Hace tiempo hablaba de libros buenos y malos, de que los segundos claro que existen y no, esto no va sobre el Planeta. No lo he leído y tampoco sabía bien quién era el ganador hasta que me lo explicaron.
Pero ¿qué suelen compartir los libros malos? Normalmente, argumentos trillados y toda clase de lugares comunes, poblados por personajes que son recortables de cartón, tópicos y derivación por todas partes con estilo simple, que no atragante con frases extensas o anidadas, para no perder un poco el resuello por una ausencia de comas que rompa el ritmo porque quiera sacarte a bailar un poco. Pero como dijo David Foster Wallace:
La ficción va de lo que significa ser un puto ser humano.
De nuestra condición, de que, como decía Ethan Hawke la semana pasada, el arte no parece servir de nada para la mayoría la mayoría del tiempo, hasta que de repente he ahí un corazón roto o enamorado, esa pérdida irreparable o aquella situación inesperada que sacude todo lo que creías. Y entonces, te preguntas si alguien más ha sentido algo parecido y qué es, qué puedes hacer con los pedazos de lo roto o con eso nuevo que se ha venido a vivir.
Ahí están entonces los libros buenos (el buen arte en general). No para dar una respuesta, sino para hacer mejores preguntas, mostrar que no estás solo y, con un poco de suerte, quizá comprender un poco, aunque nunca vayamos a entender del todo.
Tengo un amigo que solamente nada por la superficie de las personas y las relaciones, que no quiere saber nada de lo que la gente lleva dentro, especialmente, él. Pero es mi amigo porque suele tener el corazón en el sitio correcto y es honesto. Reconoce que prefiere no perder pie en el agua porque no quiere que le vuelva a doler como lo hizo una vez. Y sabe que es una solución de mierda que no arregla nada, pero es su solución y qué más da, si todos acabaremos como Ozymandias.
Los libros malos suelen nadar por las mismas superficies que mi amigo, plagados de simulacros de personas, simulacros de acciones, simulacros de historias, nada que cubra y, cuando lo intentan, de nuevo parece esa copia extraña que no acaba de llegar o llegarte. Además, suele haber una inverosimilitud con la que es complicado alcanzar el trato de la suspensión de la incredulidad, con la que es difícil transmitir lo que implica ser un puto ser humano.
Libros buenos y malos tratan lo mismo en realidad: la vida, la muerte, el amor y lo que abarca ese triángulo, que es prácticamente todo. La diferencia suele estar en ese territorio con el que mi amigo ha roto relaciones, en el número de dimensiones y la extraña cualidad de transmitir lo que parece que no se puede, de una forma que reconoce quien lo lee.