Es curioso cómo el problema de muchos escritores es que no escribimos. Que no nos ponemos porque no hay tiempo, que cuando hay tiempo no hay ganas o que, cuando las dos cosas se juntan en uno de esos raros momentos, el cursor te mira parpadeando con urgencia, preguntando si no vas a empezar de una vez, tanto que te quejabas.
Pero no sale. En muchas ocasiones, por algo que dijo la autora Susan Sontag:
Si no puedo escribir porque tengo miedo de ser una mala escritora, entonces debo ser una mala escritora. Al menos, así escribiré.
Y entonces sucederá algo más. Siempre lo hace.
Debo escribir todos los días. Cualquier cosa. Todo. Llevar conmigo una libreta en todo momento, etc.
Muchas veces no sale porque tenemos pánico a ser ese mal contador de historias. Albergamos la sospecha secreta de que no merecemos llamarnos escritores y no queremos ponernos para no confirmar ese presentimiento, ante nosotros y los demás. No queremos constatar que, cuando escribimos lo que imaginamos, no se parece a esa fantasía de talento y genio que tenemos a veces.
Pero es que nunca saldrá tan perfecto como creemos.
Escribir requiere el coraje de ser un mal escritor, la fuerza para soportar el horrible primer borrador y la fe de que, como dice Sontag, eventualmente sucederá algo más. Siempre lo hace, dijo ella, pero aunque fuera así, nunca estarás seguro de que suceda. Porque al menos en mi caso, no siempre sucede, no siempre llego a buen puerto, ni puedo convertir el plomo en oro. No puedo hacerlo ni siquiera una mayoría de las veces. En mi carpeta de escritura hay ahora mismo 6387 archivos, pero está principalmente llena de vergüenza.
Al menos para mí, cuando se habla de la complejidad del arte, de que muchos escritores odian escribir, pero aman haber escrito, no es por un problema estilístico, de habilidad o inspiración, sino porque implica quedarse a solas con uno mismo y afrontar que nunca serás tan bueno como te creías. Escribir resulta un ejercicio de impostura, en el que creas algo y confías que, modificando aquí y cambiando allá, algo sucederá, como decía Susan Sontag, y podrás maquillar tus historias lo suficiente como para que no te descubran la farsa, como decía Maya Angelou.
Esto va más allá del síndrome del impostor. Va de que somos humanos y ponemos las mejores fotos en las redes porque nadie quiere mirar su patio trasero, pero escribir implica sentarte en él, completamente solo, y confiar que encontrarás algo lo bastante bueno como para conseguir lo mismo que hacen contigo las buenas historias cuando las lees.
Pero el primer paso es ser ese mal escritor, porque así, al menos, estarás escribiendo y no te plantearás cómo hacerlo de manera perfecta, sino cómo hacerlo para que salga de la forma que sea y deje de dar vueltas dentro de ti.
¿Y luego?
Luego ya veremos, la escritura es trabajo.
De hecho, he aprendido a desconfiar de esos momentos en los que algo extraño y maravilloso te arrebata, las palabras salen como un torrente y crees estar escribiendo una genialidad, mientras tus dedos no pueden parar sobre el teclado. En mi experiencia, las cosas que sientes así son las mejores candidatas para que, al día siguiente o dentro de dos, resulten algo tan vergonzoso al releerlo, que quieras encadenarlo en el sótano.
Por eso, hace ya tiempo decía que echaba de menos los tiempos en los que era un idiota que no sabía que escribía mal. Porque escribía mucho más, escribía todo el rato, escribía cualquier cosa y tenía tan poca humildad, que pensaba que alguien más que yo querría leer lo que tenía que decir.
La inconsciencia es un antídoto contra el miedo, pero si perseveras lo suficiente en la escritura, dejas atrás esa etapa en el camino y entonces debes reunir el coraje para hacer lo que antes salía solo. Ser ese mal escritor con la cabeza llena de pájaros y la arrogancia de creer que importas.