El sol sale y los que quedan en la ciudad se sientan en las terrazas y ríen bajo mi ventana. Y, aunque el verano y la despreocupación son territorio de jóvenes, esta vieja web se toma descanso en agosto.
Lo cual está bien, porque la pereza y la procrastinación también forman parte del proceso creativo.
En serio.
Y son tan importantes como el tac tac del teclado, más aún diría yo, dados los tiempos que corren.
Hoy, la obsesión es eliminar cualquier momento de pausa y descanso, grabar a fuego que el tiempo ocioso es tiempo perdido, cuando en realidad es disfrutado. Cualquiera que se haya dedicado a lo creativo, y haya leído a los mejores que pisaron el mismo camino antes que él, habrá comprobado que la pereza y la procrastinación son inevitables.
Es más, en ocasiones son deseables y en otras necesarias, porque son la pieza de puzzle que falta, la clave para llegar a lo que queremos: a esa solución, ese desenlace, ese camino para seguir a través de la espesura de nuestra historia, que no parecemos ver en el momento.
Cualquiera que haya peleado contra el nombre de dominio de esta web sabe que insistir apretando los dientes sólo lleva a la frustración. Pero como lo más importante son el mito y la historia, nos hemos creído la de que cualquier momento en el que no se oiga el tac tac del teclado es algo a eliminar. Y así, lo creativo ha sido sustituido por lo productivo, cuando ambas cosas no tienen nada que ver, ni estar más alejadas en el diccionario.
Pero es que esa historia es muy conveniente para muchas cosas que no tienen que ver con escribir. Así que se nos inculca constantemente y en todas partes, como la gota que parte la piedra.
Tumbarse en la hierba y cerrar los ojos es escribir. Leer con la brisa del mar moviendo las páginas es escribir. La obsesión por llenar cada segundo con actividad ahoga los espacios en los que crece lo creativo.
Pero como las historias y narrativas son lo más poderoso, nos moldean y nos sentimos culpables de perder el tiempo (yo el primero), cuando en realidad esos momentos son necesarios para que surja la chispa de lo que buscamos.
No creo que la necesidad sea la madre de la invención. La invención, en mi opinión, surge directamente de la ociosidad, posiblemente también de la pereza.
Si Agatha Christie, una de las autoras más prolíficas, dijo eso, a mí me parece un excelente permiso para permitirnos más a menudo el dolce far niente reparador. Para tomar un descanso con la excusa de que, en realidad, estamos creando.
Porque parece que necesitemos excusas y motivos que justifiquen embobarnos mirando las nubes, cuando es nuestro derecho de nacimiento.
Sinceramente creo que, hoy día, el principal problema para muchos, entre los que me incluyo, es que esos momentos de pereza necesarios se convierten en pereza culpable que no deja descansar, que no deja sitio en la cabeza para que surja nada, porque esta no para de repetir que deberíamos estar haciendo algo.
Complicado eso de escuchar cuando no paramos de hablar, martirizándonos por no llenar cada minuto.
La creatividad no se puede forzar. No se puede tirar de ella como no se puede tirar de una planta para que crezca más rápido y, desde luego, no la podemos poner al galope a golpe de látigo.
Por eso, me despido hasta septiembre y se despide también Arthur Conan Doyle:
Soy el perezoso más incurable que ha pisado con zapatos de cuero.