El descubrimiento de la historia

El descubrimiento de la historia

En mi experiencia, la historia que escribes es un acto de descubrimiento tanto como de creación, un acto de exploración y no sólo de invención pura desde las alturas. Es observación desde el terreno que estás construyendo y escucha de los personajes con los que lo has poblado.

Una vez los personajes, los lugares y el hilo principal han surgido de ese soplo de creación inicial, estos suelen tener tanto que decir como nosotros en lo que se refiere al desarrollo de la historia, cómo crece y hacia dónde va, que para eso es su historia. Por eso creo que hay que dejarles espacio y no ahogarlos en demasiada planificación, o serán más marionetas que personas y creeremos que lo sabemos todo de antemano.

Eso le quita la gracia a esa exploración de los lugares, personas y sucesos que hemos puesto en marcha, les quita la capacidad de sorprendernos con algo mejor de lo que habíamos pensado al principio para ellos.

Ya he dicho más de una vez que, al menos para mí, la verdadera historia no se descubre a sí misma hasta que la escribes, no importa lo mucho que pienses y des vueltas y esquematices. Hasta que no nos lancemos a poner una palabra tras otra, estamos con el mapa, no con el territorio, y es importante no confundirlos. Como también creo que es importante estar abiertos a ir por otros caminos que a lo mejor no imaginábamos. Esa es una de las mejores prebendas de todo esto, porque cuando la escribes y no sólo la piensas, la historia recibe con cada palabra algo parecido a vida propia, en lugar de ser destino marcado desde el instante de nacimiento. Eso es de dioses crueles, de crónicas que no acaban siendo todo lo que pueden ser porque ya están grabadas en piedra y no hay nada más que decir, especialmente, por los que las protagonizan.

Por eso, para mí, lo mejor es conocer los dos pasos siguientes y poco más, los raíles de los que a lo mejor no hay que salirse, la dirección general aunque sin ser inmutable, pero ya está. O ni eso en algunos casos.

En todo lo demás, dejo espacio para que me sorprendan, para que surja esa respuesta en el diálogo que no esperaba, ese detalle que no veía o esa dirección que no se me había ocurrido.

Y es que cuando planifico demasiado algo, se va desinflando. Cuando uso esquemas y estructuras, se va perdiendo la esencia porque, al fin y al cabo, aún no estoy viviendo la historia, no estoy inmerso y no capto sus matices, no conozco a los personajes ni avanzo sobre el terreno. No puedo ver esos caminos a la izquierda que no salen en los mapas, ni los senderos más interesantes tapados por ramas o un recodo que no se percibía porque examinabas todo desde demasiado alto.

Como si estuviera caminando en la niebla, así escribo, y prefiero avanzar dos pasos más e ir descubriendo lo que realmente hay, en vez de imaginarlo completamente de antemano.

Al final, lo que suelo imaginar desde las alturas de mi fantasía no se suele convertir en realidad de todos modos, así que no sé por qué tendría que ser diferente con la escritura.