La mentira de fluir

La mentira de fluir

Hace un par de años, escribí sobre la carta a Nirvana que les envió el productor Steve Albini. En ella hay un buen puñado de nociones muy interesantes a explorar sobre el arte y la creación. Y una de ellas resonó conmigo, porque soy todo lo contrario.

¿Y si lo que hubiera que hacer es relajarse para dejar que el arte que llevas dentro se exprese? ¿Y si lo que se hace con tanta rutina y métodos es estrangular esa corriente que debe fluir libre desde lugares que no conocemos ni controlamos?

Puede que, con la obsesión de escribir y crear de una manera regimentada, lo que estemos construyendo sean diques y no cauces. Al fin y al cabo, no pocos proponen escribir cuando surja, cuando te lo pida el arte, cuando ese gozo y ganas de crear aparezcan con ese calor que dan por dentro. Quizá todo se base en no tomarse esto como otro trabajo más, pues ya hay bastantes durante el día. La escritura es precisamente el refugio de todo eso y, si te relajas, quizá lo que llevas dentro puede circular hasta las puntas de los dedos, sin que horarios y disciplina le corten la circulación.

Para empezar, es obvio que mi experiencia no es trasladable a la de nadie más. Por eso, cada uno debe encontrar su camino y sus formas de escribir. Y si algo funciona, no hay que tocarlo. Pero para seguir, todo eso me parece otra mentira de palabras bonitas, porque no existe un estado de flujo que nos marca el sendero hacia nuestro destino, ni una corriente esencial que nos lleve en la dirección en la que debemos ir si nos dejamos.

Si acaso, hay mil corrientes contrarias que tiran y empujan de nosotros hacia todas partes.

Porque si no ponemos nosotros una estructura, una voluntad y una rutina, no escribiremos nada. O mejor dicho, acabaremos atrapados en alguna de esas mil corrientes que tratan de llevarnos durante todas nuestras horas despiertos (y probablemente, también durmiendo cuando acabemos con implantes cerebrales, que interrumpirán nuestros sueños con anuncios que no podremos saltar). Si nos dejamos llevar, no descenderemos un río tranquilo hacia el lugar al que se supone que debemos llegar, como en uno de mis cuentos favoritos: Días de ocio en el país del Yann. Seguramente, acabaremos atrapados en Netflix, el móvil, la red social cabreados, las noticias asustados o con la obligación del trabajo ocupando todavía más nuestro tiempo.

No hay una fuerza benévola que nos guía, pero hay mil que tiran de nosotros hacia todas partes, porque se puede exprimir nuestra atención a cambio de euros. Y si no nos resistimos a esas fuerzas, con una voluntad activa por escribir y haciendo espacio en nuestra agenda, quedaremos atrapados en la agenda de otros, no en la de un flujo benévolo inexistente.

—Hay que fluir —decía siempre alguien que conocía.

No, motherfucker, no si quieres hacer algo contra el viento y la marea que no cesan, ahora más que nunca.

Hoy día, también ha calado en muchos de nosotros una de las nociones más equivocadas y perjudiciales. Que todo el tiempo que dedicamos a no hacer nada es «tiempo perdido». Junto con el hecho de que las cosas se han reducido a un único tipo de valor, el monetario, (que es precisamente el menos valioso), lo que no se hace por dinero, lo que no se rentabiliza, lo que no es «productivo», no es más que «desperdiciar el tiempo». Cuando se nos acabe ese tiempo, en el último segundo, por fin y sólo entonces comprenderemos el verdadero valor de un instante. Y querremos otro, pero se habrá acabado. No creo que nadie diga entonces que ojalá hubiera pasado más tiempo monetizando, rentabilizando o tuiteando.

Si acaso, será al contrario, verá por fin que todo lo que sacrificó en ese altar era para un falso ídolo. Y personalmente, quiero irme de aquí con casi todos los arrepentimientos del mundo, menos ese.

Por párrafos como el anterior me han dicho mil veces que soy la persona menos pragmática que conocen. Y los pensamientos de terminar bajo un puente muriendo de timidez, porque soy demasiado vergonzoso para pedir, son cada vez más frecuentes con la edad.

De todas formas, creerme a mí, que no soy nadie, tampoco tiene mucho sentido. Pero yo creo a todos esos autores que decían, y dicen, que lo más importante es la rutina, y que la inspiración nos debe pillar trabajando independientemente de si nos apetece escribir o no.

Más que nada, porque en mi caso también es así. Al fin y al cabo, en mi propia experiencia es el acto de escribir el que abre las puertas para que aparezca la inspiración, y no al revés.

Y me parece que la experiencia de casi todos los que admiro es similar, mientras que los partidarios de escribir cuando plazca y no convertir esto en otra obligación suelen ser, casi siempre, aficionados de buena intención y obras inconclusas. Porque las cosas pueden sonar muy bien, pero he aprendido a desconfiar de esas palabras bonitas. Si escribimos cuando surja, nunca surgirá. Si nos dejamos llevar, acabaremos metidos en la agenda de otros, no en la nuestra.

Creo que es necesario un esfuerzo activo por escribir y hacerle sitio, y que este sea continuado para acabar haciéndolo bien. Si no, donde acabaremos nosotros es ocupando el tiempo en cosas que se nos aparecerán como espectros en ese último segundo, para reírse porque nos engañaron pensando que eran importantes.