Una chica joven con el cabello rojo me sonríe cuando paso cerca de un puesto de libros. Bajo la cabeza y sigo mi camino avergonzado por mi gesto, desviando la mirada como un cobarde, porque es una autora tras sus libros, buscando a alguien que quiera leer su historia, hablarle de ella, que por favor la compre y se la firmará, encantada de que su libro encuentre un hogar y buena compañía en los estantes.
Estoy en la Feria del Libro y supongo que el peor gesto es el que no vi cuando agaché la cabeza para contemplar la arena y la grava, el de que sus labios volvieran a dibujar una línea recta, quizá con los extremos un poco curvados hacia abajo, la decepción de otra presa que se escapa, otro de los miles de noes de los que está hecho la vida del escritor.
No tengo corazón para acercarme, porque no tengo corazón para decir que no mirando a los ojos, ni tampoco dinero suficiente para comprar todos los títulos que hay delante de esas sonrisas durante la Feria en los Jardines de Viveros.
Hace tiempo que le debo esta oda a esos valientes capaces de querer tanto a sus libros como esa chica de la primavera. Yo no soy capaz de hacer algo así y ella estaba sentada en un rincón de la caseta, una soledad parecida a la de muchos otros puestos. En uno un poco más allá, otro autor es confundido con el librero y le preguntan precios, así que debe pedir perdón por ser escritor y no encargado. En otro, un autor mira al infinito con la capucha del bolígrafo todavía puesta. Y luego está el peor de todos, el que fuerza una sonrisa hecha de un coraje que no conozco, mientras en el puesto de al lado hay una cola interminable que pertenece a otro.
Hace poco vi el documental de un artista que no viene al caso. Era una crónica de su fracaso, la última historia que queda en la mochila, hablar de la nuestra y de cómo encalló el barco en el que partimos hacia la gloria. El documental lo había producido él mismo, porque nadie quiso tampoco esa autobiografía. Y cuenta que casi lo consiguió, pero como bien dijo un amigo que se marchó hace mucho, ese casi es el que más cuesta.
Como la chica del pelo rojo, el creador del documental amó a sus historias por encima de todas las cosas e hizo todo lo que pudo, todo a lo que ni yo ni otros muchos nos atreveremos, como sentarnos en esos puestos a ver pasar a los que nunca nos querrán. Y lo intentó hasta el final y luego un poco más, viendo a tipos como yo bajar la cabeza tras cruzar la mirada por casualidad.
El fracaso tiene un atractivo terrible y fatídico como el de las sirenas de Ulises, siempre es mejor historia que el éxito y, de hecho, nada más fatigoso que un escritor que vende mucho abriendo la boca.
Cuando salí del recinto de la feria traté de pensar que, en el breve instante en el que crucé la mirada con la chica, me pareció que aún le quedaba algo de ilusión al fondo. Así que me consolé diciendo que mi negativa no sería la que matara su esperanza, sólo el que la magullara un poco más. Y a lo mejor, aquel era un momento feliz para ella, a lo mejor ya le dolía la muñeca de firmar y esa noche soñaría con más días como ese.
Historias que nos contamos porque la bolsa de libros ya pesaba y en el bolsillo apenas quedaban un par de euros.
No conozco el nombre de la autora ni el de su libro, por la portada y su vestido, parecía algo de fantasía oscura, terror gótico… En esa línea. No sé si sería una buena historia ni si estaba bien escrita, pero sé que la admiro, como admiro a todos los que son capaces de querer tanto y atreverse y mostrarlo.
De verdad que me parecen héroes y escribo en su honor.
A mí ya me da igual, pero ojalá todos y cada uno encuentren ese éxito que buscan y su mirada atrape a miles.