Relato. La última línea de defensa

Nunca he negado que soy un mercenario con mi escritura. Casi siempre escribo sobre lo que quiero, pero cuando hace unos años me ofrecieron participar con un relato para el aniversario de Radio Nacional, pues no dije que no. Lo que sí dijo el editor fue: “sabes que nunca digo sobre cómo tiene que escribir nadie pero, por favor, no te pases mucho, lo quieren leer los de RNE antes de publicar”. Yo no estoy muy seguro de a qué se refería o por qué la advertencia, a mí de ángel sólo me faltan el halo y las alas. El caso es que escribí y no me pasé mucho y el relato acabó publicado hace años. Ahora toma una nueva vida aquí, para que perdure un poco más.

La última línea de defensa

Le gustaría tenerlas y recordarlas. A las noches canallas se refiere, a los callejones oscuros en su biografía y a las historias que contar. Le encantaría que alguien le preguntara por su vida y no poder responder en voz alta, sólo sonreír un poco y mirar hacia otro lado. Como si recordara algo no apto para charlas de café. Pero mira atrás y todas las cosas son del mismo gris. No persiguió faldas ni ellas a él, nunca tuvo que correr delante de nadie, levantar los puños para vengar agravios o aullar a la luz de la luna en las noches de juerga. Fue un alumno callado en una escuela de uniforme, tan atento estuvo que al final precisó gafas gruesas. Tras ellas pasó desapercibido en la universidad, donde los demás nadaban en tequila y chicas y él sumaba dieces en Fiscalidad y Finanzas. En un suspiro terminó aquello y en otro aterrizó en la silla de la que no se ha levantado en veinte años. Suma asientos contables y también dioptrías a sus lentes gordas. Sin darse cuenta encontró a la que era mujer de su vida (ella misma se lo dijo) y se casó durante un momento para luego seguir cuadrando cuentas y balances. Tiene un borroso recuerdo de aquello, en vez del día más importante en la vida, pareció poner otra equis en su carné de hombre de bien. Si se queda en esos recuerdos, la sensación es ninguna, la misma que cuando ella le dijo que le engañaba con otro, que siempre fue así y a veces con más de uno. Que si quería ver los vídeos. Eso lo dijo con media sonrisa de puñal y remató con que no se imaginaría lo que sale haciendo en algunos. Él pensó que al día siguiente había que presentar el informe de ingresos y gastos trimestral. “Tu hijo no es tuyo”. “Es que ese informe no encaja por trescientos doce euros, vamos a tener que sudar”, respondió en su cabeza contable. Mira su vida y a su mujer como las vacas al tren. Pero si es así, ¿por qué el papel de divorcio sí duele como un hierro al rojo? No ha visto venir eso. No porque creyera que todo iba bien, sino porque pensaba que ella no se marcharía de la fuente del dinero gratis. Recibió muchos golpes antes en su matrimonio, pero éste le ha despertado por fin. ¿Lo peor? Que ni siquiera tal día como hoy, donde se hunde el suelo mediocre bajo los pies, dejará de ir al trabajo. Hay que liquidar la cuenta de resultados anual. La cerrará y luego ha tomado una decisión. —Tío, vale, para. Párate un momento —le interrumpió el chaval—. No sé dónde quieres llegar con esta historia. El silencio se estiró un segundo. —Paciencia. ¿Me vas a dejar seguir? María Gracia abrió la puerta del piso vacío y entró con cuidado y con sus trastos de limpieza. Casa grande, muebles modernos, salón en cuyo trono se sienta una televisión enorme y negra. Los señores, como su vieja educación los llama, no estaban. Trabajan los dos, se van de noche y vuelven de noche cansados, con humor de perros, parece que a pesar de todo buscando un niño, comprobó Gracia al vaciar la papelera del baño y los resultados negativos. Limpió el polvo de fotos jóvenes, de libros no abiertos y de estancias que notas solas hasta cuando los señores están. Con ella son cordiales, aunque algo fríos y sobre todo cortantes, rápidos en despacharla con lo que precise, porque hay un tren de cosas que hacer detrás. Le recuerdan a sus hijos, de los que tiene necesidad de escuchar su voz y saber que están bien, pero se aguanta a menudo porque además de lejos siempre están ocupados. "¿Todo bien mamá? ¿Qué quieres?" “Nada, sólo saber de ti”. “Estoy bien mamá, ¿necesitas algo? Es que estoy trabajando”. "¿A estas horas hijo? Pero si es de noche”. “Ya lo sé, mamá, ya lo sé, pero esto es así y aún me queda un rato”. La despedida fue algo como, “deberías buscarte un hobby, mamá, o apuntarte a esa asociación de amas de casa. O hacer alguna cosa. No puedes estar llamando cada dos por tres para nada, tienes que construirte una vida”. Ya tiene una ocupación, limpia casas porque la pensión desde que padre murió es escueta y ella siempre proveyó para sus hijos y no al revés. Para