La escritura es un arte necesariamente solitario y entiendo que muchos escritores orbiten entre ellos o que tengan un grupo de lectores de confianza. Personalmente, no creo en esas cosas y creo que tiene más inconvenientes que ventajas, muchas de las cuales he comentado a lo largo del tiempo. Pero no negaré que escuchar solamente las voces propias tiene también unos cuantos riesgos además de la locura, y uno de ellos es la perspectiva.
Perderla, más bien.
Porque cuando eres juez y parte solitaria de lo que haces y hacen los demás, es muy complicado ver las cosas sin que prejuicios, manías y dejes escoren el barco. Y cuando no escuchas otras cosas, es fácil pensar que las de dentro de tu cabeza son las únicas que existen.
Respecto a la escritura, esa falta de perspectiva provoca en mí una atracción hacia los extremos, porque eres demasiado duro o bien te crees un genio (eso dura poco, basta dejar el texto en barbecho unos días para volver a tierra en picado).
Respecto a la lectura, pierdo la perspectiva de qué le gusta a los demás, qué se considera bueno, mediocre o una genialidad. Me suele pasar últimamente con las recomendaciones de personas en cuyo gusto confío y que, de pronto, les apasiona un libro que no entiendo ni cómo han publicado ni mucho menos vendido lo que dicen que ha vendido o provocado que un tío en Babelia crea que es la salvación que esperaba la literatura.
Y al revés, claro. He dejado libros que pensaba que removerían cimientos y han dejado indiferentes a quienes se los presté. Pero indiferentes de decirme que no han sentido o comprendido mucho con esas páginas.
Supongo que ocurre inevitablemente cuando eliges el camino del ermitaño, que de tanto escucharte a ti mismo, el mundo está hecho solamente de tus neuras.
¿Cómo se arregla eso?
Hace mucho que hice las paces con el hecho de que no todo se puede arreglar en la vida ni falta que hace vivir así de cansado, que elegir un camino es elegir también sus inconvenientes y cualquier otra cosa es una batalla inútil hasta para un escritor. Al menos en lo que se refiere a la parte de escribir. De momento sigo pensando que lo que se gana de esa forma vale mucho más que la posible pérdida y, de todos modos, no pasa nada, puedo cambiar de opinión mañana.
En la parte de la lectura sigo compartiendo lo que leo, preguntando lo que tienen otros en la mesilla de noche y qué les ha parecido, dando oportunidades a lo que mis prejuicios consideran de antemano que no nos gustará. Porque ahí viven las sorpresas y, si no, tengo mis refugios que no suelen fallar y siempre hay tiempo de dejar un libro, porque con eso también hice las paces dejando por el camino mi completismo.