Los escritores huérfanos

Los escritores huérfanos

Hace poco leí un pasaje del libro Greatness: Who Makes History and why, de Dean Keith Simonton. En él se examinan las vidas de aquellos que dejaron huella y su relación con características como la inteligencia, la edad, la educación formal, la orientación sexual, el abuso de drogas y alcohol…

Y he aquí uno de los pasajes que más me llamaron la atención.

[Hablando sobre la orfandad] Los resultados en los escritores son aún más dramáticos. Analizando la vida de notables como Keats, Swift, Gibbon y Thackeray, más del 55% de autores perdieron a un progenitor antes de los 15 años. De hecho, otro estudio concluyó que la incidencia de la orfandad en ganadores de Premios Nobel de literatura era ocho veces superior a la de los ganadores en el apartado de Física. […] En comparación, sólo un 6% de estudiantes universitarios habían perdido un padre o una madre a la edad de 10 años. Menos de la mitad del ratio calculado por Roe en científicos famosos. […] Cuando examinamos a la población general, sólo dos grupos muestran porcentajes de orfandad similares a esas eminencias: los delincuentes juveniles y los pacientes psiquiátricos depresivos o suicidas.

La conclusión es clara, ahora que todo el mundo se afana por dar y buscar el consejo definitivo para convertirse en escritor.

Mata a tus padres siendo un niño.

¿Suena estúpido? No mucho más que la mayoría de consejos que leo por ahí.

Si lo sigues, caminarás por una cuerda floja en la que puedes caer en la delincuencia, la depresión, el suicidio o la peor de las opciones, la buena escritura.

Hace casi 10 años hablaba de la estrecha relación entre la escritura y la soledad y hace más de 8 de si era la tristeza o la alegría las que creaban algo bueno.

Para mí, si quieres escribir bien, debes conectar con «eso» que llevas dentro y sacarlo a la luz. Porque todos esos buenos escritores y muchos otros cogieron el dolor que albergaban y lo compartieron para intentar comprenderlo y que a lo mejor se marchara o a lo mejor se callara o a lo mejor se llegara a una tregua.

Los buenos de verdad se abrieron en canal y lo escribieron. Cogieron el dolor y, como los alquimistas, lo convirtieron en historias y, cuando estas están hechas de emoción y no de impostura, fórmulas o manufactura, conectan de una manera genuina que es imposible de imitar.

Puede que no conecten hoy, puede que no con los que te rodean, pero siempre hay alguien en alguna parte esperando la historia correcta.

Porque todos estamos huérfanos de alguna manera, todos buscamos las piezas que nos faltan. Y puede que gracias a un escritor sepamos que no estamos solos, que podamos pensar de otra manera sobre algo al terminar el libro o, simplemente, que nos refugiemos un rato entre los párrafos, para que lo de siempre no nos alcance, al menos, por un rato.

Cuando terminas de leer algo escrito con esa honestidad y la valentía de mostrarla, se marcha un pedazo que formaba parte de ti, te quedas un momento mirando a la nada pensando en lo que has leído, las últimas palabras resonando como un eco. Eso es peligroso, porque te detienes un momento y observas a tu alrededor, dándote cuenta de lo que importa de verdad.

Cuando lees esa clase de historias, te levantas del sillón pensando que ojalá escribir una igual, pero no lo conseguirás hasta realizar ese acto de desnudez aterradora.

Y lo que es peor, si la historia está bien escrita desde ese lugar auténtico, será rechazada por muchos. Especialmente, si antes de eso te has dedicado a esa impostura, fórmula y manufactura, que te vendieron que era el camino para que te leyeran.