El tiempo necesario

El tiempo necesario

Es una locura en todos los sentidos. Escribir, me refiero. Uno de los libros que me leí hace unos años, El ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys, me pareció muy bien escrito, algo inquietante, difícil de recomendar y más en estos tiempos. Un libro extraño, en definitiva. Así que, atraído como siempre por lo raro, quise saber más de él y de su autora.

Como suele pasar, los libros que dejan huella son de autores que han vivido al extremo de las cosas en muchas ocasiones. En este caso, de la cordura. Cuando lees sobre algunas vidas, parece imposible ser excelente en algo sin ser un desastre en todo lo demás, es el peaje, que en el caso de Rhys tomó la forma de una ristra de maridos, ansiedad y alcohol, hasta que la BBC quiso hacer una adaptación de una de sus obras anteriores y, no teniendo ni idea de dónde estaba la autora o si aún vivía, recibió respuesta de la propia autora cuando puso un anuncio queriendo saber de ella.

No sólo vivía aún contra todo pronóstico, sino que además estaba trabajando en una nueva novela, El ancho mar de los sargazos. Enseguida, firmó un contrato de edición, con un manuscrito al que le quedaban unos 6 o 9 meses.

Respetando la honorable tradición, Rhys lo entregó 9 años después.

El ancho mar de los sargazos se convirtió en una de las mejores novelas del siglo XX y la autora había cumplido 76 años cuando la fama fue a verla de una vez.

«Algo tarde», dijo ella al respecto, perfeccionista hasta el extremo de 9 años debido a la continua reescritura, aunque al parecer, la creación de dicha novela se extendió realmente a lo largo de dos décadas.

El tiempo que hace falta, uno que hoy apenas concebiríamos, veinte años entre las líneas de una historia. Inconcebible y, a la vez, para quien se dedica a esto, nada raro.

Supongo que no sólo fue el perfeccionismo, pues Rhys sufría de depresión automedicada con alcohol y creo que es toda una muestra de lo que a veces es necesario, en cuanto a tiempo, en cuanto a creación, para que salga un libro como ese. Un libro fiel a la locura y la extrañeza y la oscuridad de la autora y lo que cuenta, volcada con la escritura excelente que es necesaria para ello.

Hoy el olvido está apenas a 9 minutos de no berrear algo constantemente en las redes sociales como comentaba no hace mucho cuando hablaba de Eduardo Noriega. Hoy no hay editor que espere 9 años si no te llamas George R.R. Martin. Hoy nos han vendido que la verdadera locura no es la que atenazaba a Jean Rhys, sino pasarse veinte años enredada en los hilos de una historia.

Pero a veces, ese es el tiempo que hace falta y creo que, aprendiendo cosas como estas, podemos relajarnos un poco en la fatigosa incomodidad que nos inculcan de que todo tiene que ser ya y con ansia. Esas cosas te hacen sentir, en cierto modo, como Rhys decía de ella misma:

Nunca formaría parte de nada. Nunca pertenecería realmente a ningún lugar y lo sabía, y toda mi vida sería igual, intentando pertenecer y fracasando. Siempre saldría mal algo. Soy una extraña y siempre lo seré, y después de todo, en realidad no me importaba.

De todas maneras, prefiero esta otra frase que pasó por delante cuando quise aprender más sobre ella.

La escritura en su conjunto es como un enorme lago. Hay grandes ríos que lo alimentan, como Tolstói o Dostoievski. Y luego están los simples riachuelos, como Jean Rhys. Lo único que importa es alimentar el lago. Yo no importo. Lo que importa es el lago. Hay que seguir alimentándolo.