Que la escritura arruina es algo que sabe todo el que se dedica a ella. De hecho, lo hace de más formas de las que parece, porque, por un lado, está el tópico tema del bolsillo lleno de telarañas, pero es que, además, escribir también arruina la experiencia de lectura.
Al menos un poco.
Porque cuando te dedicas a esto y lees a otros, no puedes evitar ir más allá del telón de la obra. Como si de un espectáculo de magia se tratase, y tú fueras otro prestidigitador entre el público, es inevitable que mires más allá de las frases y pienses en cómo lo habrías hecho tú, en cómo ese párrafo es demasiado largo o corto, cómo se podría haber hecho «mejor», cómo habrías resuelto tú la trama o construido ese personaje. Cómo lo hace él y qué está intentando, la manera en la que trata de llevar a puerto el barco.
También me pasa en mi visita semanal al cine, o en cualquier otra historia que me cuenten en cualquier medio.
Al menos en mi caso, ocurre de manera inconsciente e inevitable, y no me gusta, porque a mí de pequeño la magia me encantaba y pensaba que David Copperfield había atravesado de verdad la Gran Muralla de China, o que Sigfried y Roy habían cortado realmente a esa chica que, a pesar de todo, seguía sonriendo. Como tenían que hacer las buenas chicas entonces, incluso en situaciones así.
Creo que esa pequeña ruina también hace que muchas lecturas y libros no me satisfagan desde las primeras páginas y los abandone casi enseguida, buscando «ese» mirlo blanco que hace que quieras dejar lo que estés haciendo para ponerte un poco con la maravillosa historia que por fin has encontrado después de tanto tiempo.
Pocas sensaciones mejores con un libro.
No creo que eso sea, en realidad, una desventaja, pero sí muy inconveniente. Porque hace que busque por los rincones y los márgenes lecturas cada vez más diferentes que no habría encontrado de otra manera. Pero a la vez, echo de menos al crío que los sábados por la tarde se embobaba con la magia que echaban por televisión. Era más fácil y era más puro.
El disfrute de la lectura muere un poco cuando escribes. Al menos yo, no puedo evitar leer, a veces, una frase como creo que debería haber sido escrita, en lugar de cómo está en la página, y no creo que esa manera de leer sea útil o aporte especial ventaja. Los libros hacen su trabajo de moldearnos y cambiarnos de manera inconsciente, por el poder de las historias y la emoción, pero a veces es difícil que esta aparezca si estás analizando a la vez que leyendo.
Eso sí, la búsqueda y que ya no sirva cualquier cosa hace que llegues, en ocasiones, a ese libro que te captura de una manera imposible. Nunca son esos de los que todo el mundo habla y, de hecho, miras la portada y no estás seguro de a quién pertenece ese nombre, pero su escritura conecta de una manera que ya no esperabas. Y a lo mejor porque eso se va haciendo más y más raro, también resulta más y más valioso.
O en realidad, lo que ocurre es que ya eres demasiado mayor, y el poder del tiempo transcurrido ha hecho que la lista de lecturas en tu haber sea casi tan grande como la torre de libros pendientes, de modo que ya lo has visto casi todo. Ya conoces las tramas, estás seguro de lo que van a decir en la siguiente página y te sabes el final, quién es el asesino o si el amor triunfará antes de la última página.