ella es pecado pedir a un hijo, antes el hambre. Se paró un momento apoyada en la fregona y sus pensamientos. La pensión desde que padre murió es más pequeña pero llega a más sitios, ahora no se va por la barra del bar y en maquillaje para ojos morados, cuando él volvía con peste a bodega y la mano suelta. María Gracia acabó de terminar su tarea con el celo de siempre, cogió el dinero que le habían dejado a la entrada y cerró la puerta despacio. Su hijo tenía razón, no podía seguir así, había tomado una decisión. Marc casi atropella en el paso de cebra, con su Bmw, a aquella vieja cargada con trastos de limpieza. Grita y gesticula rojo de rabia, mientras ella parece que mira al coche y la hace con algo de pena. Luego baja la cabeza y sigue adelante. Marc le regala una última mirada de odio mientras arranca y la ve alejarse chepada. Marc quiere llegar a casa pero no sabe para qué, porque allí se va a dedicar a seguir dando vueltas como un león atrapado. Su cabeza es como una noria, mareando con lo que le amarga desde hace días. Lo han descubierto, el agujero de millones y el fraude que ha montado. La cuenta no es que no encaje por trescientos euros, es que no lo hace por millones. Toma otra de esas pastillas que le ha dado su ex y que devora como caramelos, apenas mantienen a raya la ansiedad que le pisotea el pecho hasta no poder respirar. No duerme, no come, no hace nada excepto rumiar en su cabeza y no poder estarse quieto. Atrapado y acabado, es sólo cuestión de tiempo la sanción enorme, quizá la cárcel y luego a saber. Entonces se hartó de esperar y él también tomó una decisión. –Un momento, un momento. En serio, para. Para tío. ¿Por qué me cuentas todo esto? Es que no te sigo. “¿Tío?” Que le llamen tío le suena raro a sus sesenta y pico, también que le tuteen, pero ahora eso no importa. Lo que importa es que es un viejo y ya no puede trabajar más allí. Le han dado los papeles de la jubilación y le han montado esa fiesta que ya se apaga, porque todo el mundo tiene prisa por llegar a casa. Tras casi medio siglo es su último día en la radio. Ha tenido que estrechar manos, dar un discurso incómodo y simular sonriendo a todos los que le han dicho que menuda suerte, que ahora sí que va a empezar a vivir, con todo el tiempo del mundo para hacer lo que quiera. Pero si lo que él quiere es seguir yendo allí, transmitir cada noche y hablar a millones por todo el mundo. Lo único que desea es lo único que no va a poder tener. Su trabajo, su mujer y sus hijos siempre fueron la radio. Ya lo eran desde que tenía menos años que el chaval con el que habla. Y ahora ya no. —Es que no entiendo que me cuentes esas historias raras. Con todo lo que has visto y vivido aquí —repite el chaval, becario y con mucha cerveza dentro, que para eso era gratis en la fiesta. Ahora todo va más rápido, hoy se quiere saber el final de las historias antes que el principio. Son tiempos confusos en los que la propia radio no sabe muy bien dónde ponerse. Pero no quiere entonar ese discurso porque es el de todos los viejos, porque cuando él entró a trabajar era ese mismo chaval. Los tiempos también eran confusos, es sólo que de joven eso significa excitantes, él también tenía prisa por todo. Ignoró de nuevo los comentarios del muchacho, como cuando algo salía mal en el programa, tú sigues adelante como si nada se hubiera puesto en medio. El contable volvió a casa de entre sus libros y números. Le esquivó la mirada al papel de divorcio y mientras estaba llevando a cabo su decisión de nueva vida, recordó. De pequeño sus padres se iban muy temprano al hospital de la capital, a llevar al hermano siempre enfermo que al final no pudo más. Se levantaban para irse antes que el sol y a él lo dejaban solo, con sus pocos años y su mucho miedo, porque al cerrar la puerta y él quedarse entre las sábanas, se empezaban a oír esos ruidos tenebrosos en la habitación de al lado. Parecía que alguien movía los muebles de manera furiosa. Él se quedaba blanco y lloroso, hasta que un día descubrió el antídoto. Una linterna, la pequeña radio de papá y el muñeco de los comandos, todos juntos bajo la sábana con el programa de madrugada hablándole y al final anunciando el amanecer. Con él se iban la noche y los ruidos, llegaba el levantarse y el colegio. En la habitación de al lado no había nadie y los muebles estaban siempre en su sitio. Como cuando era crío, decidió coger una radio, una linterna, no tenía ya el muñeco de los comandos pero se lo imaginó y así, por primera vez desde que ella se fue, cuando se despertó a solas, no le paralizó el habitual terror nocturno. Su mujer era una arpía, pero lo era tanto que sus terrores no se atrevían a acercarse a la cama. Cuando se despertó se refugió bajo la