Mi proceso de escritura

Mi proceso de escritura

A lo largo de estos años me han preguntado varias veces sobre mi método de escritura. Pero es que no sé si puedo llamar método a un episodio bipolar de manía y depresión, trufado de momentos en los que no puedes parar de escribir y otros en los que no puedes parar de mirar al techo.

Del mismo modo, no creo que haya mucho valor en conocer el método de un escritor para seguirlo.

¿De qué sirve imitar a Kerouac con su corriente de pensamiento volcada en una hoja de papel continuo que no se acaba nunca? ¿O a Hemingway escribiendo de pie, cuando a lo mejor los riñones se quejan enseguida?

Del mismo modo, he visto mil métodos por ahí de todo tipo, que si copo de nieve y otros nombres igual de imaginativos, pero nunca me han quedado bien los trajes de los demás. Es por eso que la respuesta es anticlimática, como suelen ser muchas de las verdaderas, y se basa en eso tan manido de que tienes que encontrar tu propio método.

O mejor dicho, que vale cualquier cosa que lleve la escritura hasta la línea de meta, no importa cómo, ni si es elegante u ortodoxa.

Quizá el mayor valor de compartir mi forma de hacerlo, o cómo es una sesión típica hasta que acabo una historia, es el de que se pueda comprobar que no hay pautas perfectas y, desde luego, en mi caso el proceso dista mucho de ser algo que discurre sobre raíles y sin incidentes.

Es más, resulta todo lo contrario y me da la impresión de que presento una serie de patrones diferentes a lo habitual.

Por ejemplo, he firmado una paz precaria con el hecho de que, cuando empiezo una historia, mi misión más importante es conseguir como sea un primer borrador vergonzoso que saque lo que tengo en mi cabeza. Como sea. Eso se traduce muchas veces en empezar con algo tremendamente mediocre y la mayoría de veces, incomprensible, porque mi cabeza aturullada de mil voces se plasma en una escritura que también es así. En serio, en demasiadas ocasiones no se entiende ni lo que quiero decir en el primer borrador de algo, o las frases son enrevesadas e ininteligibles, con la esperanza de que luego pueda moldear algo con ese barro. Pero me fuerzo a no juzgar, a no releer, a avanzar otra palabras y sacar lo que sea que haya dentro. Luego ya veré qué es y si puedo hacer algo con ello.

Tras eso, comienza una fase exhaustiva donde, fácilmente, necesito entre 15 y 30 repasos sólo para conseguir algo que no me cause un rechazo visceral cuando lo leo. Y parece que exagero, lo sé, pero no.

Tengo claro que lo que escriba, especialmente al principio, no se va a parecer en nada a lo que quiero expresar. Pero es lo que hay en mi caso y he comprobado que suele ser muy distinto a otros escritores que vuelcan a la primera algo mucho más decente (y legible). De hecho, me asombra que puedan sacar de su mente algo claro de inicio.

Durante mucho tiempo, creí que esos primeros borradores, y esa necesidad de tanto repaso, significaba que había algo «mal» en mi proceso. Que por alguna razón no podía sacar de mi cabeza enredada nada mínimamente claro a la primera, como sí consigue la mayoría a mi alrededor. Me llevó muchos años y la única virtud que tiene envejecer (la de que todo te va importando cada vez menos) comprender que yo escribo así y, por penoso y lento que sea, pues es mi manera y qué le voy a hacer.

De la misma forma, quien lleva tiempo aquí sabe que escribo a primera hora de la mañana, cuando todos duermen y una parte de mis preocupaciones, también. Por las tardes, o en la vorágine del día a día, simplemente no me sale nada creativo desde cero. Puedo repasar reescribir a cualquier hora, eso sí, y el trabajo de escritura suele ser ese la mayor parte del día, pero crear de la nada lo hago mejor en el silencio de la madrugada.

Tras eso, dejo en barbecho durante un tiempo lo que he escrito. Hay una voz que me dice que no hace falta, pero sé por experiencia que, cuando vuelva en el futuro sobre esos textos, mi opinión será muy distinta. Esto me sirve para tomar distancia y que, cuando repase otra vez tras esas semanas, la escritura me parezca nueva. No sé si eso le ocurre a los demás o es simplemente mi mala memoria, pero no es raro que lea algo tras ese barbecho y piense: «¿De verdad he escrito yo eso?».

Unas veces lo pregunto para bien y otras para mal.

Todo eso implica que soy un escritor que dista mucho de un genio que trabaja por arrebatos en los que sale algo inspirado, sino todo lo contrario. Mi proceso es esculpir de manera lenta y penosa una primera piedra tosca, una y otra vez, una y otra vez… De verdad que muchos no se imaginan cuántas veces y que no hay secreto, sólo ese: «Puse una coma por la mañana y por la tarde, la quité».

Cuando se trata de algo más largo que relatos, la locura es aún peor. No planifico nada, porque las veces que lo he hecho, no me ha servido más que para perder el tiempo, procrastinar y olvidar lo preparado en cuanto me siento a escribir. La planificación sólo me resulta un corsé que impide una de las cosas más importantes que he aprendido, el hecho de que la escritura se revela a sí misma. Así, no importa lo que pergeñe de antemano, o lo que crea que tengo en la cabeza, porque hasta que no lo escribo, no se desvela la verdadera historia. Esta suele tomar vida y caminos propios, que sólo veo cuando pongo una palabra detrás de otra sobre el papel, y no en mi cabeza.

Aparte de eso, nadie excepto yo lee lo que escribo.

Como ya he dicho muchas veces antes, por motivos que también he explicado a fondo, no tengo lectores beta, cero o como se llamen, y tampoco me junto con otros escritores. Si algo es bueno o no, si algo está terminado o no, si algo debe cambiar, me temo que queda a mi criterio. Y luego, al del jurado del concurso que lo envíe (si lo envío, cosa que ocurre con un menos de un 1% de lo que escribo) o del editor de turno, algo que hace años que no sucede porque, como también he comentado otras veces, hace tiempo que lo editorial y yo vivimos separados.

Creo que el único valor de todo esto que comparto no está en seguirlo, sino a lo mejor en que otros vean que la escritura dista mucho de ser un proceso perfecto y que no hay líneas maestras que seguir.

Que igual que en la vida, simplemente hacemos lo que podemos.