El método tras la locura

El método tras la locura

Hace no mucho, un lector estaba escribiendo una serie de relatos que quería relacionar entre ellos y me preguntó que “cómo se hacía eso” y qué método seguí yo (ya que escribí una serie de cuentos horrendos hace ya demasiado tiempo, en los que hice eso mismo).

Como mis problemas con el correo parecen no haberse solucionado del todo, aprovecho este espacio y la respuesta es anticlimática, como suelen ser las verdaderas, porque es: “Como consideres”, que para eso el arte es libertad, pero sobre todo: “Como puedas” y creas que le funcione a la historia concreta, porque no hay reglas escritas en piedra.

En aquella ocasión, mi unión de relatos fue con una historia final en la que aparecían e interactuaban todos los protagonistas de los relatos anteriores. Y si soy sincero, no lo planifiqué de antemano. Lo escribí un poco como lo escribo todo, lanzándome y confiando en salir volando antes de estrellarme contra el suelo. Pero ahora mismo, que también estoy con una serie de relatos relacionados, la unión es simplemente temática.

Agradezco en cierto modo que alguien me pregunte porque crea que yo sé de algo, pero no tengo ni idea y todos hacemos lo que podemos, mientras chocamos con los muebles en la oscuridad.

Diciendo estas cosas nunca me ofrecerán que imparta ningún curso de escritura, pero es que mi método para la locura puede ser un desastre y el secreto es que, en realidad, no hay método que valga.

Por ejemplo, el último libro que he leído, Cenizas en la boca, de la autora mejicana Brenda Navarro, me ha parecido excelente, en ocasiones sublime. Y como los libros que me suelen gustar, no tiene método ni fórmula especial. Es la expresión de emociones contadas de una manera prodigiosa, una historia que va aquí y allá en el tiempo y el espacio, pisando viajes del héroe y cada consejo que lees por Internet.

La escritura es un arte y, como tal, no puede ser contenido y llevado como un río. De hecho, cuando es así, para mí pierde lo mismo que los pájaros enjaulados. Su canto se vuelve predecible y, como pasa con muchas series y películas que veo (y que siguen una fórmula porque el comité de marketing y el algoritmo mandan), ya sabes lo que va a pasar y cómo van a terminar.

Eso hace olvidables las historias, porque las hace parecidas.

La clase de historias que a mí me gustan desubicarán a otros lectores y no pasa nada. Hay quien lee siempre el mismo thriller con distinto título o la misma novela romántica con la portada de otro color. Y me parece genial, hay un valor y una seguridad en lo familiar y cada cual busca en el arte lo que necesita en ese momento, o lo que le consuela o entretiene.

Para mí la escritura también es un modo de explorar a mi manera, de saber dónde empiezas, pero no dónde acabarás. Y obtengo un valor en dejar que la historia y los personajes tomen vida propia y me sorprendan.

Otros escritores no pueden trabajar así y precisan que todo esté planificado hasta la coma. Yo no lo comparto, pero vuelvo a una de las cosas más importantes para mí con la escritura y el arte en general, que es uno de los pocos grados de libertad que nos quedan. Y cada uno debe ejercitarla como le apetezca.

Quizá lo más importante de todo esto es, una vez más, la desmitificación del proceso de creación, la creencia de que hay maneras absolutas de hacerlo «bien» o «mal». En realidad, nadie sabe muy bien lo que está haciendo, ni cual es el camino, sino que lo abre en la maleza a machetazos con cada palabra. Y luego, las borra al comprobar que «no es por ahí».

Como vivimos en los tiempos de tener que aclararlo todo, obviamente no abogo por el todo vale y escribir las bes con uve. Todo artista que se precie y ame lo que hace estudia su disciplina, conoce sus reglas y fundamentos, ha estudiado argumentos, tramas y ese viaje del héroe, aunque sólo sea para ignorarlo.

Pero para ignorarlo adrede, no porque no tenga ni idea de lo que significa.

A partir de ahí, todos escribimos como mejor sabemos y es liberador, porque no hay diez mandamientos, siete pecados capitales ni cien obligaciones. A lo mejor tu método parece una locura o una operación militar, a lo mejor sacas el manuscrito a la segunda y no tras cien intentos como yo. Hacemos lo que podemos y ya está porque, como decía Oscar Wilde, todos estamos en el barro, pero algunos miran las estrellas.

Y las escriben como pueden.