La advertencia que nadie pidió
Soy un escritor mercenario en la era de las máquinas y me pagan por escribir hasta que los robots me alcancen. Hace años, incluso publiqué un breve libro práctico sobre ello, ya que otros escritores me preguntaban a menudo que cómo hacía eso de «(mal)vivir de escribir». Así que volqué mi experiencia y quizá fue un error. No el libro ni lo que pone, sino el concepto sobre el que se sostiene: que puedes aplicar el arte al trabajo y que lo primero no se convierta en lo segundo. Que puedes escribir para dar de comer a dos amos, lo cotidiano y lo interior.
Lo que ocurre es que lo cotidiano nunca se sacia y no deja nada en el plato a lo interior. Es por eso que una aparente genial idea, como buscar una actividad que dé de comer y en la que puedas aplicar lo que sabes y amas, se convierte en la peor de las ocurrencias, ya que pocas cosas manchan más que el engrudo del día a día y lo que trae pegado: las obligaciones, el dinero, los tiempos y exigencias.
Esto es algo que muchos artistas descubren tarde, mientras el resto ignora los signos de advertencia como este que encuentra por el camino. Nos creemos ese cuento de que, si haces lo que amas, no trabajarás ningún día, de modo que el aviso de los náufragos no se escucha bajo el canto de sirena.
Romare Bearden comenzó a trabajar de viñetista porque le gustaba dibujar, pero descubrió por el camino que lo que amaba de verdad era la pintura. Y como nada nos pierde más que el amor, pensó que quizá podía aplicar lo que le gustaba a un trabajo y dibujó viñetas por dinero para dar de comer a su pintura (y a él).
Pero el 7 de septiembre de 1947 anotó en su diario:
Por desgracia, no existe ningún puente entre las bellas artes y las artes comerciales. El artista debe decidir cuál de las dos actividades se adapta mejor a su talento y a su personalidad.
Es verdad lo del puente, no puedes convertir el arte en empleo y esperar que siga igual. Ambas cosas pedirán la creatividad que tengas y la vida exigirá dar de comer al cuerpo antes que al espíritu, de modo que esa creatividad pondrá el plato en la mesa y se marchará agotada a descansar un poco.
La solución, probablemente y si la hubiera, es la de cierta autora que no recuerdo y lo siento, pero dijo que el mejor trabajo que un escritor podía desarrollar era uno manual que conservara la mente y la imaginación.
En ese mismo sentido, el autor Nicholas Gannon que, como muchos artistas, tenía en su currículum una interminable cadena de trabajos variopintos, dijo en una entrevista de 2015:
Las tareas mecánicas y el trabajo manual me ayudaron a reservar toda mi energía creativa para la noche. Y para ser totalmente sincero, a veces echo de menos eso.
Al final, los amos del dinero te lo van a hacer odiar. Escribir, me refiero, o pintar, dibujar, componer… Y si no, nunca será lo mismo. El refugio no puede abrir la puerta a aquello de lo que intenta protegerse y seguir siendo refugio.
Es por eso que reservo a la escritura las primeras horas de la mañana (tan tempranas que, en realidad, son las últimas de la noche) para que lo mejor que tenga, el agua del manantial, no salga ya contaminada ni le queden solamente los restos del día. No he encontrado el puente que Bearden no veía, es apenas una cuerda floja entre los dos lados del precipicio y el equilibrio precario que he amañado para cruzarlo cayéndome de vez en cuando. Y no le tengo especial amor a la madrugada. De hecho, en otros tiempos y trabajos, era la noche la que me permitía estar tranquilo y a solas. Pero ahora, cuando el tac, tac resuena entre las paredes durante todo el día, al atardecer sólo quiero que se calle.
Esta advertencia se ignorará, igual que la hecha por otros mucho mejores que yo. No pasa nada y así debe ser, de veras, porque así somos nosotros, creemos que triunfaremos donde los demás fracasaron. De lo contrario, no escribiríamos.
P.D. Una pequeña nota más sobre Gannon, que trabajaba aislado, solo en su piso y sumergido en su imaginación: «Hubo tantas veces en las que me apetecía darme de cabeza contra la pared», confesó. «Los momentos de desesperación superan con creces a los momentos en los que te acuestas pensando que eres un genio».
Pero de nuevo no pasa nada y así debe ser, de veras, porque así es la escritura.