Al hilo del tema de los consejos de la semana pasada, hoy me gustaría hablar de uno que no paro de ver repetido y me hace resoplar. No por especialmente malo, sino por especialmente colaboracionista, que es mucho peor. Colaboracionista con estos tiempos en los que el arte se va arrinconando hasta hacerlo irrelevante, hasta convertir lo poco que queda de él en otra cosa más al servicio de algo que no tiene nada que ver y se supone «superior», cuando sólo es otra parte más del gran timo que nos rodea.
Ese consejo es que todo lo que escribas debe contribuir a algo en la historia, a que se mueva hacia su desenlace y tenga una función. Lo cual es una de las tonterías más equivocadas que se le pueden aconsejar a alguien, especialmente, a alguien que esté empezando.
Como todos los consejos, este tiene doble filo, hay que entender cuando aplicarlo, etc., etc., porque en estos tiempos hay que matizar hasta lo obvio para que dé igual de todas formas. Y yo mismo soy dado a irme por mil derroteros cuando escribo que, supuestamente, no contribuyen a la historia, bla, bla, bla… Pero es que este consejo sólo hace que reforzar el supuesto utilitarismo de la escritura, que lo que escribas no sea porque sí, sino para algo. Obviamente, muchos de los matices más ricos de muchas de las mejores historias se limpian los zapatos en este consejo y menos mal. Lo hacen porque el arte, la escritura en concreto, que es de lo que hablamos aquí, no es una pieza más de un engranaje que siempre debe tener un objetivo y una utilidad.
Recortar lo que no contribuya a avanzar la acción y todas esas zarandajas es contagiarse del fatigoso entorno actual donde todo, especialmente tú, debe servir a un fin práctico, no sea que se te ocurra ser algo diferente a un engranaje productivo. Cada minuto «aprovechado» en algo, cada acción que tenga un fin práctico, cada cosa con una utilidad última… Como si hacer por hacer, o perder el tiempo por perderlo, no fueran algunas de las mejores decisiones que podemos tomar en la vida.
Un acto de rebeldía incluso, dadas las circunstancias.
Porque el arte también puede ser pura estética si quiere, por ejemplo, pero sobre todo, es libertad. No el enésimo informe que presentar al CEO de la escritura para que te diga que esto o aquello no contribuye a avanzar la historia o el fin práctico que crea oportuno. A mí bastante me arrincona el utilitarismo del día a día y los demás, como para traerlo a la escritura, uno de los pocos grados de libertad y autoexpresión que, por lo que parece, también debe ser moldeada según los cánones de la practicidad.
Que luego, después de ese ejercicio de libertad y autoexpresión, si lo que he escrito creo que no es lo que quiero decir, ya recortaré por superfluo o por estilo o por lo que me dé la gana, pero no porque haya alguna regla que diga que todo lo que hay en una obra «debe servir para algo». El viaje emocional no entiende de utilitarismo ni de que todo esté dedicado a un fin, como si el de escribir no fuera suficiente por sí mismo.
Este consejo, como la mayoría de los de mierda que leo por ahí, no son más que esbirros del contexto actual de mercadeo, comercialidad y supuesta utilidad por encima de todo. Eso sólo sirve para pasar por días grises dedicados a lo «importante», cuando lo importante era todo aquel tiempo que no supimos perder, todas aquellas cosas bellas e inútiles que no hicimos y hubieran ampliado nuestro abanico posible de experiencias. No sólo las productivas que, además, suelen ser las aburridas, las alienantes, las que apagan la chispa y matan a la imaginación de hambre. Las que saturan esos libros en las mesas de novedades de El Corte Inglés, llenas de páginas con estilo telegráfico y escenas que siempre hacen avanzar la trama de forma trepidante y contribuyen a ella.
Nada peor que el jamón sin grasa, mojama llena de proteína y vacía de disfrute.
Si algo de lo que se supone que debes hacer con la escritura va en contra del disfrute, el gozo, la libertad o la necesidad de expresar lo que tienes dentro como sientes que debes hacerlo en ese instante… A la mierda.
Porque el arte es arte y, si lo seguimos pintando del utilitarismo que al parecer debe impregnar todo, será otra pieza que contribuirá a un mundo cada vez más gris, más idiota, más hecho de lo que nos dicen lo que debe ser y no lo que podría llegar a ser, especialmente en sus partes más extrañas y maravillosas. Con consejos así nos empequeñecemos nosotros mismos y no hace falta, porque bastante lo hacen los días, esos que también debemos llenar de cosas útiles y que siempre sirvan para algo.