Verticales y horizontales

Verticales y horizontales

Por alguna razón me he tropezado estos días con comentarios de escritores que compartían un curioso método de trabajo. Crean el primer borrador como sea, lo imprimen, lo leen, hacen sus primeras correcciones en papel y luego lo vuelven a teclear entero, en lugar de editar directamente en pantalla. La primera vez me pareció una rareza típica, las manías de cada autor, pero cuando me lo encontré al menos un par de veces más en pocas semanas, pensé que quizá sabían algo que yo ignoraba.

Una autora alegaba que, simplemente, lo hacía porque era incapaz de teclear algo realmente malo, de modo que le servía para mejorar mucho ese primer borrador.

Reconozco que me pareció un excelente motivo, más allá de que esa práctica sea vestigio de cuando los escritores solían realizar un primer borrador a mano y luego mecanografiarlo con cuidado. De hecho, otro de los autores con ese hábito dijo que así es como lo seguía haciendo exactamente, a la antigua, y me parece bien que se siga honrando la tradición.

Reconozco que en eso soy más como Bukowski, maravillado con su primer ordenador de lo que podía hacer mejor y más rápido, sin tachones de por medio, pudiendo cometer mil errores sin cargo de conciencia y luego arreglarlos con mil errores más. Esa libertad para fallar todas las veces es demasiado preciosa para mí como para cambiarla, porque en mi manera particular de escribir, necesito demasiados borradores y los métodos tradicionales se me hacen impracticables.

Sin embargo, esos encuentros me dieron por pensar varias cosas. Que debería probar esa manera de escribir como experimento y que es imposible separar las manías de la práctica. Una de esas manías, que siempre me resultó de las más curiosas, es la de los autores verticales y horizontales, los que escriben de pie o tumbados, pero no sentados.

Hemingway era de los verticales, porque:

Viajar y escribir te ensanchan el culo, si no la mente, y me gusta escribir de pie.

No era el único y pertenecen también al club Virginia Woolf, Nabokov, Lewis Carroll o Philip Roth, que dijo:

Yo no pregunto a los escritores sobre sus hábitos de trabajo. La verdad es que no me importa. Joyce Carol Oates dice en alguna parte que cuando los escritores se preguntan entre sí a qué hora empiezan a trabajar, a qué hora terminan y cuánto tiempo dedican a comer, en realidad están intentando averiguar: «¿Está tan loco como yo?».

Yo no necesito que me respondan a esa pregunta.

En el otro extremo, demostrando que la escritura es un río capaz de tomar todos los cauces y que, paradójicamente, no hay nada escrito en piedra sobre ella y sus métodos, están los autores que escribían tumbados. Que no sé si es por pereza, pero desde luego no por falta de genio, comenzando por Truman Capote que se definía como «un autor completamente horizontal».

En esa cama le acompañaban también James Joyce, Marcel Proust o Edith Wharton, para la cual la cama era refugio de las expectativas sobre la encorsetada ropa que se les exigía a las mujeres, nunca mejor dicho, de modo que allí se sentía libre. Otra Edith, Sitwell en este caso, alegaba que toda mujer debería tener un día a la semana en el que estar en la cama y extendía su devoción por lo horizontal durmiendo alguna vez en ataúdes.

En ese bando, el poeta William Wordsworth iba un paso más allá y apagaba la luz, escribiendo sus versos en la cama rodeado de una oscuridad total.

Curiosidades que no son más que la constatación de que hay muchas formas de aplicar la única verdad sobre la escritura, que todo vale con tal de sacarla de dentro y atraparla en el papel.