A veces me han preguntado el secreto para seguir escribiendo tras tantos años, tanto en esta web como en general, a pesar de que no haber conseguido algo parecido al «éxito» que todos imaginamos cuando nos anidan esos pájaros en la cabeza.
Pero es que, quizá, ese sea uno de los secretos de la longevidad.
Cualquier escritor que se precie o haya conseguido algo mínimamente reseñable en algún momento, te dirá que escribir es un juego de resistencia. Que no vas a llegar y besar el santo, porque esto es una maratón (sin garantías, claro) y no hay otra manera ni atajos. A menos que una extraña suerte te esté mirando, claro, pero esa es una lotería que toca tanto como las otras.
Sin embargo, es fácil hablar de resistencia cuando has llegado a algún lado u obtenido algún refuerzo externo que te incita a seguir. Pero para quien escribe y ve un horizonte que nunca parece más cerca, por mucho que trabaje y se esfuerce, las cosas no son tan sencillas y claras.
Resistir forma parte de este juego, vale, pero ¿cómo?
Hace poco, el autor Gabino Iglesias daba una de las claves principales, y era algo de lo que suelo hablar a menudo:
Una cosa que puede ayudarte a sobrevivir en el mundo editorial es asegurarte de escribir exactamente lo que quieres escribir.
Escribir lo que te dé la gana es fundamental para perdurar, y perdurar es condición necesaria (aunque no suficiente) para «conseguir algo», sobre todo, lo más importante: mejorar en tu escritura.
Pero es que esta libertad para expresar lo que llevas dentro, y no lo que dicen desde fuera, es también la clave para no dejar de amar lo que haces. Porque una de las preguntas más difíciles de responder es cuándo tienes que seguir en algo, porque llegar es cuestión de tiempo, o cuándo abandonar porque, por mucho que te esfuerces, es un camino que no lleva a nada.
Sin embargo, cuando amas lo que haces y le quitas el utilitarismo de que sirva necesariamente para algo, esa pregunta pierde su poder. No escribes para «llegar a ningún lado», sino por la necesidad y el placer de expresar lo que llevas dentro, cada vez mejor, cada vez de manera más fiel y plena.
Así, la escritura es el camino y a la vez la meta.
Además, se ha demostrado sobradamente que, si quieres odiar pronto algo que amas, no tienes más que empezar a hacerlo a cambio de una recompensa externa, en lugar de que venga motivado por algo interno.
Por eso, cuando escribes lo que los demás quieren, lo que te dicen, lo que está de moda o lo que vende, estás poniendo la recompensa fuera y plantando la semilla del abandono.
Pero, ¿hay otras claves para la resistencia como escritor aparte de esta?
En mi experiencia, algo hay, pero todo palidece frente al poder de sentarte a escribir porque es tu refugio, exorcismo y cura.
Sin eso, el resto de tácticas para perdurar disparan con fogueo.
Por ejemplo, la rutina es imprescindible para esa resistencia, porque lleva a la formación de hábitos. No digo que haya que ser Schopenhauer, que al parecer hizo lo mismo cada día durante 27 años, pero nada relevante se ha hecho a golpe de emoción o ganas, combustibles demasiado inestables, sino de sentarse a trabajar de manera constante, aunque sean 15 minutos diarios.
Poner límites también es necesario, porque solemos sacrificar enseguida el acto de escribir en favor de cualquier otra cosa, de modo que el arte es lo primero que cae cuando el tiempo o la obligación aprietan. Si no amurallamos esos minutos, si no les atribuimos el valor que verdaderamente tienen, quedarán siempre para cuando tengamos un momento.
Y ese momento nunca llega, a menos que lo construyamos nosotros.
Ponerse compromisos de escritura es algo que, para personalidades obsesivas como la mía, también funciona. Como soy una contradicción que respira, no me junto con escritores, pero, en ocasiones, establezco un compromiso mutuo con otro y nos dedicamos a escribir teniendo en cuenta que habremos de responder ante la otra parte sobre lo que hagamos. He hecho «retos Bradbury» (un relato cada semana durante un año entero) y también buscar concursos y proponerme, junto a algún incauto de buen corazón, crear algo para presentarnos a un certamen.
Como en el caso de buscarte un compañero de gimnasio, es más difícil fallar cuando no sólo has de rendir cuentas ante ti mismo.
Otra estrategia de resistencia tiene mucho que ver con el tema que ha abierto este texto. Que los escritores que más veo que perduran olvidaron pronto la noción de conseguir «el éxito».
Ya sea porque se dieron cuenta de que es cuestión de suerte, o porque lo que ellos quieren decir no es lo que todo el mundo quiere oír, se dieron cuenta pronto de que perseguían una zanahoria atada a un palo. A los mejores que he visto y leído, el éxito les importaba una mierda y, quizá por eso, están entre los mejores que he visto y leído.
O como dijo Jhumpa Lahiri (a la que profeso amor incondicional):
Simplemente, sigo mi inspiración. Escribir es una llamada […] Pensar en el éxito es el trabajo de mis editores y mi agente, no el mío.
O como dijo Hemingway, que hace tiempo que no aparece por aquí:
Cuando tienes éxito, lo tienes por las razones equivocadas. Si consigues volverte popular, siempre es por los peores aspectos de tu trabajo.
Lo cual tiene cuajo, porque siempre envidió el éxito comercial de Scott Fitzgerald, mientras este codiciaba el prestigio de Hemingway con la crítica y los círculos literarios. Pero ¿qué es un escritor sin una sana dosis de hipocresía?
Quizá esta también sea un elemento clave para resistir y perdurar.