Lo que perseguimos

Lo que perseguimos

Como escritores, perseguimos que lo que hacemos sea cada vez mejor, con la esperanza de que finalmente sea «bueno». Lo que ocurre es que esos son términos nebulosos en los que no te puedes poner de acuerdo, de modo que nuestra gesta ya comienza con un matiz de imposibilidad.

Y ya no digo acuerdo solamente entre escritores, porque hay una diferencia entre lo que un escritor considera bueno y lo que muchos lectores consideran bueno.

Por ejemplo, se nos recomienda que matemos nuestras darlings como dijo Arthur Quiller-Couch y luego popularizó Faulkner, pero muchos lectores las quieren y, de hecho, las toman como signo de destreza con las palabras.

Se recomienda también a menudo un lenguaje sin florituras, reencarnar a Hemingway, pero muchos lectores las quieren, porque puede que a nosotros nos despierten rechazo o pedantería, ruedines de bicicleta cuando empiezas, pero a muchos lectores les gustan y estimulan.

De hecho, me suelo encontrar con que no pocos ganadores de concursos literarios son textos llenos de esas darlings, narradas con un lenguaje de floritura y retruécano, a veces incluso algo arcaico y resabiado.

Y luego están todos esos otros avisos a navegantes para hacer algo bueno que, en realidad, van sobre vender y no escribir, como el de mantener la atención a cualquier precio en la trama o bajar al nivel del lector para poder encontrarlo donde está realmente.

Y por supuesto, hemos de recordar que ahora competimos siempre contra un móvil.

Entonces, ¿qué es «bueno» realmente? ¿Dónde está eso que perseguimos sin descanso y cómo es?

Al final, en cuanto al lector se refiere, este va a valorar el libro, y por tanto considerarlo «bueno» o no, por lo que le hizo sentir.

Eso se puede conseguir de muchas maneras y es una llave que, mientras abre a unos, cierra a otros, de modo que perseguir esa cualidad de «bueno» siempre va a ser correr tras el viento.

¿Y cuando hablamos desde nuestro punto de vista?

Supongo que el criterio es el mismo en el fondo y esto va de sentir al fin y al cabo. Lo que pasa es que las emociones y sentimientos son volubles y los odios de hoy suelen ser los amores de ayer.

Cualquiera que haya repasado textos antiguos de los que estaba orgulloso sabrá a qué me refiero y cómo el tiempo es tan poderoso que lo cambia todo, incluyendo el amor que sentías por algo.

Así que otra vez corriendo tras el viento.

Al final, como todo en la escritura, tratar de crear algo «bueno» es un salto al vacío, un no tener ni idea, un no tener tampoco techo sobre la cabeza ni suelo bajo los pies.

Un caer todo el rato y, a pesar de todo, seguir haciéndolo y perseguir algo que nadie puede explicar por motivos que tampoco nadie comprende.

Especialmente, nosotros.