Amar el conflicto

Amar el conflicto

Tomo prestado el título de la canción para el mío, por aquello de Picasso de que los grandes copian y los genios roban. Una excusa tan buena como cualquier otra, ahora que está de moda hurtar el arte.

El conflicto es parte fundamental de una buena historia y también el propio núcleo de la actividad de escribir. En prácticamente todas sus dimensiones, no hay escritura sin conflicto, sin enfrentamiento ni dificultad, porque forma parte integral de ella.

Lo hace de manera externa en la historia y su desarrollo, lo hace de manera interna durante la propia actividad de escribirla.

El otro día, en ese estercolero en llamas denominado Twitter, uno de esos fans de la mal llamada IA (con esos mimbres ya te puedes figurar el nivel de lo que sigue) decía que los escritores y dibujantes éramos unos clasistas o algo así. Porque la mayoría no tiene tiempo de coger pincel o lápiz y sacrificar enormes cantidades de tiempo y esfuerzo en aprender un arte. Pero desean el resultado sin trabajo. La recompensa sin esfuerzo. Darle a un botón, consumir obscenas cantidades de agua y acelerar el calentamiento global para pintar cuatro monas mediocres que no interesan a nadie, ni siquiera a él tres minutos después.

Así que, según ese tipo, la mal llamada IA democratizaba el arte mediante la creación incesante de lo que en inglés ya se llama slop como denominación de lo que genera. Pura agua sucia, engrudo, mezcla de barro y mierda, que sólo hace que contaminar en todos los sentidos.

Todo el que se haya dedicado mínimamente a un arte siente la necesidad de coger por las solapas a semejante personaje y decir educadamente: «Vamos a ver, tonto de los cojones, ¿es que no entiendes que ese conflicto es, precisamente, el arte?».

No todo, pero sí probablemente la parte en la que más crece dentro ti, en la que lo desarrollas, en la que mejoras, en la que avanzas.

Precisamente ese conflicto, ese tiempo y esa dedicación son la esencia. Son la clave, el camino, lo que permite que nazca algo que luego robe la IA para vomitar más y más slop hasta ahogarnos. Abortos que chorrean Valle inquietante, esa sensación de ver algo que se parece a lo que intenta de una manera profundamente mediocre, pero está vacío de lo que emociona, porque no tiene alma.

Porque está exento de lo que compone el arte de verdad y que, en gran parte, es ese conflicto.

Y cualquiera que se haya dedicado a dicho arte tiene ganas de coger otra vez esas solapas y decir:

«Vamos a ver de nuevo… Querido, ¿es que tú crees que la mayoría de artistas sí tenían ese tiempo que dices que te falta, como si tú lo dedicaras a algo más importante que tuitear sandeces?».

Porque la realidad es que no. Pero esos artistas decidieron sacrificarlo y perder mucho para tratar de crear y compartir con los demás algo que sí merecía la pena.

«¿Es que no te das cuenta, precisamente, de que esos artistas son todo lo contrario a privilegiados?».

Porque entregar al arte tantas horas, dioptrías y cosas que jamás comprenderás, ha hecho de ellos personas que vivirán en la precariedad. Que jamás tendrán nada, porque se lo dieron a escribir, en lugar de a escribir código, o a crear melodías y pintar la belleza, la sinrazón y la imaginación, en lugar de soplapolleces en un PowerPoint.

Esos artistas se forjaron en la fragua de horas interminables, sacrificando una vida normal y la posibilidad de pasarla bajo un techo.

Y muchas de esas horas fueron de conflicto y todas las obras buenas que crearon, también.

A lo mejor aprendieron a amarlo como la canción, o a lo mejor lo llevan como pueden, con esas preocupaciones y arrepentimientos que llegan justo antes de dormir y te dicen que esta noche ya no lo harás.

Porque a ver cómo pagas el alquiler y Mercadona sigue insistiendo en que los poemas no son dinero de curso legal.