sábana y escuchó la radio hasta que marcó las siete. El amanecer vino y él se fue otro día más a su trabajo, habiendo vencido a ese terrible momento de pánico antes del alba. Ella, al llegar a casa, dejó sus trastos de limpieza pero no muy lejos, porque ahora tocaba arreglar su hogar. Como cada día se aferraba a su ritual de quitar el polvo y fregar en el mismo orden las habitaciones. Allí estaba, entre dos estatuas de porcelana y sus muñecos de boda, era la vieja radio que hacía años que se había vuelto muda. Giró un botón y volvió a la vida y surgió una voz alegre que parecía hablarle a María Gracia. Se pasó el resto de la limpieza contestando y comentando como si quien había tras la radio estuviera en su salón y se dirigiera sólo a ella. Era una sensación extraña porque era agradable. Cuando se despidió aquel locutor diciendo que mañana más y esperaba tenerlos a todos ahí, ella asintió. Al caer la noche, Marc encontró el bálsamo a la obsesión por su desfalco, porque empezaba el programa de deportes que oía desde el piso del vecino. En vez de darle puñetazos a la pared como siempre para que bajara el volumen, buscó una radio que no sabía ni que tenía y se puso él también a escuchar tirado en la cama. Odiaba los deportes, para él eran opio de perdedores, pero la jarana despreocupada, los temas banales y si el Madrid había vuelto a empatar resultaron un raro anestésico, mejor que mil pastillas. Y allí se quedó, con la cabeza descansando de su obsesión y un poco de paz a fuerza de goles y canciones cutres. Qué paraíso de mente en blanco había descubierto en medio de la guerra de sus preocupaciones. Efectivamente ese opio te hacía no pensar y eso era lo que buscaba. Por primera vez en tres días durmió escuchando no sé qué de Mestalla. —¿Y? Es que lo siento, pero no me parecen grandes historias. No sé, has radiado guerras, mundiales, ¿y de lo que te acuerdas es de eso? El chaval se estaba poniendo la cazadora, nevaba en Madrid y la Navidad se asomaba con luces y música de campanillas. Ya como jubilado él alcanzó su abrigo. —A lo mejor no parecen grandes historias, porque lo importante de ellas no es lo que pasó, sino lo que no pasó. —¿A qué te refieres? —Preguntó el chaval, calzándose gorro y guantes. —A que todos ellos iban a empezar una nueva vida ese día —entrecomilló con los dedos—. Al levantarse por la mañana a las siete uno desanudó la cuerda y apartó la silla que había colocado en medio del salón la noche anterior. Al acabar de limpiar ella no se bebió la lejía como pensaba y otro no saltó desde un piso quince porque escuchaba los resultados de la liga. Conocí a todos ellos y sus historias un día que visitaron esta casa. El chaval tenía ojos rojos por la bebida. —¿Me estás vacilando? —No. Yo estaba aquí cuando lo de la Luna, cuando Franco murió y esperando acojonado a que alguien entrara de una patada en el golpe de estado. Pero para mí eso no es lo que más recordaré. Yo he estado ahí en los grandes momentos pero también cada puñetero día peleando contra el mayor de nuestros enemigos. Ese es el mérito, la pelea cotidiana. Pones cara de no entender nada, es normal. ¿Cuántos tienes? ¿Veinticuatro? Veinticinco a lo mejor. —Veinticuatro. —Entonces no tienes que entenderlo aún, pero aquí no somos música o noticias, somos la última línea de defensa contra la soledad. En serio, no me mires así, piensas que chocheo, pero es que ese es el mayor enemigo y a veces, ¿sabes qué? —Le señaló el viejo con su gorra en la mano—, a veces ganamos. Eso no eran historias, eran victorias y yo ayudé a espantar a la zorra de la soledad en noches frías, o cuando está a punto de asestar su golpe final con una botella de limpiador o una cuerda colgando de una viga —resopló y se puso la gorra, pasándose primero esa mano por la frente—. Creo que he bebido mucho. En serio, no me mires así, algún día lo entenderás. Lo que más recuerdo es haber espantado la soledad. Hace frío fuera y mañana no tiene que volver, camina por la nieve y no tiene miedo al viento helado, por igual le corta la cara y le recuerda que está vivo. En sus pensamientos murmura. El tiempo juega de parte de la soledad y al final su gran enemiga le ha cogido después de tantos años. No podía esquivarla para siempre y seguro que se quiere relamer con la venganza, atrapando al fin a quien hizo que se le escaparan tantas presas. “¿Sabes qué?” Sigue el viejo en su cabeza, barruntando contra ella. “Me da igual que me tengas agarrado del cuello, si es así te escupiré en la cara. Pienso dedicar cada día de mi vida a combatirte hasta el final, como siempre he hecho”. Ganar o perder no importa, porque pase lo que pase pelear por algunas cosas tiene un valor. Y a veces hasta hay victorias, victorias con nombres.