Pero...

Pero...

No suelo hacerlo, pero hoy comparto algo práctico sobre escritura que aprendí hace mucho.

¿Cómo mantener la historia y llevarla hacia adelante, mientras la haces interesante?

Obviamente, dependiendo de dicha historia, del escritor y lo que quiera contar, la respuesta variará muchísimo, pero en caso de duda, y sin que sirva de precedente, hay una respuesta que se puede aplicar casi todas las veces:

«Pero…».

Uno de los principales motores de una historia, como comenté no hace demasiado, es el conflicto, la dificultad del protagonista para conseguir lo que desea. Desde antagonistas de opereta hasta otros mucho más sutiles y poderosos (como puede ser la vida misma), una historia se mueve al ritmo de sus dificultades, de ese enfrentamiento entre lo que busca el protagonista y los obstáculos (voy dejar de lado otra clase de historias o aquellas que se pueden mover y mantener el interés mediante otros recursos más avanzados o arriesgados).

La cuestión es que, para mantener viva esa llama, lo más sencillo es usar el «pero» cada vez que ese protagonista avanza en algo, a fin de plantar la semilla del siguiente reto.

En las historias de capa y espada, por ejemplo, el héroe obtiene el talismán que necesita o algo así, pero… Entonces ocurre algo que le pone una dificultad. El talismán no es el que espera, no hace lo que pensaba o lo hace, pero tiene un efecto secundario no deseado, etc.

En una historia de misterio, puede que el protagonista consiga avanzar en la resolución, pero… De nuevo algo sucede que le arruina la fiesta o al menos se la agua un poco. Puede que la pista sea falsa, que el antagonista al que persigue vuelva a actuar, etc.

Lo mismo puede ocurrir en historias intimistas o de cualquier otro tipo. Hay un avance en lo que se quiere contar y la vida viene entonces a hacer lo suyo, a ponerte un pero, porque ese es su trabajo a jornada completa.

Hace mucho, aprendiendo de un guionista para comprender cómo elaboraban ellos las historias dentro de su disciplina, me enseñó sobre los tres y cinco actos, en qué suele consistir cada uno y cómo las escenas que los componen suelen ser una sucesión de «síes» y «noes» para el héroe, a fin de crear conflicto e interés. Así, si se produce un «sí», un suceso positivo para los protagonistas de la historia (que normalmente tiene que ver con el esfuerzo que han puesto en conseguirlo y no con golpes de suerte o Deus ex Machina), luego suele venir un «no», una negación (parcial o no) de ese avance o un giro en eso que los protagonistas parecen haber conseguido. De esta manera, los actos fluyen en escenas de «Sí» y «No», muchas veces alternas y otras más seguidas, pero sin juntar demasiados síes y noes consecutivos. O así es cómo me lo explicó al menos para que comprendiera el flujo general y cómo se planea un guion, obviamente, y como pasa con cualquier arte, dentro de esa generalidad hay un enorme margen de maniobra y maneras de hacer o modificar eso.

Sea como sea, esto es perfectamente trasladable a otras formas de literatura, como novela o relato, especialmente en caso de que no sepamos muy bien cómo seguir o creamos que el camino que estamos creando resulta demasiado llano y, por tanto, quizá un poco aburrido.

Así, esos avances del protagonista hacia el final que desea suelen venir con un pero pegado en el zapato, con algo inesperado, una reacción de aquello a lo que se enfrenta o esa ironía con la que juegan los deseos cumplidos.

La ausencia de peros, su baja calidad o que estos sean producto de apenas un segundo de pensamiento superficial, produce Gary Stus y Mary Sues, las denominaciones en inglés de esos personajes que lo hacen todo bien a la primera, tienen la profundidad de un charco, vencen a los malvados sin apenas dificultad o cuyos obstáculos, incluso los que parecen más insalvables, se convierten en algo superfácil, apenas una inconveniencia.

Los personajes más fatigosos en cualquier historia.