La jugadora más importante

La jugadora más importante

Hace un par de años gané un concurso al que se presentaron más de 1800 relatos y lo primero que se me pasó por la cabeza cuando me lo dijeron fue:

«¿Cómo es posible que hayan considerado que mi relato fuera el mejor de casi 2000? Es imposible determinar algo así».

De hecho, me parecía imposible leer dos mil relatos sin morir en el intento.

Obviamente, lo siguiente fue sentirme contento y agradecido, pero esa primera pregunta automática tiene una respuesta que solemos ignorar. Que obviamente yo no fui el «mejor» de esos relatos (signifique eso lo que signifique), pero sí el que tuvo más suerte de entre los que gustaron más.

Ese día la fortuna me miró con cariño, igual que otros días mira a otros, pero deja clara una cosa, el enorme papel de la suerte en la escritura.

Y en todo en general, pero ciñámonos a lo nuestro.

En mi experiencia, no voy a decir que la suerte es absolutamente todo, pero sí la jugadora más importante de la partida y con enorme diferencia sobre cualquier otro factor. Especialmente, cuando se trata de que lo que escribas vea la luz.

Al final, ese escrito se va a topar con algún guardián de la puerta en forma de agente, jurado o editor y que le guste o no lo que tiene delante es una cuestión tan subjetiva como azarosa, queramos reconocerlo o no. Obviamente, ciertos editores y similares tendrán ciertas inclinaciones y no importa lo bien escrito que esté un drama si dicha editorial sólo publica ciencia ficción, pero cosas tan incontrolables e insignificantes en apariencia, como el humor que tengan ese día o si les duele la cabeza o no, pueden descarrilar una novela que, leída o recibida en un mejor momento, tendría un destino muy diferente.

Es así y también es algo que se ha estudiado bastante.

En una famosa investigación sobre jueces y concesión de libertad condicional, aquellos que tenían la vista a primera hora de la mañana o justo después de comer, cuando los jueces estaban más descansados y sin hambre, tenían más probabilidades de obtener clemencia que quienes eran recibidos justo antes de comer (con los jueces hambrientos) o antes de terminar el día (con los jueces cansados y queriendo irse a casa).

Y eso era así independientemente de la calidad de los abogados o la naturaleza de los delitos.

De hecho, las diferencias eran abrumadoras, con probabilidades de un 65% de libertad al principio de la mañana y prácticamente 0% justo antes de comer.

A ese efecto, se le llamó el de «Juez hambriento», pero no es el único y no sólo se produce en esas situaciones, sino en todas las que impliquen tratar con otra persona, influenciada por elementos emocionales e inconscientes que escapan también a su control.

Naturalmente, como humanos que somos, rechazamos esas cosas contándonos historias. Nuestro sesgo del superviviente nos dice que si ganamos es porque realmente fuimos el mejor entre 2000 o que, si perdimos, algún enchufe habría entre jurado y ganador. Narrativas para no reconocer que:

«La vida no es más que una sombra en marcha, un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada».

(Macbeth, Acto V, Escena V).

O por lo menos no significa nada que vayamos a averiguar mientras jugamos al juego y que, durante el desarrollo de este, la suerte tiene una influencia demasiado poderosa al lado de otros aspectos sobre los que podemos ejercer algo de control, como el trabajo duro o el «talento» (que se deriva de una mejora constante y consciente gracias a ese trabajo duro).

En realidad, no estamos indefensos del todo contra la suerte, porque no podremos doblegar su brazo, pero sí matizarla y tentarla un poco.

Al fin y al cabo, si se trata de tirar el dado podemos: tirarlo más veces no arrojando la toalla, tirar un dado un poco mejor con mayores probabilidades si nos esforzamos en mejorar nuestro arte, poner esa estadística un poco más de nuestro lado siendo inteligentes a la hora de tocar puertas, o incluso jugar el juego de filias y fobias entablando contactos y haciendo conocidos en el mundillo, que mirarán de forma más benévola aquello que enviemos.

Pero al final hay que tirar el dado y la suerte seguirá siendo la fuerza que lo mueva, siendo ciegos a muchos aspectos clave que determinarán nuestro destino, como si ese día un editor se levantó de buen humor o bien tuvo una horrible discusión antes de abrir nuestro manuscrito. Las páginas pueden ser las mismas en ambos casos, pero no serán vistas con los mismos ojos y no, no podremos hacer nada contra eso.

Como mucho, seguir puliendo el dado en la medida de lo posible y lanzándolo de nuevo, hasta que nos cansemos o se agoten las tiradas.