He hablado de cómo la escritura es esa fábrica de salchichas, donde el manuscrito final pulcro es hijo de un proceso que mejor no mirar hasta que acaba, porque resulta lioso, frustrante, lleno de rozamiento, tachones, mil caminos hacia la nada y papeles arrugados. Una especie de parto, sudor y otros flujos.
No lo parece cuando hojeamos en la librería, porque lo que no vemos (y los escritores escondemos) no existe, pero cuando dudamos de nosotros mismos, no viene mal espiar por la cerradura cómo lo hacían los mejores y, quizá, comprobar que no lo estamos haciendo tan «mal», que tampoco estamos solos y nuestra forma es sólo un desastre diferente al de esos en nuestras estanterías.
Al menos, eso hago yo y, en muchas ocasiones, leo sobre los procesos y rituales de escritura de autores que me gustaron, no para aprender, sino para consolarme.
Joan Didion, que tuvo a Hemingway como faro y aprendió en sus inicios escribiendo las frases de Ernest para entender cómo las creaba, dijo en una entrevista de 1978 a The Paris Review:
Necesito una hora a solas antes de la cena, con una copa, para repasar lo que he hecho ese día. No puedo hacerlo al principio de la tarde porque estoy demasiado inmersa en ello. Además, la copa ayuda. Me separa de las páginas. Así que paso esa hora sacando cosas y poniendo otras. Al día siguiente, empiezo rehaciendo todo lo que hice el día anterior, siguiendo esas notas de antes de la noche. Cuando de verdad estoy trabajando, no me gusta salir ni invitar a nadie a cenar, porque entonces pierdo esa hora. Si no dispongo de ella y al día siguiente sólo tengo malas páginas y no sé por dónde seguir, me siento desanimada.
Otra cosa que necesito hacer, cuando estoy cerca del final del libro, es dormir en la misma habitación que él. Por eso vuelvo a Sacramento a terminar las cosas. De alguna manera, el libro no te abandona cuando duermes justo a su lado. En Sacramento a nadie le importa si estoy o no. Simplemente, me levanto y empiezo a teclear.
En otra entrevista de 2005, comentó de nuevo sobre su forma de trabajar y uno podría pensar que, veterana y laureada, habría afinado su proceso hasta convertirlo en un paseo, pero…
Suelo pasar la mayor parte del día trabajando en un texto sin llegar a escribir nada, simplemente sentada ahí, intentando formar una idea coherente y luego, tal vez, hacia las cinco de la tarde se me ocurre algo y trabajo un par de horas para sacar tres o cuatro frases, puede que un párrafo.
40 años después, esas sensaciones, esa forma de ser de la escritura siguen indomables y no hay sistema que dé unas riendas para convertirla en camino cuesta abajo. De hecho, esas riendas míticas que ni existen hacen más mal que bien y la frustración, sacar tres frases o un párrafo del fondo de la mina es, precisamente, la llave. El forcejeo, la contienda, el esfuerzo son la llave, no algo a evitar con fórmulas que sólo nadarán por donde no cubre en lugar de meterte en lo profundo, que da miedo y cansa. Por eso darle a un botón y que un modelo de lenguaje escupa al instante saca pirita y no oro de esas minas, capaz de engañar al primer vistazo, pero poco más.
La dificultad del proceso no es algo a erradicar, es la compañera de viaje, la que lleva a esa frontera donde está lo bueno y, con un poco de suerte, regresamos de allí con tres frases bajo el brazo que cambiaremos mañana.