Será porque me junto con músicos, pero siempre he creído que una parte fundamental de la escritura es el ritmo. No solo el ritmo en las frases y párrafos, marcado por el estilo, sino también el de la historia general, marcado por su desarrollo, los acontecimientos y los flujos de una narración, que son los que crean, en buena parte, las emociones en quien la lee.
Creo que el ritmo literario se ha visto contagiado para mal por el ritmo de otras formas de arte. Y lo que es peor, que esas otras formas de arte, como el cine, también se han contagiado para mal de la inmediatez y la prisa que todo lo devora.
Que si fuera prisa por vivir, pues vale, pero es prisa por llegar a ninguna parte. Al siguiente pedazo de «contenido» que tragar sin masticar, no sea que nos paremos un poco a mirar alrededor y queramos quemar el gran timo en el que nos están metiendo cada vez más hondo.
Sé que quedan reductos de resistencia, que los buenos escritores caminan al ritmo de su propio tambor y así debe ser, pero es inevitable que la prisa voraz nos influya, por ermitaños que seamos. Y lo que es peor, también nos moldea como lectores. Lo pensaba mientras comenzaba el libro en mi mesilla, Agujero, de la escritora Hiroko Oyamada. Los japoneses tienen otra manera de contar historias, otros ritmos, diferentes de nuestra estructura tradicional de viaje del héroe, con sus momentos y actos tan propios. Para quien quiera saber más sobre esa forma lejana de contar historias, que busque el término Kishōtenketsu.
En gran parte, la acción en esa estructura no se desarrolla como estamos acostumbrados. El ritmo es pausado y entona otra clase de música que escuchar tumbados en la hierba, viendo pasar las nubes. Ahí surgen virtudes perdidas, como la descripción tranquila, la ausencia de prisa por llegar a lo «importante», a que «pase algo» de una vez.
Esa siempre es la queja de muchos sobre los libros que se suponen buenos, que en ellos «no pasa nada». No hay espías con estúpidos nombres anglosajones, carreras contrarreloj, cosas que explotan o topicazos calcados de una serie cutre que te gustó una vez.
El ritmo es el barco que nos lleva (con suerte y buena escritura) por el viaje emocional de una narración, a la velocidad necesaria, parando en los puertos y lugares importantes que, de nuevo, y si están bien escritos y situados, traerán el regalo que encierra toda buena historia: vivir. Que ya dijo Humberto Eco que quien no lee solo vive una sola vida y quien lo hace, cinco mil.
Pero con el ritmo cambiado, especialmente ese compás frenético sin pausas, por el miedo a que el lector nos abandone si no está hiperestimulado todo el tiempo, se proporciona exactamente lo contrario a lo que debe ser: entumecimiento emocional. No distinguir una cosa de otra en la historia, un personaje de otro, un hecho del siguiente. Se consigue que nada importe, porque se nos grita que todo lo hace, manteniendo la acción subida a un falso clímax todo el tiempo.
Y así, termina el libro y no recuerdas ni cómo se llamaba, te preguntan por él y es un recuerdo borroso, un «no está mal», si es que hemos tenido algo de suerte.
Creo que, para quien no lo conozca, es interesante aprender sobre esas otras formas de narrar como el Kishōtenketsu, practicarlas, aunque no nos salgan naturales, porque hemos llegado a un horrible punto en el que es necesario entrenar el sosiego. Descubrir que, en los momentos en los que parece no pasar nada por fuera, ocurre todo lo importante por dentro.