Lo que el tiempo da y quita

Lo que el tiempo da y quita

El tiempo que llevas en esto cambia la forma en la que escribes de muchas maneras. No sólo maduras y se caen los inevitables dientes de leche, como impresionar con retruécanos y florituras, que luego te dan grima por pedantes cuando miras atrás, sino en cómo ves la escritura y la vida.

Si practicas lo suficiente, y tienes ese afán de exploración, que te lleva a escribir por la frontera de las cosas y no por lo mismo de siempre, no vuelves igual de esos viajes.

Y, al menos en mi experiencia, el tiempo y la práctica deliberada conceden calidad a tu escritura, pero se la cobran en ilusión.

Has de perder una para ganar a la otra, porque además, la ilusión de los principios con la escritura es como la ilusión de los principios con una persona. Crees que no hay nada malo en el otro, como crees que no hay nada malo en lo que escribes.

Pero como con los retruécanos y las florituras pedantes, esa venda cae conforme avanzas por el camino de escribir. Y echas un poco (mucho) de menos aquellos tiempos donde lo hacías sin parar, con el único juicio de valor de que todo lo que hacías era genial, porque tenías tanto que decir… Y sobre todo, pensabas que los demás tenían la obligación de escucharlo.

No sé si el trato faustiano de calidad por ilusión es común a todo el mundo, pero es cierto que, hace muchos años, cuando empezaba, lo hice junto a otros escritores cuyos nombres veía a menudo, así que te ibas acostumbrando a su presencia. La mayoría de los que empezaron el viaje a la vez ya lo dejaron hace mucho y, los muy pocos que quedan y conozco más cercanos, han seguido una senda similar a la mía.

Aquellos sueños de grandeza y salvación de la literatura quedaron en una cuneta que ya no recuerdas. Cuando hablas de escritura y publicación, la sonrisa sale ladeada y, cuando ves a escritores que empiezan (y rebosan esa ilusión) piensas que lo mejor que se puede ser es joven (no necesariamente en edad, aunque también, pero me refiero a tiempo de escritura). Envidias el sentido de maravilla de aquellos años incontenibles y piensas que ojalá le duren, porque pocas cosas hay mejores que esa ilusión de los principios.

Sin embargo, cuando te miras en el espejo, compruebas que a ti no te queda demasiada. Si acaso un pequeño reducto que nunca reconocerás ante los demás, una llama diminuta que proteges como el guardián del fuego.

Esos pocos escritores que conocí, y todavía sobreviven al asalto implacable de lo cotidiano, se han vuelto también veteranos de trinchera, pero qué bien escriben y cuánto avanzaron. Para la mayoría, no sirvió de mucho respecto a aquellos sueños de grandeza del principio, pero la escritura de esos pocos a los que me refiero es fantástica, y la mayoría quedará en un cajón, porque no se parece a la mesa de novedades de El Corte Inglés.

Todos los escritores que me inspiran tienen esa mirada ambivalente, reconocen sus contradicciones y las escriben, comprenden la complejidad de las emociones y cómo van entretejidas unas con otras, muchas veces de signo contrario. Un ejemplo es el amor, ya sea por la familia, los amigos o los demás, cómo no es ese sentimiento simplón y apasionado de novela romántica, sino lleno de esos matices, de cómo no puedes separar las fibras del amor de otros hilos de odio o sensaciones encontradas, que van entretejidas. De cómo los mejores personajes son complejos: payasos tristes que ríen por fuera y lloran por dentro, héroes cobardes, malvados que sólo son personas dolidas… Emociones de verdad y no tropos de cartón piedra. Eso es algo que sólo puedes escribir con el tiempo, que de nuevo insisto en que no es cronológico. De hecho, hace muchos años, cuando publiqué en una antología de la ya desaparecida Playa de Ákaba, leí uno de los relatos de las galeradas que mandaron de la editorial para corrección, y me quedé impactado con una de las historias. El estilo era perfecto y las emociones se expresaban como solo la buena escritura puede hacerlo. Y la escritora era adolescente, algo que me sorprendió enormemente porque yo, a su edad, era el mismo bobo distraído que sigo siendo, pero encima sin entrar en contacto con la complejidad de la vida.

Y me dio una envidia tremenda, la sensación de ser inadecuado y también el pensamiento que esa chica había abandonado demasiado pronto una época donde tu única misión es creer que el mundo es tu campo de juegos.

Aún me pregunto qué habrá sido de ella, ese es también el poder del arte.

La relación con la escritura y la vida se vuelven ambivalentes y más frías con el tiempo, como ese jinete de paso del que hablaban los poemas de Yeats, pero creo que eso permite escribir mejor. Que es ese paso a la edad adulta, como ya lo era aquella autora adolescente.

Por debajo de todo buen escritor al que he leído corre esa complejidad y entender que esto es maravilloso, horrible, inabarcable, extraño, incomprensible, genial y mil cosas más a la vez, la mayoría contradictorias, pero sólo en apariencia, porque estás mirando la superficie y nadando por donde no cubre. El mar no sólo son los destellos que el sol le arranca al agua, sino también la profundidad terrible y desconocida que hay debajo. Y esa complejidad es lo que intentas expresar, primero para comprenderla en ti y luego para compartirla. Y si lo haces lo bastante bien, entonces conectas con quien estás buscando de verdad, porque hablas de lo que sentimos todos, lo sepamos o no.

Una de las virtudes de la buena escritura es precisamente esa, la de reflejar y permitir comprender eso que llevas dentro, pero no sabes bien qué es, o cómo expresarlo. Entonces llega ese autor que lo hace como tú jamás habías imaginado que se podía y por fin unes las piezas y te das cuenta de que, en realidad, nunca estuviste solo.

Conocí a una escritora hace mucho que hablaba de sueños de París, de romance al atardecer y almas gemelas. Al principio, no me despertó interés, porque sus libros no se distinguían de esos de portadas chillonas, triángulo amoroso, azúcar en el estilo y enredo con final feliz. Pero cuando esa escritora reconoció que el rosa sólo era aquello con lo que pintaba por encima lo que tenía muchos más colores, y cuando cogió el dolor y la soledad que llevaba dentro y usó la escritura para comunicarlos y comprenderlos, se convirtió en alguien capaz de expresar cosas de una manera que yo jamás podré ni soñar.

Pero ya no sonríe como antes y tiene esa visión de veterana de trinchera. Sin embargo, su escritura está a años luz de sus comienzos y creo en secreto que, eso de que el precio es la ilusión, no es sólo un pensamiento cualquiera.

No sé, quizá empiece a recibir correos diciendo que no es así, que esa ilusión no forma parte del pago al diablo por escribir mejor, que tampoco hace falta matar a la inocencia, ni a aquellos sueños de crío. Pero esta es mi casa y mi experiencia. He escrito durante más de 20 años aquí y, al menos, incluso cuando empezaba, nunca se me ha ocurrido decir que sean mandamientos escritos en piedra, más bien al contrario.