas cotidianas, en la repetición y la rutina. A lo mejor por eso la maestría (en cualquier campo) es tan escasa, porque no llega de repente con un resplandor de gloria, tras ejecutar alguna gesta imposible. Estamos muy condicionados por los mitos y las historias a creer que es así, un producto del genio, una olla de oro al final del arco iris, un desenlace tras mucho drama. Pero en realidad está enterrada bajo un montón de horas iguales practicando, escarbando constantemente. Si haces eso a lo mejor atisbas algo y seguramente no, porque la maestría no hace promesas. Cuando lees sobre muchos escritores y su vida diaria exenta de grandes acontecimientos, pronto empiezas a ver patrones comunes. Que muchas veces escribir se parece a quitar paletadas de mierda hasta para los maestros, que a menudo odian lo que crean y que todos tenían una disciplina férrea y que, si no, se imponían dicha disciplina. Hace mucho, porque he mantenido muchas conversaciones y afortunadamente extrañas, me hablaron de la “prueba iniciática del tonto”. De cómo sociedades secretas imponían pruebas iniciáticas estúpidas, sin sentido, aburridas, exentas del ritual, la magnificencia y los grandes secretos que se esperaba de ellas. Así cribaban al “tonto”, a la mayoría que sólo venía atraída por el brillo de lo secreto y que no se dedicaría al arte que enseñaban con celo suficiente. Sólo querían figurar, susurrar a los demás que formaban parte de algo atrayente, un “postureo” consistente en hablar y no hacer. Cualquier arte es una “prueba iniciática del tonto”, que te exige pasar cada día dándole un pedazo, sin promesa de que te devuelva nada. Eso es algo que hace a menudo, porque el buen arte, como las buenas musas, tienen una parte cruel y fría y a lo mejor un día también te premian con lo mejor que has tenido nunca. Pero seguramente no. Kurt Vonnegut, que tiene ese algo por encima del resto aunque ni siquiera te guste, no era una excepción a esa regla. Y dado mi gusto por fisgonear cartas, resulta que en una de ellas revelaba una vez más el secreto que no se quiere oír, porque no se puede presumir. Llevaba una rutina y escribía cada día. Un montón de horas. A mediados de los años 60 le ofrecieron un puesto de profesor en el prestigioso taller para escritores de la Universidad de Iowa. Durante ese tiempo, alejado de su familia que se quedó en la casa de Cape Cod, escribió mucha correspondencia. Esto es lo que le decía a su mujer un 28 de septiembre de 1965.
Querida Jane. En una vida sin ataduras como la mía, el hambre y el sueño y el trabajo se las arreglan ellos mismos para adaptarse, sin preguntarme. Estoy tan contento que no me hayan consultado sobre detalles tediosos. Lo que han dispuesto es lo siguiente: me despierto a las 5:30, trabajo hasta las 8:00, desayuno en casa, trabajo hasta las 10:00, camino unas cuantas manzanas por la ciudad, hago recados, voy a la piscina municipal cercana, la cual tengo toda para mí, y nado una hora, vuelvo a casa a las 11:45, leo el correo, como al mediodía. Por la tarde hago trabajo escolar, o enseño o lo preparo. Cuando vuelvo a casa desde la escuela sobre las 5:30, adormezco mi intelecto que bulle con varios whiskys con agua ($5.00 un quinto en la tienda Liquor State, la única en la ciudad, hay un montón de bares, sin embargo), cocino la cena, leo y escucho jazz (hay un montón de buena música en la radio aquí), me voy a dormir a las diez. Hago flexiones y abdominales todo el tiempo y siento como si me estuviera poniendo musculoso y fibroso, pero quizá no. Ayer por la noche mi cuerpo decidió llevarme al cine. Vi Los paraguas de Cherburgo, que me pareció muy dura. Para un hombre sin ataduras de mediana edad como yo, era desgarradora. Está bien. Me gusta tener el corazón roto. Kurt Y así fue. 