Niños disimulando

Niños disimulando

Hace poco leí una anécdota de Neil Gaiman, que decía así:

Hace algunos años, fui lo bastante afortunado como para que invitaran a una reunión de buenas y grandes personas: artistas y científicos, escritores y descubridores de cosas. Y sentí qué, en cualquier momento, se darían cuenta de que no estaba lo bastante cualificado como para estar allí, entre esa gente que realmente sí había hecho cosas.

En mi segunda o tercera noche, estaba en la pared del fondo, mientras actuaba un número musical, y comencé a hablar con un caballero mayor muy amable y educado sobre ciertas cosas, incluido el hecho de que compartiéramos nombre. Y entonces, señaló a la sala llena de gente y dijo algo así como:

«Miro a todas estas personas y pienso, ¿qué demonios hago yo aquí? Ellos han creado cosas increíbles y yo sólo fui adonde me mandaron».

Y le dije: «Sí, pero fue el primer hombre en la Luna. Yo creo que eso cuenta para algo».

Y me sentí un poco mejor. Porque si Neil Armstrong se sentía como un impostor, entonces quizá el resto del mundo también.

Quizá no había ningún adulto, sólo gente que había trabajado duro y también fue afortunada y un poco por encima de sus exigencias. Todos nosotros haciendo el mejor trabajo que podíamos, que es lo que uno puede esperar realmente.

He hablado largo y tendido del Síndrome del Impostor, de cómo nuestra labor, por mucho que algunos digan, no es eliminarlo, porque entonces ya no estarás en el lugar en el que invitaron a Gaiman. Entonces serás como los que no sienten ni piensan esas cosas: los cuñados, los avatares de Dunning-Kruger, los que no saben lo complicada que es la tarea y el hecho de que todo lo que importa es siempre un trabajo. Uno que merece que le dediquemos todo lo que tenemos y algo más, un poco por encima de nuestras exigencias.

Sin esa sensación en la boca del estómago que produce sentirte un impostor, tampoco tendrás el acicate necesario para elevarte un poco por encima de lo que no creías posible. Todo con tal de que no te descubran, de alejar esa impresión, aunque sea un minuto.

Porque el síndrome del impostor nunca se va a ir, nunca debe hacerlo. Pero a veces le gusta apretar un poco más de la cuenta y, en esos momentos, creo que todos podemos recordarnos de vez en cuando que no estamos solos. Esa es una de las mejores curas, para esto y para todo.

Y hoy me toca recordarlo a mí y que tú lo leas aquí… Que yo también lo haga.

Pero no es únicamente una cuestión de que no estamos solos, sino que, en realidad, nos encontramos en la mejor compañía. En una enorme sala donde se reúnen los humildes que se atrevieron a seguir adelante, que comparten el haber hecho algunas de las mejores cosas posibles sintiendo que eran poco más que niños disimulando.

Creo que personas como las que acompañaban a Gaiman son la demostración de algo importante que pasamos por alto. El hecho de que, si los miramos bien, la condición necesaria para hacer las mejores cosas posibles parece ser que ese síndrome del impostor esté presente. Que no sea un enemigo, sino un ingrediente necesario, un acompañante incómodo, sí, pero que tampoco nos dejará solos en los momentos más importantes.

La exagerada estima que se le tiene a mi trabajo me hace sentir muy mal. Me siento obligado a pensar en mí mismo como en un estafador involuntario.

Albert Einstein a la Reina de Holanda. Marzo de 1955, poco antes de su muerte.

Neal Stephenson, Neil Armstrong y Neil Gaiman

De izquierda a derecha: Neal Stephenson (me gustó mucho Snow Crash), Neil Armstrong y Neil Gaiman.