Lo mejor que puede hacer la escritura

Lo mejor que puede hacer la escritura

He hablado mucho de para qué la escritura. Para qué en un mundo y un contexto en el que es un reducto a la contra, una aldea gala, un constante peligro de extinción. He hablado a menudo de consolar con la escritura, de hacer compañía mostrando que no estamos solos en lo que vivimos o sentimos. He hablado también de entretener y emocionar.

Pero si hay un logro máximo que conseguir con ella es, en mi opinión, el de inspirar.

Cuando estás ante un libro y sientes ganas de hacer algo parecido a lo que estás leyendo, cuando te inculca el deseo de crear tú también historias como esa, sabes que estás ante la mejor clase de escritura.

Para mí, esa es la cima de escribir bien, crear algo que se parece a la vida. Porque una historia lo bastante bien contada es capaz de reproducirse, ya que contiene una semilla que inocula en otros y alarga la vida del arte, haciendo que la gente quiera ser creadora activa, en lugar de consumidora pasiva, enriqueciendo de la mejor forma posible a quien toca.

En eso se diferencia el arte de ese horrible concepto llamado «contenido».

A veces, si ya eres un autor, lo mejor de la escritura se manifiesta en el deseo de no crear solamente, sino escribir algo tan épico como lo que lees. Es decir, que no sólo insta a hacer, sino a hacer lo mejor posible, a superarte, a llegar un poco más lejos, a abandonar territorio conocido en pos de lo que hay más allá en tu camino como artista. A ser capaz tú también de inspirar a otros.

Pocas cosas se me ocurren más poderosas que plantar también la semilla de la superación en alguien, pero es que ese es el poder de la buena escritura.

Nunca he escondido que vivo enamorado de la escritura de Jhumpa Lahiri (vivo enamorado de demasiadas escrituras, porque siempre he creído en la promiscuidad del arte, pero la de Lahiri tiene un pequeño lugar especial), así que raciono sus libros para que aún me queden en ciertos momentos. Para mí, su escritura tiene el mayor de los virtuosismos, decir y hacer sentir todo con un lenguaje sencillo, y que no importe lo que cuente, especialmente cuando es lo más cotidiano, porque quiero leerlo todo y quiero leerlo ya. Para mí, el virtuosismo de esa mujer me resulta incomprensible, soy como un troglodita ante un truco de magia que jamás entenderán, aunque otros digan que en esas páginas no ocurre nada y vivan atrapados en la creencia adolescente de que son las grandes palabras las que crean grandes emociones.

Estos días extraños me he refugiado en otro de sus libros y he vuelto a sentir eso que concede la buena escritura. Las ganas de crear, las de hacerlo lo mejor que pueda, las de conseguir que otros sientan lo mismo que yo cuando leo algo así.

Y ese es, para mí, el mayor logro de la escritura.