Antes de nada, una pequeña curiosidad. Prácticamente cada semana voy al cine y desde hace unas semanas tengo un pequeño diario online de reseñas de las películas que voy viendo. Me interesan las historias en todas sus formas y amo el cine, por eso hablo allí también de personajes, storytelling, etc, de modo que he pensado que le podría interesar a alguien.
Dicho esto, vamos con el episodio de hoy…
En su obra Netochka Nezvanova, Fiodor Dostoyevsky escribió uno de esos párrafos que te detienen en seco:
Sentías que debías seguir un camino diferente, uno más ambicioso. Sentías que estabas definido por otras cosas, pero no tenías ni idea de cómo conseguirlas y en tu miseria comenzaste a odiar todo lo que te rodeaba.
Creo que pocas veces se ha escrito mejor sobre el peso de los sueños no cumplidos que, como todas las cosas que se quedan a medio, se convierten en fantasmas que se pegan y resultan un extraño lastre difícil de definir y de quitar.
Y sí, empiezas a estar resentido con lo que te rodea, con todos aquellos que parecen hacerlo peor, pero les va mejor, con los que ahora tienen una vida cómoda porque no eligieron la bohemia y con todas esas historias que te contaron sobre que eras especial y comprendes que eran mentiras nada piadosas. Si miras alrededor, empiezas a sentirte un secundario sin diálogos en la película de otros, alguien que vino a mañanas de café soluble, metro, ocho horas con suerte en la cadena de montaje y vuelta a empezar.
Asomarse a ese párrafo de Dostoyevsky es hacerlo a tu reflejo en el agua y hay dos clases de artistas, los que se reconocen y los que mienten.
No pasa nada, somos humanos y ese párrafo no habla de arte ni escritura en realidad, habla de todos.
No tengo más solución para el peso de los anhelos incumplidos que escribirlos. Que hacer como Dostoyevsky y coger todo eso que llevamos dentro y tratar de hacer algo bueno con ello. Hace más de diez años me preguntaba en este mismo lugar si era necesario el dolor para crear algo bueno. Sigo sin creer que sea indispensable, pero sí una excelente materia prima, una en la que todos nos reconocemos porque forma parte inevitable de la experiencia humana. Porque, como en el pasaje citado, te pone ante un espejo y conecta con los que están al otro lado de las páginas y sienten la misma punzada. Esa conexión, y no la fama, la fortuna o la inmortalidad, es lo que siempre he creído que buscamos realmente cuando escribimos, saber que no estamos solos en la multitud.
No lo conseguiremos casi nunca y tampoco nos curaremos de algo que nos acompañará siempre, pero al menos será consuelo y una vara de medir. Porque cuando podamos expresar como Dostoyevsky y que los demás se reconozcan en el reflejo de ese agua, sabremos que estamos escribiendo bien.
Cuando hace más de diez años hablaba de ese sufrimiento como motor de la creatividad, comenté las tesis de Joshua Kendall, que afirmaba que muchos genios eran obsesivos y también horribles personas, de modo que creaban grandes cosas porque estaban dispuestos a llegar todo lo lejos posible con tal de alejarse y no enfrentar lo que llevaban dentro. No dudo de que tenga razón como la tenía Nietzsche cuando dijo que todo el mundo está huyendo de sí mismo. Pero cuando dejamos de hacerlo un instante y nos giramos hacia eso de lo que huimos, podemos (a veces) transformarlo a través del arte.
Eso requiere el enorme coraje de ser vulnerables, de mostrar a los demás qué nos duele y dónde. A algunos no les gustará porque no quieren que se lo recuerden, huyen también de verse reflejados en el agua y es genial, porque es la mejor criba que podamos hacer.
No creo que debamos avergonzarnos del peso de los sueños no cumplidos, ni de la frustración y todas las otras cosas que nos duelen y nos hacen. De ser así, los enterraremos bien hondo porque no querremos que los demás vean eso de nosotros… Y perderemos algo que puede hacer que nuestra escritura se parezca a la de todos esos que leímos y nos inspiraron a hacer algo parecido.