Hoy iba a poner un relato, pero quizá mañana, porque hoy estaba pensando en algo que me dijo alguien.
Me comentó que le resultaba descorazonador empezar a exponer su escritura, que le avergonzaba incluso denominarse escritor, porque todo el mundo lo era ahora y, lo que es peor, lo gritaba ahora y el aura de otros tiempos murió.
Que había tanta gente que le parecía agotador lanzarse a esa piscina abarrotada en la que no se ve el agua, sólo un marasmo de gente, flotadores y gorros de goma que no se callan.
Pero lo cierto es que no hay que desesperar si crees que compites contra una inmensidad de escritores porque, en realidad, sólo lo haces contra unos pocos. Eso si es que quieres usar el verbo competir, que no creo que sea el correcto, pero tendrá que servir.
Sólo compites contra unos pocos porque no importa si hay mil escritores bajo cada piedra o si algunos venden mucho o si otros aprovechan sus 30.000 seguidores y si las editoriales no quieren ni oírte con menos de 10.000.
La mayoría de esos no persevera. Así que en realidad, como esto es una maratón, sólo cuentan unos pocos, quizá los buenos valientes de siempre.
Y aunque haya un suministro inagotable de nueva carne de cañón que sustituye a los que se bajan del tren abarrotado, tampoco importa, porque tampoco perseveran. Caerán víctimas del sueño y las palabras bonitas.
Pero sobre todo, no compites contra todos porque, en realidad, la mayoría está a otra cosa. Está a vender, a comprar el sueño tonto de que uno escribe un poco por la mañana al sol y recoge el enorme cheque por la tarde, antes de ir a la playa.
No compites contra todos porque no están aquí para escribir, ni para contar historias, ni para preocuparse por llegar más hondo que nadie en alguien.
Si lo que quieres es hacer algo bueno, parecerte a esos mejores que tienes en la estantería a la altura de los ojos, entonces, en realidad, estás haciendo otra cosa y por ese camino apenas hay unos pocos y en la mayor parte del trayecto caminarás solo.
Eso está bien, no hay nada más agradable que un paseo y nadie a la vista.
Si quieres ser como esos a los que acudes cuando llueve, o cuando necesitas que algo se interponga entre la vida y tú, no competirás contra todos, ni siquiera contra muchos, porque ellos están a otra cosa.
Si quieres ser uno de esos para alguien, un refugio invulnerable que les comprende y les roza donde produce esa sensación que no pueden describir del todo, no te preocupes, que en realidad el problema puede ser el contrario, que te sientas un poco solo.
No pasa nada por esa soledad, una vez que uno siente la importancia de esa clase de escritura, no querrá otra cosa y, sobre todo, descubrirá que competir dejó de importar hace mucho.