El propósito vital

El propósito vital

Antes de nada, comentar que la habitual pausa en la web durante el mes de agosto, que realizo desde hace unos años, se adelanta una semana por tema logístico y ya nos veremos leeremos en septiembre.

Espero que, quien pueda disfrutar estos días, lo aproveche. Pocas cosas se pueden hacer que sean más importantes que nada en absoluto.

Al fin y al cabo, te das cuenta pronto de que el mundo sigue girando cuando tú te detienes, que los días y los demás continuarán cuando no estés, así que no pasa nada por desaparecer un tiempo del mundo y las obligaciones. Pero al hilo de esto, muchos escritores pecamos de darnos demasiada autoimportancia, de estar aquí y hacer lo que hacemos por alguna clase de propósito o llamada. De sentir que esto es lo que siempre vinimos a hacer, como si alguna clase de inteligencia superior nos hubiera colocado ahí por ese motivo.

El del propósito vital es un mito común y la demostración del enorme poder de las historias, que inculcan esa noción de que somos especiales y hemos venido para hacer algo concreto que debemos descubrir. Desde pequeños nos vemos moldeados por esa clase de narrativas, casi siempre bienintencionadas, porque mejor no estar pensando ya en tu insignificancia cósmica antes de soplar diez velas.

Sin embargo, no todos podemos ser especiales o, mejor dicho, cuando todo el mundo es (o se siente) especial, nadie lo es.

De hecho, la del propósito puede resultar una noción bastante dañina. Por ejemplo, cuando uno consigue cierta fama en la escritura y mira hacia atrás, es fácil verse como especial. Al fin y al cabo, ha sido uno de los pocos elegidos y, para explicarlo, comienza a crear otra historia más. En este caso, casi siempre es una mitología personal acorde, donde el papel de la suerte ciega se tapa con el decorado de fondo y aparecen los rasgos del héroe, el talento y el esfuerzo, el yo siempre estuve llamado para esto y ya desde pequeño nadie podía separarme del lápiz.

No creo que tengamos un propósito especial que, cuando cumplimos o encontramos, termina con la confusión de cada día, ordena las piezas y nos asegura que ese es el sendero que debíamos recorrer. No creo que ni siquiera el enorme ego de un escritor sea capaz de tanta arrogancia, ni la vida deja de ser extraña y absurda cuando creemos haber encontrado lo que siempre buscamos.

La escritura es poderosa y concede cosas que no podremos experimentar de otra manera, como sucede con el resto de caminos del arte, pero no somos mejores ni especiales por seguirlos.

Creo que hay que ser más humildes y que la escritura ayuda a entender y soportar la vida, a dar consuelo y conceder emoción, que ya es mucho, pero no resulta nada trascendente que nos haga «mejores» que el resto. He conocido a gente tan estúpida como leída y a un buen puñado de idiotas que escribían de forma decente.

Creo que es un privilegio poder escribir, que te lean, emocionar y tocar a otros. Creo que es algo por lo que debemos estar muy agradecidos, pero lo cierto es que hay cosas mucho más importantes que escribir bien. Y que no pasa nada por ser insignificante, te quita un enorme peso de encima y, mejor aún que eso, no te hace partícipe de uno de los tópicos más sobados e insoportables en las historias, el del elegido.

Hasta septiembre…